El tiempo no es una línea recta; es una cuestión de perspectiva. LTFR no cuenta una historia con principio y fin, sino un estado de dualidad absoluta.
El viaje te deposita en un océano infinito de dunas bajo un cielo crepuscular. De la arena emergen los restos de arquitecturas dormidas, testigos de un ecosistema que atraviesa, en el mismo instante, su propia extinción y su renacimiento. En el centro, una figura femenina vestida de blanco reposa sobre ruinas geométricas. No es un habitante más: es la observadora que ha entrado en la obra para contemplarla desde su interior.
A través de su calma, el caos se aquieta. La realidad no es más que el punto de vista de quien se atreve a habitarla.



