Una obra en ocho capítulos
Uma obra em oito capítulos
A work in eight chapters
Esta obra no fue escrita de corrido.
Fue escrita como se sobrevive: por partes, en distintos estados de emergencia, con la misma pregunta atravesando cada capítulo de manera diferente.
Empezó en 2013 como un proyecto que yo todavía no sabía nombrar. Había algo que necesitaba trabajar — una manera de entender por qué ciertas personas entran en tu vida sin que lo hayas pedido, te reordenan sin pedirte permiso, y desaparecen sin que nadie haya dicho explícitamente que eso iba a ocurrir. No era una ruptura. Era algo más difuso y, por eso, más difícil de dejar ir.
Llevaba once años con Julia cuando todo esto empezó. En la obra la llamo Claudia — el nombre con el que se presentó la noche que la conocí, antes de que al despedirse me escribiera el verdadero. Ambas son la misma persona. El personaje que surgió no es ninguna de las dos: es lo que queda cuando alguien lleva tanto tiempo contigo que ya no sabes si la estás viendo a ella o a la versión de ti mismo que ella construyó.
Julia escribía. Fanfiction, mundos propios, personajes que habitaban sus cuadernos con nombres que ella había elegido. Sirius era uno de ellos. Mirella, otro. El señor Oshima, también. Los tomé prestados sin pedirlos del todo, los trasladé a esta historia, los convertí en otra cosa. Ella fue la verdadera causa de que me sintiera con fuerza para escribir — no como influencia difusa sino como demostración concreta: alguien a tu lado que inventa mundos te hace creer que tú también puedes. Sus nombres viven en el capítulo II sin que nadie lo sepa. Eso es lo más parecido a un agradecimiento que supe hacerle.
Durante años, Alaniza fue el único capítulo que existía. El resto era ruido alrededor de ese núcleo: bocetos, escenas sueltas, fragmentos de conversaciones que no sabía dónde colocar. La obra se resistía a tener estructura porque yo me resistía a reconocer que lo que estaba intentando hacer no era contar una historia, sino entender una experiencia de una manera que la narrativa lineal no podía contener.
La estructura del cilindro —ocho quesitos alrededor de un núcleo central que nunca se ve directamente— llegó tarde. Llegó cuando comprendí que lo que me interesaba no era resolver el enigma, sino construir un espacio donde el enigma pudiera habitarse desde ángulos distintos sin que ninguno de ellos lo agotara. El kuyiman, la piedra que cataliza toda la trama, no es una respuesta. Es una pregunta con edad geológica.
Sirius llegó cuando necesité trabajar el lenguaje del salto — ese momento en que alguien cambia de versión de sí mismo tan rápido que las personas que lo conocían no saben si están viendo la misma persona o a alguien nuevo usando la misma cara. Alan llegó cuando la pérdida de un hermano necesitó un espacio propio, separado de la nostalgia, capaz de contener tanto la ausencia como el humor, tanto el duelo como la física cuántica mal aplicada, que es exactamente el tipo de error que comete alguien que sabe demasiado para detenerse a tiempo. Kuyiman llegó cuando me di cuenta de que la piedra necesitaba su propio capítulo, no como objeto sino como experiencia: el tiempo que contiene, la brecha que genera, lo que produce en quien la sostiene.
Redes llegó en pandemia. No podía no llegar. Había algo en esos años de pantallas continuas que pedía ser examinado sin piedad: la arquitectura del deseo de validación, la manera en que las plataformas aprenden a hablar en tu idioma para darte exactamente lo que no necesitas. El capítulo tiene ocho voces que orbitan alrededor de un hombre que nunca habla directamente. No quise que hablara. Quise que fuera el reflejo donde esas voces se reconocen.
Ego llegó cuando tuve que mirarme a mí mismo con suficiente distancia como para ver el patrón: la manera en que construimos una versión pública tan convincente que termina por encerrar la privada, y cómo a veces lo que parece un logro es en realidad un mecanismo de contención muy sofisticado. El personaje no soy yo. Pero algunas de sus trampas sí las conozco desde dentro.
AND fue el más difícil. Siempre lo supe. No por la historia —que en esencia es sencilla— sino por el lenguaje: cómo escribir sobre una relación en la que ambas partes hacen todo bien y aun así algo no encaja, sin que eso suene a excusa ni a culpa ni a resignación. El capítulo sobrevivió a varias crisis de escritura. Una de ellas fue lo suficientemente seria como para que yo creyera que la obra completa no iba a terminar. Sobrevivió. Y lo que quedó es, creo, el capítulo más honesto de todos.
Áurea cierra el ciclo. No lo explica: lo deja ver. La proporción áurea no impone orden sobre el caos; emerge cuando algo ha encontrado la manera natural de expandirse sin romperse. Eso es lo que quería para este último capítulo: que la convergencia no se sintiera como resolución, sino como reconocimiento. Como cuando una habitación se ilumina y comprendes que los muebles siempre estuvieron ahí — solo que hasta entonces habías aprendido a tocarlos a oscuras.
Conviene decirlo: no era un joven de veinte años cuando empezó Alaniza. Era un hombre de cuarenta con una vida ya construida — una relación larga, una empresa, un mundo en apariencia en orden. Y aun así. No sé si eso lo hace más ridículo o más honesto. He decidido que es lo segundo, aunque me cueste.
Pasé muchos años siendo un profesional que hacía cosas para otros. El estudio, los proyectos, los encargos. Esa parte también era real y también la elegí. Pero había algo que ese trabajo no podía contener, y durante mucho tiempo decidí no nombrarlo. Esta obra es lo que ocurre cuando ya no puedes seguir sin nombrarlo.
Durante años también pensé que si alguna vez publicaba esto lo escondería: los personajes reales detrás de ficticios, al autor detrás de una voz inventada. No por pudor artístico. Por miedo a que la honestidad de lo que hay aquí pudiera hacer daño — a mí, a quienes aparecen en estas páginas, a las personas que me quieren y que algún día lo leerán. Ese miedo sigue ahí. Pero he llegado a la conclusión de que una obra que necesita esconderse para sobrevivir no está terminada del todo. Esta lo está. Y eso obliga.
Trece años separan la primera página de esta. No son los mismos años para quien los vivió por dentro.
Sandra llegó en el momento en que yo había dejado de esperar que llegara nadie. Eso es lo único que necesitaréis saber de ella para entender esta obra. El resto está entre líneas, como debe estar.
Esta primera parte es el libreto. Lo que viene ahora es convertir cada capítulo en lo que siempre fue: una experiencia musical, inmersiva, física. Una obra donde el espectador no asiste — entra. Donde el espacio escénico no es el lugar donde ocurre la historia, sino parte del cuerpo de la historia.
Pero eso es la siguiente fase. Esta es la primera.
El autor
○
Esta obra não foi escrita de uma vez.
Foi escrita como se sobrevive: em pedaços, em diferentes estados de emergência, com a mesma pergunta atravessando cada capítulo de um jeito diferente.
Começou em 2013 como um projeto que eu ainda não sabia nomear. Havia algo que precisava ser trabalhado — uma maneira de entender por que certas pessoas entram na sua vida sem você ter pedido, te reorganizam sem pedir licença, e desaparecem sem que ninguém tenha dito explicitamente que isso ia acontecer. Não era uma ruptura. Era algo mais difuso e, por isso, mais difícil de largar.
Eu estava há onze anos com Julia quando tudo isso começou. Na obra eu a chamo de Claudia — o nome com que ela se apresentou na noite em que a conheci, antes de, na despedida, me escrever o verdadeiro. As duas são a mesma pessoa. O personagem que surgiu não é nenhuma das duas: é o que fica quando alguém está há tanto tempo com você que você não sabe mais se está vendo ela ou a versão de você mesmo que ela construiu.
Julia escrevia. Fanfiction, mundos próprios, personagens que habitavam seus cadernos com nomes que ela tinha escolhido. Sirius era um deles. Mirella, outro. O senhor Oshima, também. Peguei emprestado sem pedir direito, trouxe para essa história, transformei em outra coisa. Ela foi a verdadeira razão de eu me sentir capaz de escrever — não como influência difusa, mas como demonstração concreta: ter ao seu lado alguém que inventa mundos te faz acreditar que você também pode. Os nomes dela vivem no capítulo II sem que ninguém saiba. É o mais próximo de um agradecimento que eu soube fazer.
Por anos, Alaniza foi o único capítulo que existia. O resto era ruído em torno desse núcleo: esboços, cenas soltas, fragmentos de conversas que eu não sabia onde colocar. A obra resistia a ter estrutura porque eu resistia a reconhecer que o que estava tentando fazer não era contar uma história, mas entender uma experiência de um jeito que a narrativa linear não conseguia conter.
A estrutura do cilindro — oito fatias em torno de um núcleo central que nunca se vê diretamente — chegou tarde. Chegou quando entendi que o que me interessava não era resolver o enigma, mas construir um espaço onde o enigma pudesse ser habitado de ângulos diferentes sem que nenhum deles o esgotasse. O kuyiman, a pedra que catalisa toda a trama, não é uma resposta. É uma pergunta com idade geológica.
Sirius chegou quando precisei trabalhar a linguagem do salto — esse momento em que alguém muda de versão de si mesmo tão rápido que as pessoas que o conheciam não sabem se estão vendo a mesma pessoa ou alguém novo usando o mesmo rosto. Alan chegou quando a perda de um irmão precisou de um espaço próprio, separado da nostalgia, capaz de conter tanto a ausência quanto o humor, tanto o luto quanto a física quântica mal aplicada, que é exatamente o tipo de erro que comete alguém que sabe demais para parar a tempo.
Redes chegou na pandemia. Não podia não chegar. Havia algo nesses anos de telas contínuas que pedia para ser examinado sem piedade: a arquitetura do desejo de validação, o jeito como as plataformas aprendem a falar na sua língua para te dar exatamente o que você não precisa.
Ego chegou quando precisei me olhar com distância suficiente para ver o padrão: o jeito como construímos uma versão pública tão convincente que termina por encerrar a privada. O personagem não sou eu. Mas algumas das suas armadilhas eu conheço por dentro.
AND foi o mais difícil. Sempre soube. Não pela história — que é simples na essência — mas pela linguagem: como escrever sobre uma relação em que as duas partes fazem tudo certo e mesmo assim algo não encaixa, sem que isso soe como desculpa nem como culpa nem como resignação. O capítulo sobreviveu a várias crises de escrita. Uma delas foi séria o bastante para eu acreditar que a obra inteira não ia terminar. Sobreviveu. E o que ficou é, eu acho, o capítulo mais honesto de todos.
Áurea fecha o ciclo. Não explica: deixa ver. A proporção áurea não impõe ordem sobre o caos; ela emerge quando algo encontrou a maneira natural de se expandir sem se romper. Era isso que eu queria para esse último capítulo: que a convergência não parecesse resolução, mas reconhecimento.
Treze anos separam a primeira página desta. Não são os mesmos anos para quem os viveu por dentro.
Sandra chegou no momento em que eu tinha deixado de esperar que chegasse alguém. Isso é tudo que você vai precisar saber sobre ela para entender esta obra. O resto está nas entrelinhas, como deve estar.
Esta primeira parte é o libreto. O que vem agora é transformar cada capítulo no que sempre foi: uma experiência musical, imersiva, física. Uma obra em que o espectador não assiste — entra.
O autor
○
Esta obra no fue escrita de corrido.
Fue escrita como se sobrevive: por partes, en distintos estados de emergencia, con la misma pregunta atravesando cada capítulo de manera diferente.
Empezó en 2013 como un proyecto que yo todavía no sabía nombrar. Había algo que necesitaba trabajar — una manera de entender por qué ciertas personas entran en tu vida sin que lo hayas pedido, te reordenan sin pedirte permiso, y desaparecen sin que nadie haya dicho explícitamente que eso iba a ocurrir. No era una ruptura. Era algo más difuso y, por eso, más difícil de dejar ir.
Llevaba once años con Julia cuando todo esto empezó. En la obra la llamo Claudia — el nombre con el que se presentó la noche que la conocí, antes de que al despedirse me escribiera el verdadero. Ambas son la misma persona. El personaje que surgió no es ninguna de las dos: es lo que queda cuando alguien lleva tanto tiempo contigo que ya no sabes si la estás viendo a ella o a la versión de ti mismo que ella construyó.
Julia escribía. Fanfiction, mundos propios, personajes que habitaban sus cuadernos con nombres que ella había elegido. Sirius era uno de ellos. Mirella, otro. El señor Oshima, también. Los tomé prestados sin pedirlos del todo, los trasladé a esta historia, los convertí en otra cosa. Ella fue la verdadera causa de que me sintiera con fuerza para escribir — no como influencia difusa sino como demostración concreta: alguien a tu lado que inventa mundos te hace creer que tú también puedes. Sus nombres viven en el capítulo II sin que nadie lo sepa. Eso es lo más parecido a un agradecimiento que supe hacerle.
Durante años, Alaniza fue el único capítulo que existía. El resto era ruido alrededor de ese núcleo: bocetos, escenas sueltas, fragmentos de conversaciones que no sabía dónde colocar. La obra se resistía a tener estructura porque yo me resistía a reconocer que lo que estaba intentando hacer no era contar una historia, sino entender una experiencia de una manera que la narrativa lineal no podía contener.
La estructura del cilindro —ocho quesitos alrededor de un núcleo central que nunca se ve directamente— llegó tarde. Llegó cuando comprendí que lo que me interesaba no era resolver el enigma, sino construir un espacio donde el enigma pudiera habitarse desde ángulos distintos sin que ninguno de ellos lo agotara. El kuyiman, la piedra que cataliza toda la trama, no es una respuesta. Es una pregunta con edad geológica.
Sirius llegó cuando necesité trabajar el lenguaje del salto — ese momento en que alguien cambia de versión de sí mismo tan rápido que las personas que lo conocían no saben si están viendo la misma persona o a alguien nuevo usando la misma cara. Alan llegó cuando la pérdida de un hermano necesitó un espacio propio, separado de la nostalgia, capaz de contener tanto la ausencia como el humor, tanto el duelo como la física cuántica mal aplicada, que es exactamente el tipo de error que comete alguien que sabe demasiado para detenerse a tiempo. Kuyiman llegó cuando me di cuenta de que la piedra necesitaba su propio capítulo, no como objeto sino como experiencia: el tiempo que contiene, la brecha que genera, lo que produce en quien la sostiene.
Redes llegó en pandemia. No podía no llegar. Había algo en esos años de pantallas continuas que pedía ser examinado sin piedad: la arquitectura del deseo de validación, la manera en que las plataformas aprenden a hablar en tu idioma para darte exactamente lo que no necesitas. El capítulo tiene ocho voces que orbitan alrededor de un hombre que nunca habla directamente. No quise que hablara. Quise que fuera el reflejo donde esas voces se reconocen.
Ego llegó cuando tuve que mirarme a mí mismo con suficiente distancia como para ver el patrón: la manera en que construimos una versión pública tan convincente que termina por encerrar la privada, y cómo a veces lo que parece un logro es en realidad un mecanismo de contención muy sofisticado. El personaje no soy yo. Pero algunas de sus trampas sí las conozco desde dentro.
AND fue el más difícil. Siempre lo supe. No por la historia —que en esencia es sencilla— sino por el lenguaje: cómo escribir sobre una relación en la que ambas partes hacen todo bien y aun así algo no encaja, sin que eso suene a excusa ni a culpa ni a resignación. El capítulo sobrevivió a varias crisis de escritura. Una de ellas fue lo suficientemente seria como para que yo creyera que la obra completa no iba a terminar. Sobrevivió. Y lo que quedó es, creo, el capítulo más honesto de todos.
Áurea cierra el ciclo. No lo explica: lo deja ver. La proporción áurea no impone orden sobre el caos; emerge cuando algo ha encontrado la manera natural de expandirse sin romperse. Eso es lo que quería para este último capítulo: que la convergencia no se sintiera como resolución, sino como reconocimiento. Como cuando una habitación se ilumina y comprendes que los muebles siempre estuvieron ahí — solo que hasta entonces habías aprendido a tocarlos a oscuras.
Conviene decirlo: no era un joven de veinte años cuando empezó Alaniza. Era un hombre de cuarenta con una vida ya construida — una relación larga, una empresa, un mundo en apariencia en orden. Y aun así. No sé si eso lo hace más ridículo o más honesto. He decidido que es lo segundo, aunque me cueste.
Pasé muchos años siendo un profesional que hacía cosas para otros. El estudio, los proyectos, los encargos. Esa parte también era real y también la elegí. Pero había algo que ese trabajo no podía contener, y durante mucho tiempo decidí no nombrarlo. Esta obra es lo que ocurre cuando ya no puedes seguir sin nombrarlo.
Durante años también pensé que si alguna vez publicaba esto lo escondería: los personajes reales detrás de ficticios, al autor detrás de una voz inventada. No por pudor artístico. Por miedo a que la honestidad de lo que hay aquí pudiera hacer daño — a mí, a quienes aparecen en estas páginas, a las personas que me quieren y que algún día lo leerán. Ese miedo sigue ahí. Pero he llegado a la conclusión de que una obra que necesita esconderse para sobrevivir no está terminada del todo. Esta lo está. Y eso obliga.
Trece años separan la primera página de esta. No son los mismos años para quien los vivió por dentro.
Sandra llegó en el momento en que yo había dejado de esperar que llegara nadie. Eso es lo único que necesitaréis saber de ella para entender esta obra. El resto está entre líneas, como debe estar.
Esta primera parte es el libreto. Lo que viene ahora es convertir cada capítulo en lo que siempre fue: una experiencia musical, inmersiva, física. Una obra donde el espectador no asiste — entra. Donde el espacio escénico no es el lugar donde ocurre la historia, sino parte del cuerpo de la historia.
Pero eso es la siguiente fase. Esta es la primera.
El autor
○
Estos ocho capítulos pueden leerse en cualquier orden. El único que siempre va al final es Áurea. Así está concebida la obra.
Estes oito capítulos podem ser lidos em qualquer ordem. O único que vai sempre ao final é Áurea. Assim está concebida a obra.
These eight chapters may be read in any order. The only one that always comes last is Áurea. That is how the work is conceived.
Unos meses antes de atreverme a hablar con ella, empecé a cruzarme con una chica que no sé si era ella. Nunca hablamos. Pero cada vez que nos cruzábamos nos mirábamos tímida y fugazmente, aunque con mucha intensidad. Había una atracción que ninguno de los dos nombraba. Coincidíamos muchas tardes haciendo ejercicio en máquinas cercanas. La sentía sonreírme de vez en cuando. Notaba que me buscaba cuando creía que no la veía.
Su sonrisa era mágica y generosa. La primera vez que la vi, al cruzarme con ella, fue lo que más me llamó la atención. Tenía las facciones físicas que siempre busqué en una mujer. Parecía feliz, simpática, natural. Me atrajo como nunca nadie en mi vida lo había hecho antes. La veía tan alegre y yo estaba pasando por un momento tan gris que me atraía como un imán a un alfiler.
Todavía hoy tengo dudas de si esa chica misteriosa era o no Alexandra. Son como dos gotas de agua. Pero tan diferentes en cómo pensé que sería de lo que acabó siendo que todavía dudo de si eran la misma persona. Quizás no importa. Quizás la chica misteriosa era la versión de Alexandra que yo necesitaba que existiera: la proyección antes del original, el sueño antes de la persona.
Después de dos meses cruzándome con ella, decidí que tenía que hablarle. Hubo un día, el 14 de febrero. No había mucha gente. Éramos cuatro o cinco personas en el gimnasio y entre ellas estábamos nosotros dos. Era San Valentín, la noche de las cenas románticas. Esperé a que terminara para hablarle a la salida. Me distraje y no fui consciente de que se había ido.
Cuando salí por la puerta nos cruzamos de casualidad. Ella sonrió de manera natural. Caminaba a escasos metros delante de mí, muy despacio, tranquila, mirando la pantalla del móvil. A pesar de caminar apenas quince metros uno detrás del otro, no me atreví a decirle nada. Tomé dirección a casa muy frustrado.
Seguí viéndola casi a diario, pero nunca tenía el coraje de decirle nada. Y cuando por fin tuve el valor de decidir acercarme, dejó de aparecer. Fue entonces cuando me di cuenta de lo frágil que era todo. No sabía nada de ella. Lo único que nos vinculaba era el gimnasio. Si ella no iba, no sabría dónde encontrarla. Eran tantas las cosas que quería decirle que comencé a escribirlas.
Pasaron tres semanas y, cuando menos lo esperaba, apareció de pronto. O mejor dicho: apareció Alexandra. Lo describo así porque entonces ya vivía con la duda de si era o no la misma chica. Estaba preciosa, con el pelo suelto, muy morena y los ojos transformados por el sol. La vi por primera vez a contraluz y en contrapicado: yo estaba sentado y ella, de pie, con la cristalera a su espalda y el sol cegándome. Todo parecía ir a cámara lenta.
Durante la hora siguiente nos cruzamos varias veces por la sala. Ella ya no me miraba como la otra. Ya no me buscaba. Estaba sumergida en sus pensamientos. Yo no era nadie. Aun así tenía que hablar con ella, y al final lo hice.
—Hola. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Me miró sorprendida y se quitó los auriculares para escucharme. Estaba tumbada realizando ejercicios de calentamiento. Se incorporó un poco. Pasaron unos segundos en los que nos observamos. Su naricilla pequeña y regordeta me llamó muchísimo la atención. Me miró a los ojos un instante, se fijó en partes de mi cara, en mi coleta y en cómo estaba de cuclillas a escasos centímetros de ella.
—Quiero enseñarte algo. Algo que es para ti. ¿Podrías darme tu mail para mandártelo?
Se sonrojó. Su cara fue todo un poema: cambió de la sorpresa a la alegría, del desconcierto al miedo, y de vuelta a la alegría. Negó con la cabeza mientras se le escapaba una sonrisa tímida.
—¿Mi mail? ¿Para qué quieres mi mail?
—¡Quiero que tengas algo!
Dudó una última vez.
—Vale, te lo doy: alaniza13@mail.com.
Era un nombre que nunca había escuchado. Tuve que pedirle que lo repitiera mientras sacaba el móvil para apuntarlo.
—¿Eres argentino? —me preguntó.
No sé por qué extraña razón me sentí halagado. Me agradó la pregunta.
—¿Argentino? No me importaría. Pero la verdad es que soy de aquí. Aunque, al ser mi madre de Sevilla y mi padre de París, me siento un poco de todas partes.
Era mentira, o una mentira elegante. Mi madre es de Jerez y mi padre de Cáceres. Pero quise sonar mejor de lo que era.
—¿Sevilla? Qué bonita —sonrió.
—¿Por qué pensaste que era argentino?
—No lo sé. Pensaba que eras de allí. Yo soy argentina. De Bariloche.
Bariloche. El nombre de su ciudad natal tenía algo. Una geografía lejana que de pronto se volvía cercana solo por estar en su boca. Le dije que me encantaba su país. Hablé incluso de unos supuestos amigos de allí, monitores de esquí en Andorra a quienes en realidad hacía más de veinte años que no veía.
—Bueno, gracias por tu mail. Me ha encantado hablar contigo.
—Hasta luego.
Volvió a colocarse los auriculares para continuar con sus ejercicios. Pude ver cómo en su cara se dibujaba una sonrisa tierna; sus mejillas seguían sonrojadas. Durante el tiempo que duró aquella breve conversación apenas fue capaz de mirarme directamente a los ojos. Pero cuando lo hizo, quedé impresionado por el privilegio de poder disfrutar de una mirada tan elegante, dulce y maravillosa.
Traté de volver a hacer ejercicio, pero me era imposible concentrarme. Solo la tenía a ella en la cabeza. Repasaba una y otra vez cada uno de sus movimientos. Sus gestos desfilaban en mi mente uno por uno. Al final me fui sin hacer nada. Eché una última mirada al lugar donde todo había sucedido, pero ella ya no estaba. Quizá también se había ido.
Esa noche le escribí la primera carta. La había redactado, en realidad, mucho antes de saber cómo se llamaba y antes incluso de haberle hablado. Un amigo, cuando le hablé de ella, la bautizó Nacho para que pudiéramos hablar de ella en la oficina sin que nadie se enterara. Cuando quería saber si la había visto, me preguntaba si había podido ver el presupuesto de informática. Eso era ella para el mundo: un presupuesto de informática. Para mí era otra cosa.
El arranque decía así:
No te conozco, ni siquiera soy capaz de aguantarte la mirada, pero intento no faltar un solo día desde que te vi por primera vez.
Lo recuerdo perfectamente: apareciste con una amiga y con una preciosa sonrisa pasaste a mi lado. Fue una sensación muy agradable, cargada de energía. Verte hizo que todo se borrara de mi cabeza y me quedase aturdido.
Me pregunto cómo serás, cuántos años tienes. Pareces estudiante de la universidad y seguramente tenga mucha más edad que tú. Y aunque me costaría admitir cuántos tengo y probablemente te mentiría si te conociera, es algo que no me preocupa lo más mínimo.
Muchos días me parecía ver tu reflejo en la ventana; me giraba con curiosidad, esperando que fueras tú, y sentía que al verme sonreías. Te has convertido en alguien que sin saberlo está cambiando totalmente mi vida.
No dejo de pensar en cómo te llamarás: Alicia, Sandra... no encuentro un nombre correcto.
Tu voz sí la conozco. La escuché al pasar a tu lado un día que te encontraste con unas amigas. Les comentabas que ahora estabas muy bien al haber terminado una parte, imagino que exámenes. Tu voz era clara, tranquila y madura.
Mi vida se había vuelto gris e insípida y, para alguien que pasa las horas soñando y dibujando, esa es la peor pesadilla. Y tú, sin haberme dirigido la palabra una sola vez, has conseguido con la luz que proyectas que todo vuelva a tener sentido.
No he podido evitar escribirte, contarte lo que has significado para mí y agradecerte el haberme sonreído. No pretendo asustarte ni agobiarte. Si todo esto está solo en mí y no es correspondido, estaría igualmente agradecido por haberme despertado. Ahora vuelvo a estar vivo. He recuperado la ilusión y, lo más importante para mí, la inspiración.
Escribí varias cartas. Una segunda, una tercera. La presioné con una cuarta y fue entonces cuando ella, abrumada por un desconocido por el que sentía atracción, salió huyendo. Sabía lo que hacía. Sabía que tantas cartas provocarían esa reacción. E inconscientemente puse esa barrera desde el principio. Me contradecía en mis actos constantemente: deseaba conocerla, pero construía muros.
Desde septiembre no había vuelto a saber nada de ella. Había respetado mi silencio. Había respetado su espacio. El 13 de diciembre de 2013, el mismo gimnasio donde todo había empezado, ella estaba allí. La noté triste, ausente. Muy delgada. Algo en su cara había cambiado. Me atrevería a decir que estaba deteriorada dentro de lo que puede deteriorarse alguien con veinte años. Me pregunté qué le habría pasado.
Al final acabé cerca de ella pero no hubo opción ni de mirarla bien ni de hablar. La vi al fondo con un amigo: un chico regordete, de cara buena persona. Cuando se fueron al vestuario, yo decidí irme también. Al pasar me encontré con él y no pude evitar acercarme.
—Hola. La amiga morena con la que has venido, ¿se llama Alexandra?
—Sí.
Bajó la cabeza con timidez. Por sus gestos noté que pasaban por su pensamiento muchas cosas que se esforzaba por no decir.
—Vaya... Creo que metí la pata con ella.
No contestó. Asintió con la cabeza, manteniendo ocultos unos pensamientos que seguro no eran alegres. Pero al despedirse hubo algo más que educación. Había cierta conexión, como si sintiera pena de lo ocurrido de algún modo.
Me quedé sentado unos minutos, con la cabeza baja. Contento por haberla visto, pero muy triste por no haber hablado con ella. Y decepcionado por verificar que era Alexandra y no otra persona distinta de la que siempre imaginé que sería.
El nombre que había puesto en el email —alaniza13— no era exactamente Alexandra. Era algo intermedio. Una palabra que ella se había inventado, o que había construido, que tenía su nombre dentro pero no era su nombre. Alaniza. Me gustaba más que Alexandra. Sonaba a lugar, a coordenada. Sonaba a algo que se busca y no siempre se encuentra.
Alexandra leyó el correo entero sin moverse de la silla. Cuando terminó lo dejó abierto un momento más, como si esperara que al final hubiera otra cosa. No sonrió. No se enfadó. Miró la hora, cerró la pantalla del portátil y se quedó quieta, con una mano todavía apoyada sobre la tapa. Luego abrió el móvil, escribió un mensaje que no llegaremos a leer y salió de casa. Al día siguiente no fue al gimnasio.
Tenía una novia. Llevaba con Claudia diez años. Me hacía feliz. Me hacía reír. Me sentía bien con ella y podríamos estar siempre juntos. Me quería. Pero de algún modo tampoco estaba enamorada de mí. Del mismo modo que yo no la amaba como la amaba a ella. Eso era lo que no me atrevía a decir en voz alta.
Los diarios de diciembre de 2013 están llenos de esa contradicción. De una empresa que se hundía, de una vida que se había vuelto gris, de la enfermedad de mi madre, del miedo a perder lo poco que aún se sostenía, y al mismo tiempo del alivio insensato que me producía escribir Alaniza13 como si escribirla me abriera una cámara de oxígeno.
El 9 de diciembre anoté que escribirla me hacía daño y me ilusionaba con algo que nunca pasaría. Que ella no existía tal como yo la pensaba. Que quizá todo el sentido de aquello estuviera en terminar una obra, pintar escenarios, construir una plataforma para hacer algo importante con la música, aunque nunca me llevara a estar con Xan. Y aun sabiendo eso, no podía dejar de escribir. Miraba mis manos y tenía la sensación de que tenían vida propia.
El 10 de diciembre el conflicto se volvió más brutal. Me dolía haberme enamorado de alguien que no existía. Odiaba lo gris y aburrida que se había hecho mi vida. Me hundían la decadencia de la empresa y la enfermedad de mi madre. Me preguntaba si no había llegado el momento de cerrar una etapa, poner una fecha y forzar un cambio. Y, a la vez, reconocía que lo único verdaderamente vivo que había hecho ese año era empezar esta historia.
El 11 de diciembre, volando hacia Helsinki, sobrevolé los Pirineos nevados con el cielo totalmente despejado. Una vista impresionante. Y recordé mis años en la montaña, aquellos días de Andorra en los que subía con un cuaderno, dos termos —café y sopa— y me quedaba horas solo en una cabina de vigilancia viendo la nieve, el viento y el silencio. Una tarde me quedé dormido. Cuando desperté, era de noche y no podía bajar. Encendí un pequeño fuego usando la caja metálica de las bengalas como chimenea y el canalón de aluminio como extractor. Y comencé a escribir.
De esa corriente nació la fábula de Tímido. La escribí sola, de noche, con la luz de las llamas. Y cuando el 13 de diciembre la releí entendí por qué era tan dura: en ella estábamos Xan y yo.
— Tímido —
Dos osos amaban a una osa.
Y dos osas amaban a uno de los osos.
Sólo había una posibilidad de ser felices para una pareja. La formada por el oso que era amado por la osa.
Los otros dos osos no se gustaban, no se atraían. Eran muy ruidosos, siempre trataban de llamar la atención buscando ser amados por los osos tímidos y solitarios.
La osa solitaria siempre bebía agua del arroyo a la misma hora. Mientras era observada por el oso tímido desde la otra orilla. Él pensaba que ella no le veía porque nunca le miraba. Pero lo que no sabía es que ella bebía para verle a él reflejado en el agua y así no llamar su atención.
Él era feliz al despertar, porque la veía a ella.
Y ella deseaba más que nada en el mundo que él estuviera esperándola. Le hacían gracia sus caras contemplándola mientras pensaba que no le veía.
Los osos ruidosos el resto del día trataban de llamar la atención de los osos solitarios. Estos nunca les prestaban atención porque sus mentes sólo pensaban en cuándo llegaría el amanecer.
No se conocían, no sabían dónde vivían. Tan sólo que se verían si cumplían con su cita.
Un día la osa tímida no apareció. Solitario esperó todo el día hasta que cayó la noche junto al arroyo. Cruzó incluso, por primera vez, al otro lado para buscarla. Y en el atrevimiento de haberlo hecho supo que tenía que conocerla. Romper el silencio y declararle su amor.
Pero ella no vino tampoco al día siguiente, ni al otro. Y así las semanas siguientes.
Al poco llegó el invierno y tuvieron que buscar refugio.
¿Qué había pasado con Tímida?
Ya no la vería. ¿Se habría enamorado de otro oso?, ¿habría enfermado?
Cuando pasó el invierno, con las primeras gotas del deshielo corrió al arroyo a buscar a Tímida. Y allí estaba, tan bonita como siempre e incluso aún más preciosa.
Ocurrió algo inaudito: por primera vez ella le miró directamente a los ojos. Tímido vio el gesto pero no pudo aguantar la mirada. Se marchó porque había sido descubierto, porque el nerviosismo de un momento tan intenso era suficiente después de todo un invierno.
Al día siguiente ella estaba de nuevo en el arroyo. Y al verle volvió a mirarle, pero Tímido esta vez no huyó. Se quedó dando vueltas en círculo, exhibiéndose ante ella.
No la podía mirar pero presentía cómo era observado.
Unos días más tarde unos cazadores esperaban escondidos entre la maleza a que apareciese su presa. Cuando la osa bebía dispararon sin piedad y ella cayó muerta.
Desde el otro lado las lágrimas de Tímido cayeron en silencio al contemplar la imagen.
Vio cómo del bosque otro oso atacó a los cazadores y éstos, defendiéndose, dieron caza a Ruidoso, que sólo quería defender a su amada.
Tímido fue incapaz de reaccionar...
Se dio media vuelta y deprimido decidió no volver nunca a aquel lugar.
Sólo andaba y andaba sin rumbo...
Un día llegó a un arroyo. Se parecía al suyo. Sólo que en esta ocasión el sol no salía por su espalda, lo tenía de frente. A su lado había una hermosa osa bebiendo y mirándole en el reflejo.
Le sonreía. Sus ojos eran dulces, su cara era preciosa. Nunca había contemplado tanta belleza de cerca.
Tímido se atrevió a mirarla, pero también en el reflejo. Las ondas que dibujaba el agua les hacía más fácil vencer su timidez al distorsionar un poco sus caras.
Ambos se sonreían. Eran felices.
Tímido fue consciente de que estaba al otro lado del arroyo al que siempre iba. Su corazón se aceleró cuando descubrió que era Tímida quien estaba a su lado. ¿Cómo podía ser? Y una lágrima cayó de sus ojos al darse cuenta de que quienes habían muerto aquel día eran Ruidoso y Ruidosa.
Fin.
En estos momentos Xan y yo éramos Tímida y Tímido. Ruidoso y Ruidosa eran nuestros respectivos novios. Y si ambos estuviéramos juntos, ellos morirían. Por eso la historia era tan dura. Por eso no quería ser el cazador. No quería destruir el corazón de la persona con la que había compartido diez años, pero tampoco quería pasar el invierno solo.
Lo que me atrevía a escribirle a Alaniza era justamente lo que no me atrevía a decirme a mí mismo. Eso es lo que hacen las personas que nos inspiran: nos obligan a hablar.
Cuando Alaniza desapareció del gimnasio, apareció Noa. O, más exactamente, Noemí. Fue un terremoto. Durante un tiempo yo había llegado a pensar que la persona que me miraba y sonreía en el gimnasio era Alaniza. Hasta que un día aparecieron juntas y comprendí que buena parte de aquellas sonrisas y de aquel descaro habían sido de Noemí, no de Alexandra.
Tenían un parecido increíble: pelo oscuro, liso y largo; caras de ángel; ojos color miel; una silueta casi gemela. Pero en el carácter eran opuestas. Noemí era habladora, extrovertida, descarada, transparente. Alexandra, en cambio, era mucho más tímida, más suave, más retirada. Aquel descubrimiento me produjo un caos inmenso, porque me obligó a reconocer que parte de mi historia con Alaniza quizá había ocurrido también en mi cabeza.
Noa me arrastró a una fiesta: las bodas de plata de los padres de su amiga Petunia. Conducía un Audi A1 blanco, llegó tarde, me recogió como si llevara toda la vida organizando mis horarios y me llevó a una mansión enorme llena de gente. Desde que entré no soltó mi mano. Me presentó a todo el mundo como si ya fuera alguien. Estaba impresionante con aquel vestido rojo y hablaba sin parar, ocupando el espacio con una mezcla de desparpajo y ternura.
Cuando por fin estuvimos solos en la carpa del jardín, me besó. No me lo esperaba. Se sonrojó, pidió perdón de inmediato y no le di tiempo a arrepentirse: le devolví el gesto. Su corazón latía tan fuerte como el mío.
Esa noche conocí a Antonio, el padre de Petunia. Fue él quien me contó la verdad. Noa había perdido a una hija de un año, muerta de cáncer. Desde entonces no la habían vuelto a ver sonreír de verdad hasta la noche anterior, cuando les contó con una alegría desbordante que me había conocido. Aquello me dejó sin aire.
Me fui al jardín a asimilarlo. Me senté en silencio, pensando en la crueldad de algo así. Entonces ella llegó por detrás y me abrazó sin decir nada. Fue la primera vez en toda la noche que no hablaba. Se quedó pegada a mí, llorando durante mucho rato. Petunia apareció con unas mantas y nos tapó sin interrumpirnos. Cuando por fin pude girarme hacia ella, sus ojos estaban llenos de lágrimas. No hizo falta que me explicara nada. Lo sabía todo sin que pronunciara una sola palabra.
La llevé después a la estación. Desayunamos, jugamos con las miradas, nos apoyamos frente con frente. Y cuando se despidió me besó otra vez con una intensidad que me dejó flotando. Durante unos días sentí que había aparecido un consuelo inesperado en mitad del desorden. Pero duró poco. Sus mensajes fueron enfriándose, empezó a desaparecer, y una tarde la vi sentada en una terraza coqueteando con otro chico del mismo modo en que había coqueteado conmigo.
Con el tiempo entendí lo que significaba. Noa no era fuente, sino espejo. No era más que el reflejo de Alaniza creado en mi mente: la proyección de una realidad incomprendida. La ansiedad por conseguir lo imposible me había concedido, por cortesía, una pizca de alivio. Un consuelo. Pero no era ella. Nunca sería ella.
En junio de 2014 la vi en una terraza. Pelo suelto, sonriendo al infinito, todavía con la misma luz. Me miró mientras yo bajaba la calle que daba justo a la mesa donde se sentaba. Fui incapaz de detenerme. Seguí caminando y entré al taller.
El taller era mi lugar sagrado. Nadie entraba allí: ni amigos íntimos, ni novias, ni familia. Mis secretos estaban expuestos a un simple golpe de vista entre aquellas paredes: cuadernos repletos de sueños, hierros viejos, esculturas, mi piano estropeado, bocetos y restos de vidas que solo tenían sentido para mí. Era un espacio que parecía no pertenecerle a nadie, flotando en una laguna legal, medio derruido por fuera y completamente abierto por dentro, con todas las paredes interiores caídas de un mañana de liberación.
Entonces escuché su voz llamando desde fuera. Reconocí el tono antes de entender las palabras. Me había seguido. La invité a pasar. Cruzó la puerta con seguridad. El hall oscuro ocultaba el estudio y, cuando entró del todo, se quedó inmóvil. Miraba en silencio, como si estuviera entrando en una cueva privada. Sus ojos brillaban. Poco a poco empezó a recorrer la sala observando hasta el último detalle.
En un momento separó un bastidor de la pared. Detrás había un cuadro enorme, de cuatro metros por tres. Era ella. O más exactamente: la idea de ella, la imagen gigantesca que yo había pintado antes de conocerla de verdad. No esperaba que lo encontrara. Mucho menos que lo encontrara así, tan grande, tan expuesto, tan imposible de negar.
El 13 de febrero de 2014 la había vuelto a ver. Llevaba dos días apareciendo en el gimnasio. Nos cruzamos y nos miramos fugazmente. Tuve la sensación extraña de que no le habría importado que me acercara. No me quedé a averiguarlo. Me fui a nadar y cuando terminé ella ya no estaba.
El 15 de febrero le mandé otro avance de una nueva historia. Pensé que estaba siendo capaz de escribir algo totalmente ajeno a ella. Pero en el último párrafo ocurrió algo que ni yo mismo esperaba.
Lo que copié en ese mail era el comienzo de Sirius:
11 de febrero de 2014
Sirius
Cómo comenzar a escribir sobre algo que llevas dentro, provocando a tus propias neuronas para que fabriquen una historia única que nadie haya leído jamás...
Y dos días después anoté en el diario: "Curiosa esta historia donde el escritor tiene tanta intriga como el lector por saber qué sucederá mañana. Estamos todos en el mismo lado. Esperando que algo suceda."
Eso es lo que ocurrió. Ver a Alaniza otra vez, después de meses, desbloqueó Sirius. Una historia dentro de otra historia. Un universo que nació del gesto de una chica desconocida que sonrió en un gimnasio.
Había vuelto a verla brevemente en junio de 2014. Después en el taller, en noviembre de 2015. Después, nada. Enero de 2017: sin noticias, sin cruces, sin rastro. Nunca sabré si Alaniza fue solo una fantasía o un enamoramiento puro y verdadero. Ella era muy joven cuando la vi por primera vez. No creo que superara los veinte años.
Lo que vino después fueron las doscientas cartas. Primero fueron cartas de amor. Luego aventuras. Luego mundos. Luego personajes. Luego la obra entera. Sirius, Alan, los demás capítulos, la arquitectura de VRT: todo eso empezó allí, en una dirección de correo que apenas me respondió y que sin embargo funcionó como el detonante más poderoso de mi vida creativa.
Por eso Alaniza no es solo Alexandra. Alexandra existe, tuvo un cuerpo, una edad, una ciudad, un gesto al quitarse los auriculares y una manera concreta de sonreír. Alaniza, en cambio, es el personaje que nació de todo eso y que se volvió más grande que la anécdota. No es autobiografía confesional. Es el punto exacto en el que la realidad se convierte en ficción porque la ficción dice mejor la verdad de lo que yo era capaz de decir en voz alta.
Al final de todo esto queda una pregunta sencilla y sin respuesta clara.
El email era alaniza13@mail.com. No era Alexandra. No era un apodo conocido. Era una construcción suya, algo intermedio entre su nombre y otra cosa. Cuando lo escribí en mi móvil y lo leí, el nombre tenía una forma rara y perfecta a la vez.
Alaniza. De él viene todo lo demás. El proyecto. La obra. Esta historia que todavía no sé cómo termina. Los ocho capítulos. Los ocho quesitos de un cilindro imaginario. Los ocho mundos que giran alrededor de un centro que todavía no hemos visto.
La Áurea que cierra el círculo.
Empezó con una chica en un gimnasio que me dio un email de seis letras y un número.
A veces así empiezan las cosas que más importan: con un gesto tan pequeño que en el momento nadie lo reconoce como el inicio de nada.
Esto sucedió el 10 de marzo del 2013. Hoy, 13 de diciembre, estoy en el mismo sitio.
Han pasado muchas cosas desde entonces. Parece una eternidad desde la última vez que la vi.
Hay fechas que se vuelven coordenadas. El 10 de marzo fue el primer encuentro. El 13 de diciembre fue la confirmación. Dos puntos en el espacio que, unidos, dibujan una dirección.
No hacia ella. Hacia mí.
Alaniza no era el destino. Era el disparo de salida.
Y todo lo que vino después —Sirius, Alan, Kuyiman, Redes, Ego, And, Áurea— fue la carrera.
Todavía estoy corriendo.
A origem e a ferida.
13 de dezembro de 2013.
Meses antes disso, os cadernos estavam quase vazios. Eu me levantava, trabalhava, voltava. Dormia mal. Comia por hábito. O corpo seguia, mas fazia tempo que nada terminava de acender.
Alguns meses antes do 10 de março comecei a me cruzar com uma moça que nunca soube com certeza se era ela.
Coincidíamos na academia. Nos olhávamos de um jeito que nenhum dos dois nomeava — não era flerte exatamente, nem casualidade, mas algo que se sustentava sozinho e que os dois sabíamos que estava ali. Tinha um sorriso generoso. Uma energia que eu não tinha sentido em muito tempo.
No dia 14 de fevereiro quase falei com ela. Era Dia dos Namorados, a academia estava quase vazia. Esperei que ela terminasse para me aproximar na saída. Me distraí. Quando tentei reagir, ela já tinha ido embora. A vi caminhar a poucos metros à minha frente, olhando o celular. Quinze metros de distância e nenhuma frase que eu fosse capaz de dizer. Voltei pra casa com tudo sem dizer.
Continuei a vê-la quase todo dia. Quando por fim me decidi a me aproximar, ela parou de aparecer.
A academia tinha janelões enormes. Quando anoitecia, viravam espelhos — devolviam o interior inteiro, com suas luzes e suas silhuetas. Às vezes, quando estava numa máquina perto do vidro e já tinha escurecido lá fora, me pegava procurando o rosto dela no reflexo. Me virava esperando que fosse ela. Era só o vidro.
Ainda hoje tenho dúvidas se aquela moça misteriosa era Alexandra. São muito parecidas. Mas tão diferentes no modo como eu as imaginei que às vezes penso que talvez não fossem a mesma pessoa. Ou talvez fossem, mas a versão que eu precisava que existisse antes de conhecê-la era outra — a projeção antes do original, o sonho antes da pessoa.
Passaram três semanas e, quando eu menos esperava, ela apareceu de repente. Ou melhor: apareceu Alexandra. Descrevo assim porque naquela época eu já vivia com a dúvida de se era ou não a mesma moça. Estava linda, com o cabelo solto, muito bronzeada e os olhos transformados pelo sol. A vi pela primeira vez a contraluz: eu estava sentado e ela, de pé, com o vidro às suas costas e o sol me cegando. Tudo parecia estar em câmera lenta.
Durante a hora seguinte nos cruzamos várias vezes pela sala. Ela já não me olhava como a outra. Já não me procurava. Estava mergulhada nos próprios pensamentos. Eu não era ninguém. Mesmo assim precisava falar com ela, e no fim falei.
— Oi. Posso te fazer uma pergunta?
Ela me olhou surpresa e tirou os fones de ouvido para me escutar. Estava deitada fazendo exercícios de aquecimento. Se levantou um pouco. Passaram alguns segundos em que ficamos nos observando. O narizinho pequeno e arredondado dela me chamou muito a atenção. Ela me olhou nos olhos por um instante, prestou atenção em partes do meu rosto, no meu rabo de cavalo e em como eu estava de cócoras a poucos centímetros dela.
— Quero te mostrar uma coisa. Algo que é pra você. Você pode me dar seu email pra eu mandar?
Ela corou. O rosto dela foi um espetáculo: foi da surpresa à alegria, do desconcerto ao medo, e de volta à alegria. Balançou a cabeça enquanto um sorriso tímido escapava.
— Meu email? Pra quê você quer meu email?
— Quero que você tenha uma coisa!
Ela hesitou uma última vez.
— Tá, te dou: alaniza13@mail.com.
Era um nome que eu nunca tinha escutado. Precisei pedir que repetisse enquanto pegava o celular para anotar.
— Você é argentino? — ela perguntou.
Não sei por que estranha razão me senti lisonjeado. A pergunta me agradou.
— Argentino? Não me importaria. Mas a verdade é que sou daqui, de Madri. Embora, sendo minha mãe de Sevilha e meu pai de Paris, eu me sinta um pouco de todo lugar.
Era mentira, ou uma mentira elegante. Minha mãe é de Jerez e meu pai de Cáceres. Mas eu quis soar melhor do que era.
— Sevilha? Que linda — ela sorriu.
— Por que você achou que eu era argentino?
— Não sei. Achei que você era de lá. Eu sou argentina. De Bariloche.
Bariloche. O nome da cidade natal dela tinha algo. Uma geografia distante que de repente ficava próxima só por estar na boca dela. Disse que adorava o país dela. Falei até de uns supostos amigos de lá, monitores de esqui que faziam a temporada em Andorra no inverno e iam para a Argentina no verão — que lá é quando tem neve — e que na verdade eu não via há mais de vinte anos.
— Bom, obrigado pelo seu email. Foi um prazer falar com você.
— Até logo.
Ela voltou a colocar os fones de ouvido para continuar os exercícios. Pude ver como um sorriso terno se desenhava no rosto dela; as bochechas continuavam rosadas. Não me olhou ao fazer isso. Isso também era algo.
Tentei voltar a fazer exercício sem conseguir. No fim fui embora sem fazer nada.
Naquela noite escrevi para ela. A carta, na verdade, tinha começado a se escrever muito antes de eu saber o nome dela. Um amigo que sabia que ela existia a batizou de Nacho para que pudéssemos falar dela no estúdio sem que ninguém percebesse. Quando queria saber se eu a tinha visto, me perguntava se eu tinha conseguido ver o orçamento de informática. Era isso que ela era para o mundo: um orçamento de informática. Para mim era outra coisa.
O começo dizia assim:
Não te conheço, nem sou capaz de aguentar o seu olhar, mas tento não faltar um único dia desde que te vi pela primeira vez.
Depois vinham coisas que agora me custam a ler. Coisas verdadeiras, mas nuas. A frase que melhor resumia tudo era esta:
Minha vida tinha ficado cinza e sem graça e, para alguém que passa as horas sonhando e desenhando, esse é o pior pesadelo. E você, sem ter me dirigido uma única palavra, conseguiu com a luz que projeta que tudo voltasse a fazer sentido.
E terminava assim:
Não pude evitar escrever para você, contar o que você significou pra mim e agradecer por ter me sorrido. Não pretendo te assustar nem te sufocar. Se tudo isso está só em mim e não é correspondido, eu estaria igualmente grato por ter me despertado. Agora eu volto a estar vivo. Recuperei o entusiasmo e, o mais importante pra mim, a inspiração.
Ela respondeu à primeira. Era uma carta no seu sotaque argentino do idioma, escrita com um calor inesperado: que tinha chegado dentro, que tinha alegrado seu dia, que lhe parecia algo maravilhoso. Que tinha ficado shokeada — essa palavra dela, intraducível, tão argentina — mas que tinha namorado. Que não se importava que eu continuasse escrevendo.
Não voltou a escrever depois disso. Me deixou continuar sozinho.
Então escrevi uma segunda carta, uma terceira. A pressionei com uma quarta e foi aí que ela saiu correndo. Eu sabia o que estava fazendo. Sabia que tantas cartas provocariam essa reação. E inconscientemente coloquei essa barreira desde o começo. Me contradizia nos meus atos constantemente: desejava conhecê-la, mas construía muros.
Desde setembro eu não tinha mais notícias dela. Tinha respeitado o meu silêncio. Tinha respeitado o espaço dela. Em 13 de dezembro de 2013, na mesma academia onde tudo tinha começado, ela estava lá. A notei triste, ausente. Muito magra. Algo no rosto dela tinha mudado. Me atreveria a dizer que ela estava deteriorada dentro do que pode se deteriorar alguém com vinte anos. Me perguntei o que teria acontecido com ela.
No fim acabei perto dela, mas não houve como nem olhá-la direito nem falar. A vi no fundo com um amigo: um rapaz gordinho, de cara boa pessoa. Quando foram para o vestiário, eu decidi ir também. Ao passar me deparei com ele e não pude evitar me aproximar.
— Oi. A amiga morena com quem você veio, ela se chama Alexandra?
— Sim.
Ele baixou a cabeça com timidez. Pelos gestos percebi que passavam pela sua cabeça muitas coisas que ele se esforçava por não dizer.
— Poxa... Acho que pissei na bola com ela.
Ele não respondeu. Assentiu com a cabeça, mantendo ocultos uns pensamentos que com certeza não eram alegres. Mas ao se despedir havia algo mais que educação. Havia uma certa conexão, como se ele sentisse pena do que tinha acontecido de algum modo.
Fiquei sentado uns minutos, com a cabeça baixa. Contente por tê-la visto, mas muito triste por não ter falado com ela. E decepcionado por verificar que era Alexandra e não outra pessoa diferente da que eu sempre imaginei que seria.
O nome que ela tinha colocado no email — alaniza13 — não era exatamente Alexandra. Era algo intermediário. Uma palavra que ela tinha inventado, ou construído, que tinha o nome dela dentro mas não era o nome dela. Alaniza. Eu gostava mais do que Alexandra. Soava a lugar, a coordenada. Soava a algo que se busca e nem sempre se encontra.
Me imagino que Alexandra leu o email inteiro sem sair da cadeira. Que quando terminou ficou com ele aberto um momento mais, como se esperasse que no final houvesse outra coisa. Que não sorriu. Que não ficou com raiva. Que olhou a hora, fechou a tela do notebook e ficou quieta, com uma mão ainda apoiada sobre a tampa. Que depois abriu o celular, escreveu uma mensagem que não chegaremos a ler e saiu de casa. No dia seguinte não foi à academia.
Eu tinha uma namorada. Estava com Claudia há dez anos. Ela me fazia feliz, me fazia rir, eu me sentia bem com ela e poderíamos estar sempre juntos. Ela me amava. Mas de algum modo também não estava apaixonada por mim. Do mesmo jeito que eu não a amava como ela me amava. Isso era o que eu não me atrevia a dizer em voz alta.
Soube com certeza quando percebi que havia meses que ia ao hospital sem que Claudia tivesse me acompanhado uma única vez. Minha mãe tinha leucemia. Tinham demorado dois anos para detectá-la, e quando detectaram já era tarde. Isso também era algo que eu carregava dentro sem saber muito bem o que fazer com isso.
A empresa afundava. Ia cada dia sem saber o que ainda estava de pé. Os diários de dezembro de 2013 estão cheios dessa soma: tudo caindo ao mesmo tempo. E no meio de tudo isso, cada vez que abria o notebook e escrevia 'Alaniza13', algo dentro cedia um pouco, como uma câmara de oxigênio que se abre sem entender direito por que se precisa dela.
Me doía ter me apaixonado por alguém que não existia do jeito que eu pensava. E, ao mesmo tempo, reconhecia que a única coisa verdadeiramente viva que eu tinha feito naquele ano era começar essa história.
Em 11 de dezembro, voando para Helsinque, sobrevoei os Pireneus nevados com o céu completamente aberto. Uma vista impressionante. E me lembrei dos meus anos na montanha, aqueles dias de Andorra em que eu subia com um caderno, duas garrafas térmicas — café e sopa — e ficava horas sozinho numa cabine de vigilância vendo a neve, o vento e o silêncio. Uma tarde adormeci. Quando acordei, era noite e eu não conseguia descer. Fazia frio. Com o que havia na cabine consegui algo de luz e algo de calor. E comecei a escrever.
Dessa corrente nasceu a fábula de Tímido. A escrevi sozinho, de noite, com a luz das chamas. E quando em 13 de dezembro a reli entendi por que era tão dura: nela estávamos Xan e eu.
— Tímido —
No bosque, junto a um riacho que nunca descansava, viviam quatro ursos.
Dois eram tímidos. Dois eram barulhentos. Não se tinham escolhido, mas o bosque tem esse hábito de juntar quem não se precisa para que aprendam alguma coisa.
Os barulhentos eram reconhecíveis de longe. Um chegava fazendo estalar os galhos mesmo havendo caminho livre — não por desajeitamento, mas por temperamento. A outra cantava mesmo que ninguém tivesse pedido que cantasse, e quando não cantava, opinava. Os dois acreditavam que o mundo era um palco e que seu problema principal era que não lhes prestava atenção suficiente. Não eram ursos de margem: viviam terra adentro, na parte do bosque onde o eco amplifica qualquer ruído, e desciam ao riacho de vez em quando em busca de público.
Os tímidos eram mais difíceis de ver. O que era, exatamente, como a eles lhes agradava.
A cada amanhecer, a ursa tímida descia ao riacho para beber. E a cada amanhecer, o urso tímido a esperava da outra margem sem se mover. Havia meses que fazia isso. Estava convicto de que ela não sabia que ele estava ali, porque nunca o olhava diretamente.
O que não sabia — porque os tímidos raramente sabem essas coisas sobre si mesmos — era que ela também o esperava. Que bebia devagar, com o focinho perto da água, porque na superfície do riacho via o reflexo dele. Que as ondas que distorciam um pouco o rosto dele tornavam mais fácil olhá-lo do que se o tivesse olhado de frente. E que nos dias em que ele chegava tarde, ela sentia algo no estômago que demorou muito a identificar como medo.
Ele era feliz ao amanhecer.
Ela também. Mas demorou mais para reconhecer isso.
Os dois barulhentos, entretanto, faziam o que melhor sabiam: interromper. Apareciam quando não tinham sido convidados. Traziam presentes que ninguém tinha pedido. Faziam barulho na esperança de que o barulho fosse suficiente, porque para eles sempre tinha sido.
Os tímidos os escutavam com cortesia e depois continuavam pensando no riacho.
O problema de fazer muito barulho, pensava a ursa tímida, é que não te deixa ouvir a resposta mesmo que a resposta esteja ali.
Um dia de outono, Tímida não apareceu. O urso esperou a manhã inteira, depois a tarde, depois a noite. E então fez algo que não tinha feito em todos esses meses: cruzou para o outro lado.
Não era fácil para ele. Cruzar significava ser visto. Mas o riacho era estreito e o pé já estava molhado, e às vezes as circunstâncias tomam as decisões que a gente não se atreve a tomar sozinho.
Ela não estava. Voltou para sua margem, sacudiu a água e prometeu que tentaria no dia seguinte.
Mas ela não veio no dia seguinte. Nem no outro. Nem nas semanas seguintes.
Chegou o inverno.
Tímido o passou em sua toca, entre o sono e o não-sono, que é o estado em que os ursos processam o que não entendem. Pensou nela mais do que teria admitido se alguém tivesse perguntado. Pensou se teria encontrado alguém em outro riacho. Se teria adoecido. Se, talvez, ele não tivesse sido suficientemente visível e ela simplesmente tivesse deixado de procurá-lo na água.
Com o primeiro degelo, correu ao riacho.
E ela estava lá.
Tão bonita quanto antes, talvez mais — a hibernação faz isso com os ursos: os afina, os leva ao essencial, os deixa mais limpos que antes. Bebia devagar, com o focinho perto da água, exatamente igual a sempre.
Algo tinha mudado, no entanto.
Levantou a vista e o olhou diretamente nos olhos.
Ele não soube o que fazer com isso. Os tímidos nem sempre sabem o que fazer com o que carregam meses desejando. Foi embora — não por indiferença, mas porque a intensidade daquele instante era demais, e às vezes o demais e o suficiente se parecem muito por fora.
No dia seguinte ela voltou. E voltou a olhá-lo. E desta vez ele não fugiu. Começou a se mover devagar, fazendo sua sombra se projetar na água, se exibindo sem se olhar. Como se fosse para ela mas também como se não tivesse decidido de todo.
Faziam dias assim quando chegaram os caçadores.
Estavam escondidos entre a moita com a paciência de quem não arrisca nada.
Tímida bebia sem saber. Tímido a olhava sem poder avisar.
Atiraram.
A ursa caiu.
Da outra margem, Tímido viu como do bosque saía outro urso — barulhento, impulsivo, sem calcular — e se jogava contra os caçadores. Os caçadores, preparados para tudo menos para isso, o abateram também.
Tímido não se moveu.
Não só por covardia. Mas porque o espanto o tinha convertido em pedra, que é algo que acontece com quem sente demais sem ter aprendido ainda a se mover dentro disso.
Quando os caçadores foram embora, deu meia-volta e andou. E continuou andando. E não parou.
Andou dias. O bosque mudava mas o bosque sempre se parecia com o bosque.
Até que chegou a um riacho.
Parou. Bebeu. Levantou a vista.
O sol não saía pelas suas costas como sempre — o tinha à frente. Ao seu lado havia uma ursa que olhava a água sem olhá-lo.
Ou assim parecia.
As ondas desenhavam seus rostos. Os distorciam um pouco. O suficiente para que olhar fosse mais fácil do que não olhar.
Ela sorriu no reflexo.
Ele também.
Ficaram assim um tempo, os dois olhando a água, os dois sabendo perfeitamente o que estava acontecendo e fingindo que não. Que é, afinal, o jeito mais delicado de começar alguma coisa.
Passaram dias. Tímido aprendeu que esse riacho corria em direção contrária ao seu. Que o sol chegava pelo lado que no seu bosque era sombra. Que há coisas que só se veem quando a gente se perdeu o suficiente para chegar a lugares novos.
Um dia, sem saber bem como, compreendeu o que tinha acontecido naquele outono.
A ursa que caiu não era Tímida.
Era Barulhenta — que se parecia com ela de longe, o mesmo cabelo, o mesmo jeito de se inclinar sobre a água. O inverno a tinha afinado: mais magra, mais quieta, quase sem rastro do barulho de antes. Da outra margem, àquela distância e com aquela luz, era impossível saber. E o urso que saiu do bosque para defendê-la era Barulhento, que a amava há tempos sem que ela tivesse pedido, e que naquele dia fez a única coisa que sabia fazer: se jogar sem plano, com todo o barulho que carregava dentro.
Os dois barulhentos tinham morrido no mesmo dia. Juntos — que era, provavelmente, a única coisa que teriam querido.
Uma lágrima escorreu pelo focinho do urso tímido.
Não de alívio. Mas de algo mais complicado: entender que o amor que grita também é amor. Que Barulhento tinha feito em três segundos o que ele não tinha conseguido fazer em um ano. Que há mais de uma maneira de amar e nenhuma é a correta e todas são a mesma coisa vista de ângulos diferentes.
Olhou para a ursa que tinha ao lado.
Ela também o olhava, na água.
E os dois sorriram — que é o jeito que os tímidos têm de dizer o que os barulhentos teriam gritado.
Fim.
Os que amam em silêncio nem sempre perdem.
Às vezes só chegam por outro caminho.
Naquele momento Xan e eu éramos Tímida e Tímido. Barulhento e Barulhenta eram nossos respectivos namorados. E se ambos estivéssemos juntos, eles morreriam. Por isso a história era tão dura. Por isso eu não queria ser o caçador. Não queria destruir o coração da pessoa com quem eu tinha compartilhado dez anos, mas também não queria passar o inverno sozinho.
O que eu me atrevia a escrever para Alaniza era exatamente o que eu não me atrevia a dizer pra mim mesmo. É isso que as pessoas que nos inspiram fazem: nos obrigam a falar.
Quando Alaniza desapareceu da academia, apareceu Noa. Foi um terremoto. Durante um tempo eu tinha chegado a pensar que a pessoa que me olhava e sorria na academia era Alaniza. Até que um dia elas apareceram juntas e entendi que boa parte daqueles sorrisos e daquela ousadia tinham sido de Noa, não de Alexandra.
Tinham uma semelhança incrível: cabelo escuro, liso e comprido; rostos de anjo; olhos cor de mel; uma silhueta quase gêmea. Mas no caráter eram opostas. Noa era falante, extrovertida, descarada, transparente. Alexandra, ao contrário, era muito mais tímida, mais suave, mais retraída. Aquela descoberta me produziu um caos imenso, porque me obrigou a reconhecer que parte da minha história com Alaniza talvez tivesse acontecido também na minha cabeça.
Noa foi quem tomou o controle desde o primeiro momento: me conta sobre as cartas, mas não aqui, vamos tomar alguma coisa. Impossível dizer que não. Era assim com ela.
Na varanda, Alexandra era o de sempre: movimentos delicados, voz suave, acariciava o cabelo sem perceber, corava se alguém a olhava demais. Noa era uma sevilhana com graça e desembaraço que conseguia arrancar um sorriso de todo mundo que chegava perto. Contei parte de uma viagem que acabara de fazer. Ri. Me esqueci, por um momento, de por que estávamos ali.
Alexandra recebeu uma ligação e se despediu. Noa e eu ficamos mais duas horas. Foi ela quem deu nome ao que tinha estado acontecendo: 'Você sabe que tudo isso poderia estar ocorrendo na sua cabeça.' Os olhares, os sorrisos, a ousadia que eu tinha interpretado como sinais de Alexandra eram dela. Sempre tinham sido. Alexandra nunca me olhava. E talvez por isso eu pudesse imaginar tanto.
Dias depois chegou uma mensagem: 'Vai logo à academia. Tome banho lá às 8. Te busco. Leva casaco.' Sem assinatura. Sem precisar de assinatura. Não respondi, mas estava na porta às oito em ponto.
Chegou com vinte e cinco minutos de atraso. O Audi A1 branco parou bem na minha frente. Baixou o vidro. O vestido vermelho me deslocou antes de ela dizer qualquer coisa — não era a roupa, era o modo como ela o habitava, como se aquela cor fosse uma decisão tomada muito antes de chegar. Me cumprimentou. Arrancou a falar. Eu concordei com a cabeça.
A fazenda era enorme, a poucos metros do campo de golfe onde eu jogava quando criança. As bodas de prata dos pais da amiga dela, Petunia — coitada, viver com esse nome —. Havia gente de todas as idades: alunos, professores, desconhecidos. Um grupo de universitários tocava ao vivo e a tenda do jardim cheirava a noite de primavera. Noa conhecia todo mundo. Não soltou minha mão desde que entramos.
Me apresentou a todos como se eu já fosse alguém há anos. Eu mal conseguia terminar uma frase: cada vez que tentava dizer algo já estávamos cumprimentando outras pessoas. Num momento conseguimos escapar para a tenda. Pegamos as duas últimas taças de vinho de uma bandeja que passava. Propus um brinde por nos termos conhecido. Ela respondeu com um beijo.
Eu não esperava. Ela corou: disse que não tinha conseguido evitar, que por favor eu não me sentisse desconfortável. Não dei tempo para ela terminar a frase. Fui eu quem retribuiu o gesto. Os olhos dela, bem ali.
Petunia chegou para buscá-la. Noa saiu disparada e me deixou com a taça na mão.
A encontrei entre a gente quando começou a falar pelos alto-falantes. Tinha subido ao palco. Cumprimentou os convidados, deu as boas-vindas, anunciou que ia falar dos pais da sua melhor amiga, a quem amava como se fossem seus. Depois começou a contar uma história que ela mesma tinha escrito, de cor: dois pássaros de fogo que nunca se separavam, que guardavam entre os dois uma chama que nenhum dos dois poderia sustentar sozinho. Uma história sobre manter vivo o amor quando o mundo tem pressa em apagá-lo.
Durante todo o tempo em que falou não parou de me olhar. A distância era grande, mas o olhar dela era tão direto que me custava sustentá-lo. Terminou propondo um brinde pelos amantes que celebravam vinte e cinco anos juntos. A sala inteira aplaudiu.
Quando desceu do palco me abraçou com tanta força que tudo ficou em branco.
Passaram horas. Os pais de Petunia se aproximaram para me conhecer e me deram um abraço como se eu fosse da família. Enquanto Noa se perdia entre um grupo de gente fiquei conversando a sós com Antonio, o pai. Olhar sério, muita ternura nas palavras. Disse que queria me conhecer desde que soube que eu existia, que Noa tinha contado na noite anterior com uma alegria que fazia muito que não víamos nela que tinha me conhecido.
Fez uma pausa. Depois que a filha deles de um ano morreu de câncer, não tinham achado que fossem vê-la sorrir de novo.
Me desculpei e saí para o jardim. Sentei perto da piscina. Não havia ninguém. A água refletia as últimas luzes da tenda e o silêncio estava quase completo. Fiquei muito tempo quieto tentando assimilar o que tinham me contado. Como podiam brilhar-lhe os olhos daquele jeito sem que nada disso aparecesse por fora.
Senti os braços dela me rodeando por trás. Ficou grudada sem dizer nada. Era a primeira vez em toda a noite que ela não falava. Me virei devagar. Estava tremendo de frio, os olhos cheios de lágrimas, o olhar cravado num ponto que não era eu. Não perguntei nada. Petunia apareceu em silêncio com duas mantas de lã e nos cobriu sem nos interromper.
Ficamos quase duas horas assim, sozinhos, sem que nenhum dos dois dissesse nada. Quando percebi que ela tinha se acalmado segurei o queixo dela com cuidado. Ela me olhou. E voltou a sorrir.
Estava amanhecendo quando recolhemos as coisas dela da casa de hóspedes. Dirigi o carro dela até a estação do trem. Tomamos café da manhã. Não falamos muito. Em algum momento ficamos nos olhando fixamente e acabamos juntando as testas, sem saber bem o que dizer, brincando com isso. Quando chegou o trem me abraçou com força e me beijou com uma intensidade que demorei um tempo para assimilar. Foi. Eu fiquei na plataforma com o carro dela e sem saber quando a veria de novo.
Alguns dias depois mandei um caderno que tinha feito para ela. Na capa tinha assinado: ozty.
Durou o que durou. As mensagens foram esfriando, ela começou a desaparecer, e uma tarde a vi numa varanda flertando com alguém do mesmo jeito que tinha flertado comigo.
Com o tempo entendi o que significava. Noa não era fonte, mas espelho. A ansiedade por conseguir o impossível tinha me concedido um fio de alívio. Um consolo. Mas não era ela. Nunca seria ela.
Em junho de 2014 a vi numa varanda. Cabelo solto, sorrindo para o infinito, ainda com a mesma luz. Ela me olhou enquanto eu descia a rua que dava exatamente para a mesa onde ela estava sentada. Fui incapaz de parar. Continuei caminhando e entrei no ateliê.
O ateliê era o meu lugar sagrado. Ninguém entrava lá: nem amigos íntimos, nem namoradas, nem família. Meus segredos estavam expostos a um simples golpe de vista entre aquelas paredes: cadernos repletos de sonhos, ferros velhos, esculturas, meu piano, esboços e restos de vidas que só tinham sentido pra mim. Era um espaço que parecia não pertencer a ninguém, flutuando num limbo legal, meio em ruínas por fora e completamente aberto por dentro, com todas as paredes internas derrubadas numa manhã de libertação.
Então ouvi a voz dela chamando lá de fora. Reconheci o tom antes de entender as palavras. Ela tinha me seguido. A convidei para entrar. Cruzou a porta com segurança. O corredor escuro ocultava o estúdio e, quando ela entrou de verdade, ficou imóvel. Olhava em silêncio, como se estivesse entrando numa caverna privada. Os olhos dela brilhavam. Aos poucos começou a percorrer a sala observando até o último detalhe.
Num momento ela separou uma moldura da parede. Atrás havia uma tela enorme — quatro metros por três, ou assim me parecia de onde eu estava. Era ela. Ou mais exatamente: a ideia dela, a imagem que eu tinha pintado antes de conhecê-la de verdade. Eu não esperava que ela encontrasse. Muito menos que encontrasse assim, tão exposta, tão impossível de negar.
Em 13 de fevereiro de 2014 eu a tinha visto de novo. Ela estava aparecendo na academia havia dois dias. Nos cruzamos e nos olhamos fugazmente. Tive a estranha sensação de que não teria se importado que eu me aproximasse. Não fiquei para descobrir. Fui nadar e quando terminei ela já não estava.
Em 15 de fevereiro mandei para ela um avanço de uma nova história. Pensei que estava sendo capaz de escrever algo totalmente alheio a ela. Mas no último parágrafo aconteceu algo que nem eu mesmo esperava.
O que eu copiei naquele email era o começo de Sirius:
11 de fevereiro de 2014
Sirius
Como começar a escrever sobre algo que você carrega dentro, provocando seus próprios neurônios para que fabriquem uma história única que ninguém jamais leu...
E dois dias depois anotei no diário: "Curiosa essa história em que o escritor tem tanta intriga quanto o leitor por saber o que vai acontecer amanhã. Estamos todos do mesmo lado. Esperando que algo aconteça."
Foi isso que aconteceu. Ver Alaniza de novo, depois de meses, desbloqueou Sirius. Uma história dentro de outra história. Um universo que nasceu do gesto de uma moça desconhecida que sorriu numa academia.
Eu a tinha visto brevemente em junho de 2014. Depois no ateliê, em novembro de 2015. Depois, nada. Janeiro de 2017: sem notícias, sem cruzamentos, sem rastro. Nunca saberei se Alaniza foi só uma fantasia ou um apaixonamento puro e verdadeiro. Ela era muito jovem quando a vi pela primeira vez. Acho que não passava dos vinte anos.
O que veio depois foram as duzentas cartas. Primeiro foram cartas de amor. Depois aventuras. Depois mundos. Depois personagens. Depois a obra inteira. Sirius, Alan, os demais capítulos, a arquitetura de VRT: tudo isso começou ali, num endereço de email que mal me respondeu e que mesmo assim funcionou como o gatilho mais poderoso da minha vida criativa.
Por isso Alaniza não é só Alexandra. Alexandra existe, teve um corpo, uma idade, uma cidade, um gesto ao tirar os fones de ouvido e uma maneira concreta de sorrir. Alaniza, por outro lado, é o personagem que nasceu de tudo isso e que ficou maior do que a anedota. Não é autobiografia confessional. É o ponto exato em que a realidade se converte em ficção porque a ficção diz melhor a verdade do que eu era capaz de dizer em voz alta.
No fim de tudo isso fica uma pergunta simples e sem resposta clara.
O email era alaniza13@mail.com. Não era Alexandra. Não era um apelido conhecido. Era uma construção dela, algo intermediário entre o nome e outra coisa. Quando escrevi no meu celular e li, o nome tinha uma forma estranha e perfeita ao mesmo tempo.
Alaniza. Dele vem tudo o mais. O projeto. A obra. Essa história que eu ainda não sei como termina.
Começou com uma moça numa academia que me deu um email de seis letras e um número.
Às vezes é assim que começam as coisas que mais importam: com um gesto tão pequeno que no momento ninguém o reconhece como o início de nada.
Isso aconteceu em 10 de março de 2013. Hoje, 13 de dezembro, estou no mesmo lugar.
Muitas coisas aconteceram desde então. Parece uma eternidade desde a última vez que eu a vi.
Há datas que se tornam coordenadas. O 10 de março foi o primeiro encontro. O 13 de dezembro foi a confirmação. Dois pontos no espaço que, unidos, desenham uma direção.
Não em direção a ela. Em direção a mim.
Alaniza não era o destino. Era o tiro de largada.
E tudo o que veio depois — Sirius, Alan, Kuyiman, Redes, Ego, And, Áurea — foi a corrida.
Ainda estou correndo.
The notebooks had been nearly empty for months. I got up, worked, came home. Slept badly. Ate from habit. The body kept going, but nothing had caught in a long time.
A few months before the tenth of March I started crossing paths with a girl I could never be certain of.
We coincided at the gym. The way we looked at each other had no name either of us would have used — not flirtation exactly, not coincidence either, just something that held itself together without being touched, and that both of us knew was there. She had a wide, generous smile. An energy I hadn’t felt in a very long time.
February fourteenth, Valentine’s Day, the gym almost empty. I waited for her to finish, drifted toward the exit. Looked away at the wrong moment. When I came back to myself she was already outside — moving through the afternoon light, looking at her phone, fifteen meters ahead of me and widening. No sentence came. I walked home with everything unspoken.
I kept seeing her almost daily after that. When I finally decided to approach, she stopped showing up.
The gym had enormous windows. At night they turned to mirrors — throwing back the whole interior at once, lights and silhouettes. Sometimes, working the machine nearest the glass after dark, I would search for her in that reflection. I would turn expecting it to be her. It was only the glass.
I still don’t know for certain if that mysterious girl was Alexandra. They looked alike. But so different in how I’d imagined each of them that sometimes I think they weren’t the same person at all. Or maybe they were — but the version I’d needed to exist before meeting her was something else: the projection before the original, the dream before the person.
Three weeks passed and she appeared when I least expected it. Or rather: Alexandra appeared. I make that distinction because by then I was already living with the doubt. She was beautiful — hair loose, deeply tanned, her eyes changed by the sun. I saw her for the first time backlit and at an upward angle: I was sitting, she stood with the glass wall behind her and the light coming straight at my eyes. Everything seemed to slow.
For the next hour we crossed paths several times across the floor. She wasn’t looking at me the way the other one had. She wasn’t looking for me at all. She was submerged in something. I was nobody to her. I had to speak to her anyway, and in the end I did.
— Hi. Can I ask you something?
She looked up, surprised, and took out her earphones to listen. She was on the floor, doing warm-up exercises. She propped herself up a little. We looked at each other for a moment. Her small, rounded nose caught my attention. She glanced at my eyes, then at different parts of my face, at my ponytail, at how I was crouched only a few centimeters from her.
— I want to show you something. Something I made for you. Could I get your email?
She flushed. Her face was something — moving from surprise to delight, from confusion to something like fear, and back to delight again. She shook her head while a small smile escaped.
— Your email? Why do you want my email?
— Because I want you to have something.
She hesitated one last time.
— Alright. It’s alaniza13 at mail dot com.
It was a name I had never heard. I had to ask her to repeat it while I took out my phone to write it down.
— Are you Argentine? she asked.
I felt strangely flattered. I welcomed the question.
— Argentine? I wouldn’t mind. But the truth is I’m from here, from Madrid. Though with a mother from Seville and a father from Paris, I’ve always felt I belong a little everywhere.
That was a lie, or an elegant version of one. My mother is from Jerez, my father from Cáceres. I wanted to sound better than I was.
— Seville? she smiled. How beautiful.
— Why did you think I was Argentine?
— I don’t know. I just assumed. I’m Argentine. From Bariloche.
Bariloche. The name of her hometown had something in it — a distant geography made suddenly close just by being in her mouth. I told her I loved Argentina. I even invented some friends there, ski monitors who spent winters in Andorra and summers down in Argentina — where the snow comes in season — and whom in truth I hadn’t seen in over twenty years.
— Well. Thank you for your email. It was really nice to meet you.
— Until later.
She put her earphones back in and went on with her exercises. I could see the smile still on her face, her cheeks still pink. She didn’t look at me doing it. That was something too.
I tried to go back to working out. Couldn’t manage it. I left without doing anything.
I wrote to her that night. The letter had actually started long before I knew her name. A friend who knew she existed had given her a codename — Nacho — so we could talk about her at the studio without anyone catching on. When he wanted to know if I’d seen her, he’d ask: Any news on the computer budget? That was what she was to the world: a line item in an IT estimate. To me, something else entirely.
The opening line went like this:
I don’t know you, I can barely hold your gaze, and yet I’ve been trying not to miss a single day since I first saw you.
What followed would be hard to reread now. True things, but stripped bare. The line that summed up everything was this:
My life had gone gray and flat, and for someone who spends his hours dreaming and drawing, that is the worst kind of nightmare. And you, without ever having spoken to me once, have managed with the light you carry to make everything mean something again.
It ended this way:
I couldn’t stop myself from writing to you, from telling you what you’ve meant to me and thanking you for having smiled at me. I’m not trying to frighten or overwhelm you. If all of this is only on my side and nothing is reciprocated, I would still be grateful — you woke something in me. I’m alive again. I’ve recovered my enthusiasm and, most important to me, my inspiration.
She answered the first one. It was a letter in her Argentine Spanish, written with an unexpected warmth: that it had moved her, that it had made her day, that it seemed to her something extraordinary. That she had been shokeada — that word of hers, so Argentine, that in standard Spanish doesn’t exist quite the same way — but that she had a boyfriend. That she didn’t mind if I kept writing.
She didn’t write again after that. She let me continue alone.
So I did. I wrote a second letter, a third. I pushed with a fourth and that was when she went quiet. I knew what I was doing. I knew that many letters would produce that reaction. I had built that wall myself, from the start. I kept contradicting my own intentions — wanting to know her, arranging the obstacles. Wanting her to stay, setting things up so she’d leave.
From September on there had been nothing. I had respected my silence. I had respected her space.
December 13, 2013. The same gym where all of it had begun. She was there. She seemed sad, absent. Very thin. Something in her face had changed. I would have said she looked worn down — in whatever way someone of twenty can look worn down. I wondered what had happened.
In the end I found myself close to her but there was no opening, no way even to look properly, let alone speak. I saw her at the far end with a friend — a stocky young man with a kind face. When they headed toward the locker rooms, I did too. In the corridor I came upon the friend and couldn’t stop myself.
— Hi. The girl you came with — the dark-haired one — is her name Alexandra?
— Yes.
He looked down with a kind of shyness. By his expressions it was clear that many things were passing through him that he was working not to say.
— I think I made a mistake with her.
He said nothing. He nodded, keeping private whatever he knew, which was surely not cheerful. But when he said goodbye there was something more than courtesy — a kind of sympathy, as if he felt sorry for what had happened.
I sat for a few minutes with my head down. Glad to have seen her. Very sad not to have spoken. And disappointed, too — in verifying that she was Alexandra and not some other person, not the one I had always imagined she’d be.
The name she’d put in the email — alaniza13 — wasn’t exactly Alexandra. It was something in between. A word she had made, or assembled, that held her name inside it but wasn’t her name. Alaniza. I liked it better than Alexandra. It sounded like a place, a coordinate. It sounded like something you search for that doesn’t always find you.
I imagine Alexandra read the whole letter without moving from her chair. That when she finished she left it open on screen for a moment, as if waiting for something else to appear. That she didn’t smile. That she didn’t get angry. That she looked at the time, closed the laptop, and sat still with one hand still resting on the lid. That she then opened her phone, typed a message we will never read, and went out. That the next day she didn’t go to the gym.
I had a girlfriend. I’d been with Claudia for ten years. She made me happy, made me laugh. I felt good with her and we might have gone on indefinitely. She loved me. But in some way she wasn’t in love with me either. In the same way I didn’t love her the way she loved me. That was the thing I couldn’t say out loud.
I knew it with certainty when I realized I’d been going to the hospital for months without Claudia having come once. My mother had leukemia. It had taken two years to diagnose, and by the time they found it, it was late. That was another thing I was carrying without quite knowing what to do with it.
The company was sinking. I went in each day not knowing what was still standing. The December entries in my diaries are full of that arithmetic: everything falling at once. And in the middle of all of it, every time I opened the laptop and typed “alaniza13,” something inside gave way a little — like an oxygen valve one opens without entirely understanding why it’s needed.
It hurt to have fallen for someone who didn’t exist quite as I’d imagined her. And at the same time I recognized that the only truly alive thing I’d done that year was begin this story.
On the eleventh of December, flying to Helsinki, I passed over the snow-covered Pyrenees under a clear sky. A remarkable view. And I remembered my years in the mountains — those days in Andorra when I’d go up with a notebook, two thermoses (coffee and soup), and stay for hours alone in a lookout cabin watching snow, wind, silence. One afternoon I fell asleep there. When I woke it was night and I couldn’t get down. Cold. Using what was in the cabin I managed some light, some warmth. And started to write.
From that current came the fable of Tímido. I wrote it alone, at night, by firelight. And when I reread it on December 13, I understood why it was so hard: in it were Xan and me.
— Tímido —
In the forest, beside a stream that never rested, there lived four bears.
Two were shy. Two were loud. They hadn’t chosen one another, but the forest has a habit of joining those who don’t need each other so that they might learn something.
The loud ones were recognizable from a distance. One arrived breaking branches even when the path was clear — not from clumsiness but from temperament. The other sang even when no one had asked her to, and when she wasn’t singing she was commenting. Both believed the world was a stage and that their main problem was that it paid them insufficient attention. They weren’t bears of the shore: they lived inland, in the part of the forest where echo amplifies everything, and came down to the stream now and then in search of an audience.
The shy ones were harder to see. Which was exactly how they preferred it.
Each dawn the shy female came down to the stream to drink. And each dawn the shy male waited on the other bank without moving. He had been doing it for months. He was certain she didn’t know he was there, because she never looked at him directly.
What he didn’t know — because shy ones rarely know these things about themselves — was that she had been waiting for him too. That she drank slowly, nose close to the water, because in the surface she could see his reflection. That the ripples that slightly distorted his face made it easier to look at him than if she’d looked straight. And that on the days he arrived late, she felt something in her stomach that took her a long time to identify as fear.
He was happy at dawn.
She was too. But it took her longer to admit it.
The two loud ones, meanwhile, did what they did best: interrupt. They appeared when no one had invited them. They brought gifts no one had asked for. They made noise hoping that noise would be enough, because for them it always had been.
The shy ones listened politely and went on thinking about the stream.
The problem with making so much noise, thought the shy female, is that you can’t hear the answer even when the answer is right there.
One autumn day, Tímida didn’t appear. The bear waited all morning, then the afternoon, then the night. And then he did something he hadn’t done in all those months: he crossed to the other bank.
It wasn’t easy for him. To cross meant to be seen. But the stream was narrow and his foot was already wet, and sometimes circumstances make the decisions one hasn’t been brave enough to make alone.
She wasn’t there. He went back to his bank, shook off the water, and promised himself he would try again the next day.
But she didn’t come the next day. Or the day after. Or in the weeks that followed.
Winter arrived.
Tímido spent it in his cave, between sleep and not-sleep, which is the state in which bears process what they don’t understand. He thought about her more than he would have admitted if anyone had asked. He thought about whether she’d found someone at another stream. Whether she’d been ill. Whether, perhaps, he hadn’t been visible enough and she had simply stopped looking for him in the water.
With the first thaw, he ran to the stream.
And there she was.
As beautiful as before, perhaps more so — hibernation does that to bears: strips them down, takes them to the essential, leaves them cleaner than they were. She was drinking slowly, nose near the water, exactly as always.
Something had changed, though.
She raised her eyes and looked at him directly.
He didn’t know what to do with that. The shy ones don’t always know what to do with what they’ve been wanting for months. He left — not from indifference, but because the intensity of that instant was too much, and sometimes too much and enough look very similar from the outside.
The next day she came back. And looked again. And this time he didn’t flee. He began to move slowly, letting his shadow fall across the water, putting himself on display without quite looking at himself. As if it were for her, and also as if he hadn’t entirely decided it.
They had been like that for days when the hunters came.
They were hidden in the underbrush with the patience of those who risk nothing.
Tímida was drinking without knowing. Tímido was watching without being able to warn.
They fired.
The female fell.
From the other bank, Tímido watched a bear come crashing out of the forest — loud, impulsive, uncalculating — and throw himself at the hunters. The hunters, prepared for everything except that, brought him down too.
Tímido didn’t move.
Not only from cowardice. But because the horror had turned him to stone, which is what happens to those who feel too much without having yet learned to move inside it.
When the hunters were gone, he turned and walked. And kept walking. And didn’t stop.
He walked for days. The forest changed but the forest always looked like forest.
Until he came to a stream.
He stopped. Drank. Raised his eyes.
The sun wasn’t rising behind him as it always had — he had it in front. Beside him was a female who was looking at the water without looking at him.
Or so it seemed.
The ripples drew their faces. Distorted them slightly. Just enough that looking was easier than not looking.
She smiled in the reflection.
He did too.
They stayed like that a while — both watching the water, both knowing perfectly well what was happening and pretending they didn’t. Which is, after all, the most delicate way to begin something.
Days passed. Tímido learned that this stream ran in the opposite direction from his own. That the sun arrived from the side that had always been shadow in his forest. That there are things one can only see after getting lost enough to reach new places.
One day, without knowing quite how, he understood what had happened that autumn.
The bear that fell was not Tímida.
It was the loud one — who from a distance resembled her, the same color hair, the same way of bending over the water. Winter had refined her: thinner, quieter, almost no trace of her former noise. From the other bank, at that distance, in that light, there was no way to know. And the bear who came out of the forest to defend her was the loud male, who had loved her for a long time without her having asked for it, and who that day did the only thing he knew how to do: threw himself in without a plan, with all the noise he carried.
The two loud ones had died the same day. Together — which was, probably, the only thing either of them had ever wanted.
A tear ran down the shy bear’s muzzle.
Not of relief. But of something more complicated: understanding that love that shouts is also love. That the loud one had done in three seconds what he hadn’t been able to do in a year. That there is more than one way to love and none is the correct one and all of them are the same thing seen from different angles.
He looked at the bear beside him.
She was looking at him, in the water.
And they both smiled — which is the way the shy ones say what the loud ones would have shouted.
End.
Those who love in silence don’t always lose.
Sometimes they simply arrive by another road.
At that moment Xan and I were Tímida and Tímido. The loud ones were our respective partners. If the two of us were ever together, the others would die. That was why the story was so hard. I didn’t want to be the hunter. I didn’t want to destroy the heart of the person I’d shared ten years with — but I didn’t want to spend the winter alone either.
What I dared to write to Alaniza was exactly what I didn’t dare say to myself. That is what the people who inspire us do: they force us to speak.
When Alaniza disappeared from the gym, Noa arrived. It was a seismic event. For a time I had come to believe the person who watched me and smiled was Alaniza. Then one day they appeared together and I understood that many of those smiles, all that boldness, had been Noa’s — not Alexandra’s.
They looked remarkably alike: dark straight hair worn long; faces like something from a Renaissance altarpiece; amber eyes; a nearly identical silhouette. But in character they were opposites. Noa was talkative, extroverted, forward, transparent. Alexandra was softer, more withdrawn, more careful. The discovery produced an enormous confusion in me, because it forced me to acknowledge that part of my story with Alaniza had happened in my own head.
Noa took control from the first moment: Tell me about the letters, but not here — let’s go get something. Impossible to say no. That was her.
On the terrace, Alexandra was what she always was: careful movements, a soft voice, touching her hair without noticing it, flushing if anyone looked at her too long. Noa was a sevillana with wit and a kind of grace that extracted smiles from everyone who got near her. I told them about part of a recent trip. I laughed. For a moment I forgot why we were there.
Alexandra got a call and said goodbye. Noa and I stayed two more hours. She was the one who named what had been happening: “You know all of this might be in your head.” The looks, the smiles, the boldness I’d read as signals from Alexandra — they were hers. They’d always been hers. Alexandra had never been looking at me. And maybe that was exactly why I’d been able to imagine so much.
Days later a message arrived: Go to the gym this evening. Shower there at eight. I’ll pick you up. Bring a jacket. No name. No need for one. I didn’t reply, but I was at the door at eight on the dot.
She was twenty-five minutes late. The white Audi A1 stopped exactly in front of me. She lowered the window. The red dress undid me before she said a word — not the garment but the way she occupied it, as if that color had been decided long before she arrived. She greeted me. Started talking. I listened.
The finca was enormous, near the golf course where I’d played as a boy. His friend Petunia’s parents — poor girl, to spend a life with that name — celebrating their silver anniversary. People of all ages: students, professors, strangers. A group of university musicians playing live in the garden and the marquee smelling of spring night. Noa knew everyone. She didn’t let go of my hand from the moment we arrived.
She introduced me to people as if I’d been someone for years. I could barely finish a sentence — as soon as I started talking we were already greeting someone new. At some point we managed to slip away to the marquee. We took the last two glasses of wine from a passing tray. I proposed a toast to having met. She answered with a kiss.
I hadn’t expected it. She flushed; said she hadn’t been able to help it, please don’t feel uncomfortable. I didn’t give her time to finish. I was the one who returned the gesture. Her eyes, right there.
Petunia came looking for her. Noa disappeared, leaving me with the glass in my hand.
I found her in the crowd when the speakers started. She had climbed onto the stage. She greeted the guests, gave thanks, announced she was going to speak about her best friend’s parents, whom she loved as if they were her own. Then she started telling a story she had written herself, from memory: two firebirds who were never separated, who kept between them a flame that neither could sustain alone. A story about keeping love alive when the world is in a hurry to extinguish it.
For the entire time she spoke she didn’t stop looking at me. The distance was considerable but her gaze was so direct it was hard to hold. She ended with a toast to the lovers celebrating twenty-five years together. The whole room applauded.
When she came down from the stage she embraced me so hard that everything went blank.
Hours passed. Petunia’s parents came over and gave me a hug as if I were family. While Noa disappeared into a group I found myself talking alone with Antonio, her father. A steady gaze, great tenderness in his words. He said he’d wanted to meet me since he heard I existed, that Noa had told them the night before — with a joy they hadn’t seen in her for a long time — that she’d met me.
He paused. After their daughter died of cancer a year ago, they hadn’t expected to see her smile like that again.
I excused myself and went out to the garden. I sat by the pool. No one else was there. The water reflected the last lights from the marquee and the silence was nearly complete. I stayed there a long time trying to absorb what he’d told me. How she could have eyes that bright without any of it showing on the surface.
I felt her arms come around me from behind. She stayed close without speaking. It was the first time all night she hadn’t been talking. I turned slowly. She was trembling with cold, eyes full of tears, her gaze fixed on some point that wasn’t me. I didn’t ask anything. Petunia appeared quietly with two wool blankets and covered us without interrupting.
We stayed like that for nearly two hours — alone, neither of us saying anything. When I felt her calm, I held her chin gently. She looked at me. And smiled again.
It was getting light when we gathered her things from the guesthouse. I drove her car to the commuter train station. We had breakfast. Didn’t speak much. At some point we were looking at each other and ended up pressing our foreheads together, not knowing what to say, staying there a moment in that. When her train came she held me hard and kissed me with an intensity that took me a while to come back from. She left. I stayed on the platform with her car and no idea when I’d see her again.
A few days later I sent her a notebook I’d made for her. On the cover I had signed it: ozty.
It lasted as long as it lasted. Her messages cooled, she began to disappear, and one afternoon I saw her on a terrace flirting with someone the same way she’d flirted with me.
In time I understood what it meant. Noa wasn’t source — she was mirror. The anxiety of pursuing the impossible had given me a trace of relief. A consolation. But she wasn’t the one. She never would be.
In June of 2014 I saw her on a terrace. Hair loose, smiling at nothing in particular, still with the same light. She looked at me as I came down the street that led directly to the table where she was sitting. I couldn’t stop. I kept walking and went into the studio.
The studio was sacred ground. Nobody entered there — not close friends, not the women I’d been with, not family. My secrets were exposed to a single sweep of the eye between those walls: notebooks full of dreams, old iron, sculptures, my piano, sketches and residue of lives that only made sense to me. A space that seemed to belong to no one, suspended in legal limbo, half-crumbled on the outside and entirely open within, all the interior walls gone one morning of liberation.
Then I heard her voice calling from outside. I recognized the tone before I understood the words. She had followed me. I invited her in. She crossed the threshold with confidence. The dark entrance hall concealed the studio, and when she came all the way in she stopped. She looked in silence, as if entering a private cave. Her eyes were bright. Slowly she began moving through the room, taking in every last detail.
At one point she pulled a canvas frame away from the wall. Behind it was a painting, four meters by three — or that’s how it seemed from where I stood. It was her. Or more precisely: the idea of her, the image I’d painted before knowing her properly. I hadn’t expected her to find it. Still less to find it like that — so exposed, so impossible to deny.
On February 13, 2014, I had seen her again. She’d been appearing at the gym for two days. We passed each other and looked, briefly. I had the strange feeling that she wouldn’t have minded if I approached. I didn’t stay to find out. I went to swim and when I came back she was gone.
On the fifteenth I sent her another excerpt from a new story. I thought I was finally managing to write something entirely apart from her. But in the last paragraph something happened that I hadn’t expected even from myself.
What I copied into that message was the opening of Sirius:
February 11, 2014.
Sirius.
How to begin writing about something you carry inside, provoking your own neurons to fabricate a story that no one has ever read...
And two days later I wrote in my diary: “Strange this story where the writer has as much suspense as the reader about what will happen tomorrow. We are all on the same side. Waiting for something to occur.”
That is what happened. Seeing Alaniza again, after months, unlocked Sirius. A story inside a story. A universe born from the gesture of an unknown girl who smiled at me in a gym.
I had seen her briefly again in June of 2014. Then in the studio, November 2015. Then nothing. January 2017: no news, no crossings, no trace. I’ll never know if Alaniza was only a fantasy or a true and genuine falling-in-love. She was very young when I first saw her. I don’t think she was more than twenty.
What came after were two hundred letters. First they were love letters. Then adventures. Then worlds. Then characters. Then the whole work. Sirius, Alan, the other chapters, the architecture of VRT — all of it began there, in an email address that almost never wrote back and that nevertheless acted as the most powerful detonator of my creative life.
That is why Alaniza is not only Alexandra. Alexandra exists — she had a body, an age, a city, a particular way of removing her earphones and a specific smile. Alaniza, on the other hand, is the character who was born of all that and who grew larger than the incident. This isn’t confessional autobiography. It is the exact point at which reality becomes fiction because fiction says the truth better than I was capable of saying it out loud.
At the end of all this there is a simple question with no clear answer.
The email was alaniza13@mail.com. Not Alexandra. Not a known nickname. A construction of hers — something between her name and something else. When I typed it into my phone and read it back, the name had a strange and perfect shape.
Alaniza. From it came everything else. The project. The work. This story I still don’t know how to end.
It started with a girl at a gym who gave me an email address of six letters and a number.
Sometimes that is how the things that matter most begin: with a gesture so small that no one in the moment recognizes it as the start of anything.
This happened on March 10, 2013. Today, December 13, I am in the same place.
A great deal has changed since then. It feels like an eternity since the last time I saw her.
There are dates that become coordinates. March 10 was the first encounter. December 13 was the confirmation. Two points in space that, joined, draw a direction.
Not toward her. Toward myself.
Alaniza was not the destination. She was the starter’s gun.
And everything that came after — Sirius, Alan, Kuyiman, Redes, Ego, And, Áurea — was the race.
I’m still running.
Sirius es una estrella dos veces el tamaño del sol.
Hoy se ha probado que la vida en la tierra pudo tener que ver con un pedazo suyo que chocó con nuestro planeta.
Cómo comenzar a escribir sobre algo que llevas dentro, provocando a tus propias neuronas para que fabriquen una historia única que nadie haya leído jamás.
Lo mismo no he de ir tan lejos.
Pero lo que sí veo necesario es activar el ordenador de abordo para que provoque una de sus explosiones y nos haga a todos viajar y divertirnos, que para eso estamos aquí.
Si alguna vez pudiera comunicarme con un ser de otro planeta, y él se refiriese a nosotros como seres primitivos, básicos, con instinto depredador... Le pararía y le diría que si no es él acaso un puñado de tejidos orgánicos con un chip que solo maneja una parte muy limitada.
Tenemos un cerebro muy desaprovechado. Y esto es una realidad que muchos científicos defienden. Pero yo no creo que lo desaprovechemos. Simplemente tratamos de controlarlo tanto que no es hasta los momentos de relax, cuando no recibe tantas instrucciones nuestras, cuando nos sorprende y nos muestra su gran capacidad creativa; llevándonos de viaje sin destino fijo al mundo interno del que cada uno procedemos.
Bueno. No pretendo guardar más cosas sino sacarlas. Hay un pozo interno de historias y yo solo voy a sacar de momento una. Una muy especial.
Ha ocurrido ahora mismo. Pasó hace mucho tiempo y terminará mañana.
...
Medía dos metros y diez centímetros. El pelo negro hasta los hombros. Una complexión que no parecía diseñada para este mundo sino para otro donde la gravedad fuera algo más generosa.
Cuando entraba en una habitación nadie lo miraba de inmediato —era demasiado obvio mirarlo— pero todos lo sentían. Como si el aire cambiara de textura.
Sus ojos eran naranjas. No el naranja del otoño ni el del atardecer. Un naranja denso, casi mineral, que procesaba la luz de una manera distinta a cualquier ojo humano conocido. Le permitía ver con mayor nitidez, distinguir rangos de color que el ojo humano no alcanza, leer la energía de un espacio antes de que nadie abriera la boca.
Tímido. Quizás la habilidad que de más problemas le había librado. No hablar mucho le permitía escuchar, y escuchar le había convertido, sin pretenderlo, en el refugio de quienes necesitaban airear lo que no podían decir en otro sitio. Acumulaba información confidencial sin proponérselo. No la procesaba. La almacenaba. Como si el cerebro supiera que algún día la necesitaría.
En las mesas largas hablaba poco. Pero cuando alguien terminaba una frase a medias, era a él a quien miraban para ver si había entendido lo importante. Siempre lo había entendido.
Su caos era metódico. Lo que a los demás les parecía imprevisible era, visto desde dentro, el inicio de algo nuevo: una explosión interna que lo sacudía cada vez que empezaba un proceso al que todavía no podía ponerle nombre.
Eso encajaba mejor con cómo Sirius se tomaba la vida.
...
La llamaban kuyimen. Él la llevaba consigo desde que la encontró, sin saber exactamente por qué ni exactamente cómo había llegado a sus manos.
Guardada en una caja de plomo de paredes gruesas permanecía inerte. En contacto con el aire —en contacto con el oxígeno— empezaba a respirar. Literalmente. Se expandía, creaba una atmósfera a su alrededor, absorbía la energía del entorno como si tuviera hambre de ella. Cuando la abría, despedía una luz muy intensa, un arcoíris. Sus ondas dibujaban a su alrededor pequeñas esculturas aéreas que bien podrían interpretarse como el nivel de carga, la estabilidad. Cuanto más tiempo pasaba fuera del sellado térmico de la caja de plomo, el oxígeno que la rodeaba se transformaba poco a poco en bruma, formando un manto a su alrededor como la atmósfera de un planeta en miniatura.
Para los demás era simplemente una piedra traslúcida tallada como un diamante. Muy bella. Con un atractivo fuera de lo común. Cuanto más se contemplaba, más fascinación generaba — aunque nadie supiera exactamente por qué.
Nadie debía tocarla con las manos. Eso lo había aprendido sin manuales. De haberlo hecho habría perdido la movilidad de la mano, seguido de pérdida de sensibilidad en todo el brazo, acabando con su vida en pocas horas.
Kuyimen: la leyenda más antigua. Eso es lo que significa el nombre.
La primera vez que la había abierto no supo qué iba a pasar. Recordaba que ya entonces sentía la mano derecha más despierta que el resto del cuerpo, como si la piel supiera antes que él que dentro de la caja había algo que no debía abrirse. No era miedo exactamente. El miedo empuja hacia atrás. Esto no. Esto inclinaba. Lo acercaba. Como cuando uno se asoma demasiado al borde de un lugar alto y descubre que lo que le atrae no es la caída, sino la forma del vacío.
No era la única. Había localizado tres piedras. Esta era la más grande y la menos poderosa. El tamaño no importaba —eran pequeños astros formados en otra escala. Era difícil detectarlas: atravesaban el planeta provenientes de dimensiones cruzadas y las posibilidades de encontrarte con ellas eran ínfimas.
Él todavía no sabía para qué servían exactamente. Solo sabía que esta era suya. Que siempre había sido suya. Y que, de algún modo que no terminaba de comprender, lo estaba llevando a algún sitio.
¡Arranca! —Su voz estaba alterada.
¿Adónde vamos, señor?
¿No te acuerdas? Me esperan para comer en el Fugu Fukuji, en el distrito de Ginza.
Había perdido la cuenta de cuántas veces había viajado a Tokio en los últimos siete años. Siempre contrataba con la misma compañía de choferes.
La primera vez, al entrar en la agencia, Yûki se equivocó en japonés. Sirius tardó menos de un segundo en entender que el error les había abierto una puerta en lugar de un problema. Sonrió, estrechó su mano y aceptó ser francés durante los siguientes tres minutos. Yûki decidió hablarle en su idioma. Sirius lo agradeció: no hablaba muy bien el francés pero sí algo mejor que el japonés, y en este como en tantos otros establecimientos en Tokio era difícil encontrar a quien hablase inglés.
Muy expresivos y protocolarios, todos los camareros del Fugu Fukuji le daban la bienvenida efusivamente. Le acompañaron al reservado del señor Oshima.
—Konnichiwa, Sirius Sama, mi gran amigo. —Tras la reverencia le tendió su mano.
—Konnichiwa, Oshima San, siempre es un honor verle. —Intentó seguir las normas de conducta olvidando una vez más cerrar las piernas e inclinarse algo más que su anfitrión.
¿Lo has traído?
El señor Oshima nunca se andaba con rodeos. En esta ocasión no era para menos.
Aquí la tienes.
Sacó del bolsillo de la chaqueta la caja de plomo, la abrió con sumo cuidado y la depositó sobre la mesa. El señor Oshima se abalanzó sobre la piedra y estuvo a punto de tocarla pero se contuvo a tiempo. De haberlo hecho habría perdido la movilidad de la mano.
—Por favor, cierra la caja. ¿Cuántas tienes?
—Esta es la única. —Mentía. Siempre mentía en eso.
¿Cuál es su precio?
—Ya lo hemos hablado. No estoy aquí con la intención de venderla. Solo quiero saber más de ella. Deseo contratar los servicios de sus laboratorios para analizarla en detalle. Sé que son los mejores y cuentan con lo más avanzado en tecnología mineralúrgica. Todo esto, claro está, será siempre información restringida y deberán destruir todas las pruebas de su existencia una vez terminen su trabajo. Yo deberé estar en todo momento presente y la piedra nunca podrá estar a más de tres metros separada de mí.
—Es consciente de que si es cierto lo que cuenta de ella, me está pidiendo que guarde el secreto de lo que quizás sea uno de los mayores descubrimientos de la historia del ser humano.
¿Pueden hacerlo?
—Por supuesto, estamos habituados a trabajar de este modo. —Sus palabras trataban de transmitir la mayor confianza posible. Pero no pudo evitar mirar fugazmente hacia su izquierda cuando las pronunciaba.
Sirius registró el gesto. Oshima había improvisado demasiado deprisa.
El señor Oshima no era solamente dueño de los laboratorios Navahashi. Poseía varias instalaciones nucleares y, lo que no mucha gente conocía, era uno de los miembros más honorables y respetados de la Yakuza. Pertenecía al clan Navahashitoru.
No dijeron una sola palabra mientras degustaban el Fugu sashi, cortado tan fino que el dibujo del plato podía verse a través de la carne. El fugu —pez globo— es mortalmente venenoso si se prepara incorrectamente. Algo que siempre ponía nervioso a Sirius, pero era uno de los platos más célebres de la cocina japonesa, habitual en comidas importantes de negocios. Hablar distraía la atención del sabor y solo de ese modo el disfrute era perfecto.
Al terminar sirvieron Honjozo-shu, frío. Alzaron el masu, desbordante de licor, un símbolo de generosidad y riqueza.
—Kanpai.
—Kanpai.
Habían llegado a un acuerdo. Trabajarían juntos para investigar qué era realmente el kuyimen.
—Sirius, te presento a la doctora Yoriko Yamazaki. Es la directora del centro y quien personalmente se va a ocupar de la investigación.
Se llevaron bien desde el primer momento. O más exactamente: Yoriko no perdió ni un segundo.
¿Puedo verla? —Se saltó la presentación y fue directa al asunto.
—Aquí la tienes. Permíteme que abra yo la caja, tiene un sellado térmico que dificulta...
No pudo terminar la frase. Yoriko había cogido la caja, la abrió y extrajo la piedra con unas pinzas. Acto seguido la introdujo en una cámara de vacío conectada a varios sensores de control.
Pudieron ver las primeras imágenes en el monitor.
—No rayos gamma ni ningún otro tipo de radiación peligrosa. Es estable. —En la pantalla iban saliendo más datos técnicos: peso, densidad, dureza—. Dejaremos que el escáner siga haciendo su trabajo durante una hora. ¿Un café, señor?
No pudo decir que no. Con Yoriko todo tenía un sentido práctico. Imaginó que la idea del café sería para que le contara más detalles de primera mano y, de paso, rompiera el acuerdo de permanecer siempre a un máximo de tres metros de la piedra. Demostrando una vez más que ella tenía el control de su laboratorio.
No era muy glamuroso el sitio. Una máquina de vending al otro lado del pasillo. Sentados en un taburete y apoyados en una mesa alta, con cierta privacidad.
—No me lo creo. Alguien sin ningún conocimiento de mineralogía, sin entrenamiento en la localización de gemas. ¿Cómo ha podido dar con algo tan peligroso?
—Tengo mis recursos.
—Vale, no quiere contármelo. Si hubiera tocado la piedra con sus manos al encontrarla, ahora estaría muerto. No es material radiactivo pero se comporta como tal y es imposible detectarlo a simple vista. ¿Cuál es su secreto?
—¿Se ha fijado en el color de mis ojos?
—Naranja, muy bonitos por cierto. No estará tratando de ligar conmigo, se equivocaría.
Sirius sonrió. —No lo pretendo. Aparte de un color exclusivo, me permiten distinguir ondas de color que incluso con material de laboratorio avanzado tendrían dificultades en detectar.
—¿Visión espectrográfica? Había leído sobre ello, se da en algunos animales. ¿Qué puede ver exactamente?
—Su estado de ánimo. Si se siente a gusto con alguien, por ejemplo.
Se sonrojó.
—Cuando estábamos en el laboratorio y hablaba con el señor Oshima he notado que no le miraba. Su aura tenía una dominante azulada, un tono oscuro. Ahora es anaranjada, clara. Percibo que confía en mí y por eso se lo cuento.
—¿Es capaz de distinguir el aura micromática que emitimos? ¿Existe? Pensé que los estudios que hablaban de ello eran pura teoría. ¿Cómo? —Por primera vez mostraba sorpresa y no la ocultaba.
—Por qué y cómo no lo sé. Solo la veo, la siento. Mis ojos me permiten ver, mis emociones percibirlo. Recibo mucha información del entorno con detalle. No solo de los seres vivos. Todo transmite energía en mayor o menor cantidad. Al igual que las ondas del sonido se propagan golpeando partículas entre sí abriéndose camino en el espacio tridimensional, ocurre lo mismo con la energía que todo cuerpo emite. Veo por donde se propaga, dónde empieza y acaba. Pero sobre todo dónde se concentra.
—De ahí que encontrara la piedra. —Yoriko procesaba rápido—. Es una especie de condensador de flujos de energía y por eso es tan potente.
—No solo atrapa la energía y la concentra. La intercambia. Todo lo que absorbe cambia cuando lo devuelve. No solo el color —la intensidad, la manera en la que se propaga. El kuyimen devuelve siempre todo lo que atrapa, pero lo transforma en otra cosa.
—Increíble.
—En la caja de plomo, al estar sellada, no reacciona. Permanece estable. Su carga es cero, ni tiene ni emite nada. Cuando entra en contacto con la atmósfera comienza el intercambio. Pero si pasa demasiado tiempo expuesta al oxígeno...
Se quedó callado. No dijo la última parte. Era bueno callando cosas. Era uno de sus defectos más costosos.
[Pequeñas válvulas de escape entre mundos paralelos permiten que la energía se nivele y puedan coexistir.]
No tenía claro por qué confiaba en ella sin conocerla. Era una información que nunca antes había compartido con nadie. Suficiente era tener que aguantar la insistencia de médicos convenciéndole para hacerse pruebas, como para añadir otras cualidades.
Pero el aura de Yoriko era anaranjada. Y eso, para Sirius, lo decía todo.
...
Aquella noche, después de que todos se fueran, Yoriko se quedó sola frente a la cámara de vacío. No miró la piedra. Miró los datos. Volvió a mirarlos. Después apagó una de las pantallas, no porque dudara del resultado, sino porque sabía reconocer el momento exacto en que seguir midiendo algo ya no era investigar, sino empezar a obedecerlo.
—¡4.375 miles de millones de años! —Gritó desde su rincón de la sala.
Todos miraron hacia John Val, sorprendidos. Veinte años, geoquímico autodidacta, incapaz de seguir un protocolo pero capaz de inventar uno nuevo cada semana. Yuriko le toleraba porque sus resultados eran extraordinarios. Sirius le observaba con la distancia afectuosa que reservaba para todo lo que le resultaba impredecible.
La técnica que había desarrollado —una versión propia e irregular de la tomografía de sonda atómica— mapeaba la distribución elemental de la muestra a resolución atómica. No era el método estándar. Era una improvisación extrema que él mismo había construido pieza a pieza. Era una locura metodológica. Funcionaba.
—¡Según mis cálculos estamos ante una de las edades más antiguas jamás registradas en material terrestre! ¡Una anomalía radical! ¡No tiene explicación geológica posible en este yacimiento! —John daba saltos de alegría.
Todos en el laboratorio estaban muy contentos. Había champagne. Había risas. Rodeaban la mesa de John para que les explicara cómo lo había conseguido. Era el héroe del día, le encantaba ser el centro de atención.
Sirius no sonreía. Sentado en una mesa en una esquina, escribía notas en un cuaderno.
—¿No le alegra que hayamos datado el kuyimen? —Yuriko se le había acercado con una copa—. Brinde con nosotros, no sea tan separatista.
—Está bien, alcemos esa copa. —Subió el tono de voz—. ¡Por todos, estáis realizando un magnífico trabajo! ¡Por John! ¡Kanpai!
—Me preocupa que quiera trabajar con la piedra fuera de la cámara de vacío. —Le dijo a Yuriko en voz baja—. ¿Está segura de que es totalmente necesario?
No obtuvo respuesta.
Sirius volvió a su esquina. Abrió el cuaderno. Estuvo un rato sin escribir nada.
Tokio siempre le producía la impresión de estar llegando a un sitio donde todo el mundo sabía algo que él todavía no había aprendido a preguntar. Le tranquilizaba y le tensaba al mismo tiempo. El orden de los gestos, la cortesía, la limpieza, la manera en que el silencio allí no significaba ausencia sino control. Pensó que quizá por eso había traído la piedra hasta allí: porque en ningún otro lugar del mundo le parecía más posible que alguien la mirara sin tocarla.
Dos meses de investigación habían confirmado lo que ya intuía. Kuyimen significa la leyenda más antigua. La piedra era real. Y era mucho más vieja que la humanidad.
Oshima celebraba los aniversarios del KenkyūLab en su mansión de Kamakura. Ese año se cumplían veinte. Yoriko y Sirius habían preparado el discurso inaugural juntos. La fiesta fue como siempre: perfecta en protocolo, discreta en emociones, ruidosa solo en los márgenes donde el sake hacía su trabajo.
La noche antes del evento, Sirius revisó la caja de plomo. Comprobó los cierres. Comprobó que seguía sellada.
Algo en la piedra estaba diferente. No sabría explicarlo. Una resonancia que sus ojos percibían como un leve cambio en el espectro. Como si la piedra llevara semanas hambreándose dentro de su prisión de plomo y hubiera empezado a cambiar de naturaleza.
Anotó la observación en su cuaderno. Y por un instante, mientras escribía, tuvo la certeza física de que algo ya había empezado a ocurrir y él llegaba tarde a su propio presente. No fue una idea. Fue el cuerpo. El aire pesó distinto. La luz dejó de caer con normalidad sobre los bordes de las cosas. Quiso escribir ahora en el cuaderno para marcar el instante exacto. Pero esa palabra —ahora— ya no señalaba el mismo sitio que un segundo antes.
Cerró el cuaderno. No dijo nada.
No hubo aviso.
La caja de plomo llevaba demasiadas horas fuera de la cámara de vacío. El oxígeno había entrado. Poco. Lo suficiente.
La expansión fue instantánea. Un estallido de energía que no era calor ni luz exactamente, sino algo que todavía no tiene nombre en ninguna lengua conocida. Las paredes del KenkyūLab desaparecieron. El suelo desapareció. Tokio desapareció.
El viaje no fue en ninguna dirección reconocible. No fue un viaje. Fue una elisión: un instante que dejó de ser un lugar y se convirtió en otro. Como si alguien hubiera cortado el hilo de una escena y cosido el extremo a otro rollo completamente distinto.
...
Buenos días, Sirius. —Le despertó una voz.
Tenía un dolor de cabeza horrible. Estaba tumbado en una cama con un pie en alto, parecía escayolado. Su cabeza estaba vendada, sentía un dolor agudo en el estómago.
—Relájate. Llevas tres días inconsciente desde la operación. He de reconocer que nunca había cuidado de nadie que se recuperara tan rápido de un accidente tan grave.
¿Accidente? —No recordaba nada—. ¿Dónde estoy?
Al girarse sintió una punzada en la espalda, volvió a quedarse dormido.
Cuando despertó era de noche. No había nadie en la habitación. No le dolía nada pero se sentía muy débil. Quiso llamar a alguien, pero su voz era sorda.
No recordaba haber tenido ningún accidente. Un sudor frío recorrió su espalda cuando fue consciente de que no guardaba ninguna imagen de su pasado reciente. Sí sabía quién era, su nombre, que se encontraba en Tokio por negocios. Pero era incapaz de acordarse de los detalles.
Su vista se fue aclarando poco a poco y lo primero que alcanzó a distinguir fue un cartel en la pared: Hospital Dr. Ramón Carrillo. Estaba escrito en español. Pudo leerlo y entenderlo.
¿Desde cuándo sabía hablar español?
Miró su mano izquierda. Llevaba una alianza. Imposible, pensó. ¡No estaba casado!
Y si lo estaba, ¿por qué no había ningún familiar con él?
...
Sintió como alguien le abrazaba. Percibía el olor de un perfume, el calor agradable y relajante de un cuerpo que le tranquilizaba como nada nunca antes lo había hecho. No sabía quién era, pero no quería que se apartara. Jamás había sentido tanta calma y alegría al mismo tiempo.
Cuando pudo abrir los ojos, en el lateral de la cama había una mujer increíblemente bella que le miraba fijamente y le dedicaba la sonrisa más bonita que había visto en toda su vida.
Despedía un aura de paz que envolvía el ambiente. Sus movimientos eran suaves y delicados. Se fijó en la manera tan tierna con la que tenía sujeta su mano, y la postura tan elegante que describía su espalda. Pura armonía. Su pelo largo y lacio caía hacia un lado marcando un trazo limpio y firme que dibujaba su cuerpo.
—¿Cómo te encuentras? —Dijo su voz, acorde en dulzura a lo sentido hasta ese momento.
Sirius trató de responder pero no le salían las palabras. Esta vez no eran los sedantes. Su presencia le paralizaba.
—Es normal que te encuentres débil. Pronto te quitarán los calmantes. Te estás recuperando rápidamente.
—¿Qué ha ocurrido? —Estaba horrorizado al contemplar por primera vez las mutilaciones que había sufrido su cuerpo.
—Confiábamos en que tú nos lo dijeras. —Respondió ella, nerviosa, enfadada y preocupada mientras hablaba—. Cuando la policía te encontró en la plaza te trajo al hospital inconsciente, nadie sabía qué había ocurrido. No había señales de violencia por ningún lado. Sólo encontraron, junto a tu mano, una caja de plomo que no hemos conseguido abrir. Han sido seis meses fuera de casa sin saber nada de ti hasta que apareces en este estado. —Una lágrima resbalaba por su cara esquivando el lunar de su mejilla. Miró para otro lado.
Sirius contemplaba ensimismado cada gesto, cada movimiento. No se explicaba cómo podía ser tan afortunado de estar con una mujer tan impresionante y no recordar nada de ella. No la conocía. Era una completa desconocida de la que estaba profundamente enamorado más allá del físico, algo suficiente para quitarle el hipo a cualquiera.
—Por favor, no sigas. Sabes que me pongo muy nerviosa cuando me observas de ese modo. —Hablaba mientras se sonrojaba, una sonrisa se le escapaba.
Alaniza era muy vergonzosa. Pero más allá de su timidez, los ojos tan especiales de Sirius provocaban ese efecto en muchas personas.
Su nombre era Alaniza. Su mujer. Llevaban seis años casados. Tenía una alianza en el dedo que él no reconocía pero que sentía como propia. Algo en él la amaba antes de que su mente pudiera ponerse al día. El corazón va más rápido que la memoria en algunos casos.
...
Un escalofrío recorrió su cuerpo. De pie junto al espejo del baño pudo presenciar el púrpura de sus ojos. No podía dejar de mirarse, acercándose como si de ese modo accediera a alguna explicación que resolviera lo ocurrido. ¿Cómo ha podido cambiar el color?
Se acordó de la caja de plomo. Salió del baño y le preguntó a Alaniza por ella.
—Está en la mesilla. ¿Qué es?
—No lo recuerdo. —Salió por la tangente.
Se la llevó con él al baño y cerró la puerta. La abrió. Allí estaba. Mismo tamaño, misma luz, el colorido, comenzaba de nuevo a crearse la atmósfera reaccionando con el oxígeno. La cerró de inmediato. Fue entonces cuando recordó parte de lo ocurrido: en el laboratorio había estado expuesta durante horas al oxígeno. Observó cómo crecía, algo que los demás no apreciaban. Llegando un momento en el que se contrajo para expandirse con tanta fuerza que todo estalló en pedazos.
Había viajado con la piedra a otro lugar. Desde Japón hasta Argentina. ¿Cómo era posible?
Seguía teniendo la caja. Según la abrió volvió a reaccionar, esta vez todo sucedía más rápido. Apenas pasaron unos segundos cuando empezó a desestabilizarse. Trató de cerrar la caja para pararlo. Tarde. Ya había comenzado la expansión. Sellándola solo consiguió cortarla. La caja salió disparada junto a una honda expansiva que le atravesó dañando seriamente todo su cuerpo.
Toc, toc. Alaniza llamó a la puerta.
—¿Estás bien? Llevas ahí dentro una hora.
—Sí, ahora salgo, no te preocupes.
Una semana más tarde le dieron el alta.
¿Seguimos sin saber nada de Sirius? —Yûki estaba muy preocupado. Habían pasado dos meses desde su desaparición.
—Nada. La última pista nos condujo a un almacén en Asakusa, pero si en algún momento estuvo allí, limpiaron todo con sumo cuidado.
El señor Oshima y Yûki habían tratado de encontrarle sin fortuna. Le vieron salir del laboratorio cuando éste explosionó. Parecía ileso. Desde el coche Yûki pudo contemplar cómo ayudaba a sentarse en un bordillo a una de las doctoras. Le perdió de vista cuando un enfermero de la kyuukyuusha se le acercó. No era para menos: parte de la fachada había caído sobre el capó del coche y este parecía una compresa.
La doctora Yoriko Yamazaki había sido dada por muerta. Hubiera sido una magnífica opción para averiguar qué ocurrió. Desapareció el mismo día que Sirius.
...
Las pistas les llevaron a Buenos Aires, a un anticuario del barrio de Flores. Entre trastos olvidados —lámparas, alfombras, jarrones polvorientos— había una caja de plomo negro.
¿Plomo?
La curiosidad les llevó a cogerla. Trataron de abrirla pero no pudieron. Era igual a la que llevaba encima Sirius. Mostraron la caja, enseñaron el monedero en señal de querer comprarla.
Evelia negó con la cabeza mientras su gesto trataba de advertirles que era basura. Insistieron. Finalmente accedió. Dejaron un mensaje escrito en japonés para Mirella Pefaure: habían encontrado lo que buscaban. Dejaron el nombre del hotel y un número de teléfono.
...
Mirella era una joven de veintidós años que ayudaba a sus tíos a vender los cacharros del anticuario por internet. Para un japonés su nombre sonaba varonil.
Cuando fue a visitarles al hotel, Yûki quedó hechizado al momento por sus encantos. Mirella era una persona muy sencilla, natural, muy expresiva. Amante del universo manga y de la cultura japonesa. Entendía y hablaba un poco el idioma.
—¿Qué hay en la caja que les ha hecho viajar desde tan lejos?
—Finalmente nada. Pensábamos que contendría una piedra sin mucho valor que pertenecía a alguien muy importante para nosotros.
—¿Cómo han conseguido abrirla? Desde el día que mi tío la encontró, oculta en el bolsillo de una chaqueta, me atrajo de una manera que pocos trastos de la tienda habían conseguido. Debía ser de alguien muy alto, solo la manga medía más de un metro.
—¿Tienes todavía esa chaqueta?
—Se vendió como todo lo que tenemos. La compró una enfermera. Estaba de paso, conocía a alguien muy alto al que le sentaría de maravilla. Comentó que era de Bariloche, es temporada de esquí y tienen muchas más visitas en el hospital donde trabaja.
Pusieron rumbo a Bariloche. Mirella insistió en el ómnibus: diecinueve horas de carretera patagónica. Oshima, contra toda lógica, aceptó. En algún punto del camino pararon a comer. Mirella eligió por los tres. Yûki la miraba con un descaro que ya no disimulaba. Oshima los observaba a ambos con la distancia afectuosa que reservaba para las cosas que no podía controlar.
—¿Cómo puede alguien tan angelical vivir de esa manera? —Preguntó Takagi.
—Mis tíos no me explotan. Solo me necesitan. Son descuidados, poco sociables, pero me acogieron cuando asesinaron a mis padres y son lo único que tengo. Si les conocierais bien veríais que son bellísimas personas. —Hizo una breve pausa—. En el barrio donde vivimos la vida no es fácil. La tienda tiene que pagar los impuestos que imponen los narcos. Eso no nos deja mucho dinero. Aun así somos felices.
—¿Alguna vez has pensado emprender tu propio camino fuera del barrio? Tienes aptitudes. Sabes idiomas, te defiendes bien en internet. Podrías venir con nosotros a Japón cuando encontremos a nuestro amigo.
Mirella se quedó sin palabras. ¿Por qué unos desconocidos, por muy bien que lo estuvieran pasando, iban a hacer algo así por ella? Era tentador. Un sueño.
¡Japón. ¿Cómo? ¿Ella en Japón?
Fue al baño. Tardó más de lo normal en volver. No estaba decidiendo si se fiaba de ellos. Estaba intentando imaginar, por primera vez sin culpa, una versión de sí misma que no regresara esa noche al barrio.
No dijo que sí enseguida. Pero tampoco dijo que no.
Lo que ninguno de ellos sabía todavía era que Mirella Pefaure y Sirius ya se conocían. Hacía exactamente ocho años. En una pizzería de Palo Alto. Cuando ella tenía catorce y él dieciséis.
La pizzería olía a aceite caliente y a victoria. El equipo celebraba en voz alta. Sirius comía en silencio en un extremo de la mesa. Había marcado treinta y dos puntos. Eso le importaba menos que el plato de delante.
—Soy Alan. —Su hermano mayor alargó la mano desde la silla de al lado sin obtener respuesta.
[Alan, el hermano. Sociable donde Sirius era reservado. Capaz de ganarse a cualquiera en diez minutos. Había conseguido el puesto de coach assistant sin saber casi nada de baloncesto.]
Mirella entró con las cheerleaders del equipo visitante. Se había dado un golpe en la cancha en el segundo tiempo. Sirius había salido a ayudarla. No porque la conociera. Porque debía hacerlo.
—¿De dónde eres? Nunca había visto unos ojos tan originales.
—Tampoco son muy habituales los tuyos. —Sirius se sonrojó.
Alan observaba desde dos sillas de distancia con la sonrisa de quien lleva años siendo el único testigo de cuándo algo de verdad afecta a su hermano.
Cuando Matt irrumpió y tiró del brazo de Mirella, Alan interpuso el cuerpo. Sirius no necesitó más: un tirón en la beisbolera, un pie en el sitio exacto. Matt cayó, se levantó, acabó brindando con ellos sin entender del todo cómo.
No se volvieron a ver hasta Bariloche. Ocho años después. Mirella con la caja de plomo del kuyimen en sus manos y Sirius sin recordar nada.
Cuando Sirius apareció en Bariloche gravemente herido, fue Alaniza quien llamó a Alan. No había otra opción. Él envió a su mejor médica, Ana, que llegó fingiendo ser enfermera.
Habían dejado de hablarse por sus trabajos. Los laboratorios de Alan cruzaban líneas que Sirius no podía ignorar. Pero en ese hospital, con Sirius inmovilizado y sin memoria reciente, Alan era la única persona que podía entender lo que había ocurrido. Sirius era la única a quien Alan escuchaba sin interrumpir.
La doctora Yoriko Yamazaki también había aparecido. Dada por muerta en Tokio, trabajaba ahora en ese mismo hospital sin explicación conocida. Sirius la había reconocido al cruzarse en el pasillo. Ella no le reconoció a él.
Ana analizó su sangre durante semanas. Luego viajó a Londres.
En Londres, Ana y Alan se vieron por última vez en un café junto a la estación. Ella llegó empapada. Él le compró una sudadera verde con una sirena porque era lo único que vendían.
Le contó lo que había encontrado en la sangre de Sirius. Alan escuchó en silencio — cosa rara en él. Luego se fueron a una demostración que tenía preparada para el ejército británico. Algo que había desarrollado durante años y que esa tarde salió mal.
Las muestras habían desaparecido. Alguien saboteó la prueba.
Alan murió calcinado.
A miles de kilómetros de distancia, Sirius cerró los ojos. Sintió algo que no supo nombrar. Como si una parte de él dejara de existir.
Cuando abrió los ojos, Alaniza estaba a su lado.
—Llaman de la embajada británica.
—Ya sé.
Dos días después aterrizaban en Londres.
En Bariloche, en el mismo hospital donde había despertado meses atrás, Sirius vio a alguien cruzar el pasillo. Una figura conocida. Un paso conocido.
—¿Yoriko? ¿Doctora Yoriko Yamazaki?
Ella se detuvo. Lo miró con la cara de quien estudia a un desconocido.
—Disculpe. ¿Le conozco?
Sirius se quedó inmóvil. La conocía. La había conocido durante meses. Habían trabajado juntos, cenado juntos, brindado con champagne barato en un laboratorio de Tokio. Y ella no lo reconocía.
—Sirius. Nos introdujo el señor Oshima en los laboratorios.
Ella lo miró detenidamente. Buscó algo en su memoria y no encontró nada.
—Lo recordaría.
Otro salto. Se había producido sin que él lo notara. Sin explosión esta vez, sin caja de plomo abierta. Simplemente había ocurrido. El hilo cortado. El rollo cambiado. Una nueva versión de un mundo donde él ya existía pero donde nadie lo recordaba como debería.
Miró sus propias manos. Los ojos.
Púrpura.
El kuyimen lo estaba llevando a algún sitio. Lo había estado llevando siempre. Todavía no sabía adónde.
En cada salto había una constante. No la piedra. No los ojos. No la altura improbable ni el nombre que nadie pronunciaba igual en dos idiomas distintos.
Alaniza.
Siempre estaba ella. En Bariloche, su mujer. En la llamada que despertó a Alan. En los dibujos de un hombre que no la conocía pero que la recordaba en sueños. En el apellido de un anticuario de San Telmo. En el nombre de una ciudad japonesa que alguien escuchó en sueños y no supo de dónde venía.
El kuyimen no era una roca. Era un mecanismo. Un mecanismo que funcionaba hacia ella.
Sirius todavía no lo entendía. Pero el viaje continuaba. Y ella seguía ahí.
El alma se expande y contrae continuamente. Habita no sólo un cuerpo, se propaga y enraíza en su entorno. Compañeros de viaje, gente cercana y lejana. No entiende el tiempo como nosotros lo percibimos. No es una línea uniforme marcando un inicio y un fin.
Sirius é uma estrela duas vezes o tamanho do sol.
Hoje está provado que a vida na Terra pode ter tido a ver com um pedaço seu que colidiu com nosso planeta.
Como começar a escrever sobre algo que você carrega dentro.
Como provocar seus próprios neurônios para que fabriquem uma história única, uma que ainda não tenha sido lida...
Talvez não seja preciso ir tão longe.
Mas sim ativar o computador de bordo. Provocar uma explosão. Fazer com que todos viajemos um pouco, que saiamos dos nossos eixos.
Há um poço interno de histórias e eu vou tirar uma.
Uma muito especial.
Aconteceu agora mesmo.
Aconteceu há muito tempo.
E terminará amanhã.
...
Media dois metros e dez centímetros. O cabelo negro até os ombros. Uma compleição que não parecia o resultado de um esforço — parecia a proporção natural de alguém que nunca precisou forçar nada.
Quando entrava numa sala ninguém o olhava de imediato — era óbvio demais olhá-lo — mas todos acabavam olhando. Havia algo nele que funcionava como uma frequência que o ambiente ajustava sem perceber: conversas diminuíam de volume, gestos se tornavam mais cuidadosos, a temperatura da sala mudava de textura.
Os olhos eram laranjas. Não o laranja do outono nem o do pôr do sol. Um laranja denso, quase mineral, que processava a luz de um modo diferente de qualquer olho humano conhecido. Permitia ver com maior nitidez, distinguir espectros de cor que o olho humano não alcança, ler a energia de um espaço antes que alguém abrisse a boca.
Tímido. Talvez a habilidade que mais problemas lhe havia poupado. Não falar muito lhe permitia escutar, e escutar o havia convertido, sem pretendê-lo, no refúgio de quem precisava ventilar o que não podia dizer em outro lugar. Acumulava informação confidencial sem se propor a isso. Não a processava. A armazenava.
Nas mesas longas falava pouco. Mas quando alguém terminava uma frase pela metade, era a ele que todos olhavam para ver se havia entendido o importante. Sempre havia entendido.
O seu caos era metódico. O que para os outros parecia imprevisível era, visto por dentro, o início de algo novo: uma explosão interna que o sacudia cada vez que começava um processo ao qual ainda não conseguia dar nome.
...
A chamavam de kuyimen. Ele a carregava consigo desde que a encontrou, sem saber exatamente por quê nem exatamente como havia chegado às suas mãos.
Guardada numa caixa de chumbo de paredes grossas permanecia inerte. Em contato com o ar — em contato com o oxigênio — começava a respirar. Literalmente. Se expandia, criava uma atmosfera ao seu redor, absorvia a energia do entorno como se tivesse fome dela. Quando a abria, desprendia uma luz muito intensa, um arco-íris. Suas ondas desenhavam ao seu redor pequenas esculturas aéreas que bem podiam ser interpretadas como o nível de carga, a estabilidade. Quanto mais tempo passava fora do fechamento térmico da caixa de chumbo, o oxigênio que a rodeava se transformava aos poucos em névoa, formando um manto ao seu redor como a atmosfera de um planeta em miniatura.
Para os outros era simplesmente uma pedra translúcida lapidada como um diamante. Muito bela. Com um atrativo fora do comum. Quanto mais se contemplava, mais fascinação gerava — ainda que ninguém soubesse exatamente por quê.
Ninguém devia tocá-la com as mãos. Isso ele havia aprendido sem manuais. Quem o fazia perdia a mobilidade da mão, seguido de perda de sensibilidade em todo o braço, terminando com a vida em poucas horas.
Kuyimen: a lenda mais antiga. É isso que o nome significa.
A primeira vez que a tinha aberto não sabia o que ia acontecer. Lembrava que já então sentia a mão direita mais desperta que o resto do corpo, como se a pele soubesse antes dele que dentro da caixa havia algo que não devia ser aberto. Não era medo exatamente. O medo empurra para trás. Isso não. Isso inclinava. Aproximava. Como quando alguém se debruça demais na borda de um lugar alto e descobre que o que o atrai não é a queda, mas a forma do vazio.
Não era a única. Havia localizado três pedras. Esta era a maior e a menos poderosa. O tamanho não importava — eram pequenos astros formados em outra escala. Era difícil detectá-las: atravessavam o planeta provenientes de dimensões cruzadas e as possibilidades de encontrá-las eram mínimas.
Ele ainda não sabia para que serviam exatamente. Só sabia que esta era sua. Que sempre havia sido sua. E que, de algum modo que não terminava de compreender, o estava levando a algum lugar.
— Arranca! — A voz estava alterada.
— Para onde vamos, senhor?
— Não se lembra? Me esperam para almoçar no Fugu Fukuji, no distrito de Ginza.
Tinha perdido a conta de quantas vezes tinha viajado a Tóquio nos últimos sete anos. Sempre com a mesma empresa de motoristas.
A primeira vez, ao entrar na agência, Yûki tinha errado em japonês. Sirius demorou menos de um segundo para entender que o erro havia aberto uma porta em vez de um problema. Sorriu, apertou sua mão e aceitou ser francês durante os próximos três minutos. Yûki decidiu falar-lhe em seu idioma. Sirius agradeceu: não falava muito bem o francês, mas sim algo melhor que o japonês, e neste como em tantos outros estabelecimentos em Tóquio era difícil encontrar quem falasse inglês.
Muito expressivos e protocolares, todos os garçons do Fugu Fukuji lhe davam as boas-vindas efusivamente. O acompanharam ao reservado do senhor Oshima.
— Konnichiwa, Sirius Sama, meu grande amigo. — Após a reverência, estendeu a mão.
— Konnichiwa, Oshima San, é sempre uma honra vê-lo. — Tentou seguir as normas de conduta esquecendo mais uma vez de fechar as pernas e se inclinar um pouco mais que o anfitrião.
— Você o trouxe?
O senhor Oshima nunca rodeava o assunto. Desta vez menos ainda.
— Aqui está.
Tirou do bolso do paletó a caixa de chumbo, a abriu com sumo cuidado e a depositou sobre a mesa. O senhor Oshima se lançou sobre a pedra e quase a tocou mas se conteve a tempo. Tê-lo feito teria lhe custado a mobilidade da mão.
— Por favor, feche a caixa. Quantas você tem?
— Esta é a única. — Mentia. Sempre mentia nisso.
— Qual é o preço?
— Já conversamos sobre isso. Não estou aqui com a intenção de vendê-la. Só quero saber mais sobre ela. Desejo contratar os serviços dos seus laboratórios para analisá-la em detalhe. Sei que são os melhores e contam com o mais avançado em tecnologia mineralúrgica. Tudo isso, claro, será sempre informação restrita e deverão destruir todas as provas de sua existência ao terminar o trabalho. Eu devo estar em todo momento presente e a pedra nunca poderá estar a mais de três metros separada de mim.
— É consciente de que, se for verdade o que conta sobre ela, está me pedindo que guarde o segredo do que talvez seja uma das maiores descobertas da história do ser humano.
— Podem fazê-lo?
— Claro, estamos habituados a trabalhar desse modo. — As palavras tentavam transmitir a maior confiança possível. Mas não pôde evitar olhar fugazmente para a esquerda ao pronunciá-las.
Sirius registrou o gesto. Oshima havia improvisado rápido demais.
O senhor Oshima não era apenas dono dos laboratórios Navahashi. Possuía várias instalações nucleares e, o que não muita gente conhecia, era um dos membros mais honoráveis e respeitados da Yakuza. Pertencia ao clã Navahashitoru.
Não disseram uma palavra enquanto degustavam o fugu sashi, cortado tão fino que o desenho do prato podia ser visto através da carne. O fugu — peixe-balão — é mortalmente venenoso se preparado incorretamente. Algo que sempre deixava Sirius nervoso, mas era um dos pratos mais célebres da culinária japonesa, habitual em refeições importantes de negócios. Falar distraía a atenção do sabor e só assim o prazer era perfeito.
Ao terminar serviram honjozo-shu, frio. Ergueram o masu, transbordante de licor, um símbolo de generosidade e riqueza.
— Kanpai.
— Kanpai.
Tinham chegado a um acordo. Trabalhariam juntos para investigar o que era realmente o kuyimen.
— Sirius, apresento-lhe a doutora Yoriko Yamazaki. É a diretora do centro e quem pessoalmente vai se ocupar da investigação.
Se entenderam bem desde o primeiro momento. Ou mais exatamente: Yoriko não perdeu um segundo.
— Posso vê-la? — Pulou a apresentação e foi direto ao assunto.
— Aqui está. Deixe-me abrir a caixa, tem um fechamento térmico que dificulta...
Não pôde terminar a frase. Yoriko havia pegado a caixa, a abriu e extraiu a pedra com uma pinça. Em seguida a introduziu numa câmara de vácuo conectada a vários sensores de controle.
Puderam ver as primeiras imagens no monitor.
— Sem raios gama nem nenhum outro tipo de radiação perigosa. É estável. — Na tela iam saindo mais dados técnicos: peso, densidade, dureza —. Deixaremos o scanner continuar fazendo seu trabalho por uma hora. Um café, senhor?
Não pôde dizer que não. Com Yoriko tudo tinha um sentido prático. Imaginou que a ideia do café seria para que ele contasse mais detalhes de primeira mão e, de passagem, quebrasse o acordo de permanecer sempre a no máximo três metros da pedra. Demonstrando mais uma vez que ela tinha o controle do seu laboratório.
Não era um lugar muito glamuroso. Uma máquina de vending do outro lado do corredor. Sentados num banquinho e apoiados numa mesa alta, com certa privacidade.
— Não acredito. Alguém sem nenhum conhecimento de mineralogia, sem treinamento na localização de pedras preciosas. Como pôde encontrar algo tão perigoso?
— Tenho meus recursos.
— Tudo bem, não quer me contar. Se tivesse tocado a pedra com as mãos ao encontrá-la, agora estaria morto. Não é material radioativo mas se comporta como tal e é impossível detectá-lo a olho nu. Qual é o seu segredo?
— Reparou na cor dos meus olhos?
— Laranja, muito bonitos aliás. Não estará tentando me paquerar, estaria enganado.
Sirius sorriu. — Não é essa a intenção. Além de uma cor exclusiva, permitem-me distinguir ondas de cor que mesmo com material de laboratório avançado teriam dificuldade em detectar.
— Visão espectrográfica? Já li sobre isso, ocorre em alguns animais. O que consegue ver exatamente?
— Seu estado de ânimo. Se se sente à vontade com alguém, por exemplo.
Ela corou.
— Quando estávamos no laboratório e falava com o senhor Oshima notei que não o olhava. Sua aura tinha uma dominante azulada, um tom escuro. Agora é alaranjada, clara. Percebo que confia em mim e por isso lhe conto.
— Consegue distinguir a aura micromática que emitimos? Existe? Pensei que os estudos que falavam sobre isso fossem pura teoria. Como? — Pela primeira vez mostrava surpresa e não a escondia.
— Por quê e como não sei. Só a vejo, a sinto. Meus olhos me permitem ver, minhas emoções percebê-la. Recebo muita informação do entorno com detalhe. Não só dos seres vivos. Tudo transmite energia em maior ou menor quantidade. Assim como as ondas do som se propagam golpeando partículas entre si abrindo caminho no espaço tridimensional, ocorre o mesmo com a energia que todo corpo emite. Vejo por onde se propaga, onde começa e acaba. Mas sobretudo onde se concentra.
— Daí que encontrou a pedra. — Yoriko processava rápido —. É uma espécie de condensador de fluxos de energia e por isso é tão potente.
— Não só captura a energia e a concentra. A troca. Tudo o que absorve muda quando o devolve. Não só a cor — a intensidade, o modo como se propaga. O kuyimen devolve sempre tudo o que captura, mas o transforma em outra coisa.
— Incrível.
— Na caixa de chumbo, por estar fechada, não reage. Permanece estável. Sua carga é zero, nem tem nem emite nada. Quando entra em contato com a atmosfera começa a troca. Mas se passa tempo demais exposta ao oxigênio...
Ficou em silêncio. Não disse a última parte. Era bom calando coisas. Era um dos seus defeitos mais custosos.
[Pequenas válvulas de escape entre mundos paralelos permitem que a energia se nivele e possam coexistir.]
Não tinha claro por que confiava nela sem conhecê-la. Era uma informação que nunca havia compartilhado com ninguém. Suficiente era ter que aguentar a insistência de médicos tentando convencê-lo a fazer exames, para ainda acrescentar outras qualidades.
Mas a aura de Yoriko era alaranjada. E isso, para Sirius, dizia tudo.
...
Naquela noite, depois que todos foram embora, Yoriko ficou sozinha diante da câmara de vácuo. Não olhou a pedra. Olhou os dados. Voltou a olhá-los. Depois apagou uma das telas, não porque duvidasse do resultado, mas porque sabia reconhecer o momento exato em que continuar medindo algo já não era investigar, mas começar a obedecê-lo.
— 4.375 bilhões de anos! — Gritou do seu canto da sala.
Todos olharam para John Val, surpresos. Vinte anos, geoquímico autodidata, incapaz de seguir um protocolo mas capaz de inventar um novo a cada semana. Yoriko o tolerava porque seus resultados eram extraordinários. Sirius o observava com a distância afetuosa que reservava para tudo o que lhe parecia imprevisível.
A técnica que havia desenvolvido — uma versão própria e irregular da tomografia de sonda atômica — mapeava a distribuição elemental da amostra em resolução atômica. Não era o método padrão. Era uma improvisação extrema que ele mesmo havia construído peça por peça. Era uma loucura metodológica. Funcionava.
— Segundo meus cálculos estamos diante de uma das idades mais antigas já registradas em material terrestre! Uma anomalia radical! Não tem explicação geológica possível neste depósito! — John dava saltos de alegria.
Todos no laboratório estavam muito contentes. Havia champanhe. Havia risos. Rodeavam a mesa de John para que ele explicasse como havia conseguido. Era o herói do dia, adorava ser o centro das atenções.
Sirius não sorria. Sentado numa mesa num canto, escrevia notas num caderno.
— Não lhe alegra que tenhamos datado o kuyimen? — Yoriko se aproximou com uma taça —. Brinde conosco, não seja tão separatista.
— Está bem, ergamos essa taça. — Elevou o tom de voz —. Por todos, estão realizando um magnífico trabalho! Por John! Kanpai!
— Me preocupa que queira trabalhar com a pedra fora da câmara de vácuo. — Disse a Yoriko em voz baixa —. Tem certeza de que é totalmente necessário?
Não obteve resposta.
Sirius voltou ao seu canto. Abriu o caderno. Ficou um tempo sem escrever nada.
Tóquio sempre lhe produzia a impressão de estar chegando a um lugar onde todos sabiam algo que ele ainda não havia aprendido a perguntar. O tranquilizava e o tensionava ao mesmo tempo. A ordem dos gestos, a cortesia, a limpeza, o modo como o silêncio ali não significava ausência mas controle. Pensou que talvez por isso tivesse trazido a pedra até ali: porque em nenhum outro lugar do mundo lhe parecia mais possível que alguém a olhasse sem tocá-la.
Dois meses de investigação haviam confirmado o que já intuía. Kuyimen significa a lenda mais antiga. A pedra era real. E era muito mais velha que a humanidade.
Oshima celebrava os aniversários do KenkyūLab em sua mansão de Kamakura. Aquele ano completavam vinte. Yoriko e Sirius haviam preparado o discurso inaugural juntos. A festa foi como sempre: perfeita em protocolo, discreta em emoções, barulhenta apenas nas margens onde o saquê fazia seu trabalho.
A noite antes do evento, Sirius verificou a caixa de chumbo. Conferiu as fechaduras. Conferiu que continuava fechada.
Algo na pedra estava diferente. Não saberia explicar. Uma ressonância que seus olhos percebiam como uma leve mudança no espectro. Como se a pedra levasse semanas se esfomeando dentro de sua prisão de chumbo e tivesse começado a mudar de natureza.
Anotou a observação no caderno. E por um instante, enquanto escrevia, teve a certeza física de que algo já havia começado a acontecer e ele chegava tarde ao seu próprio presente. Não foi uma ideia. Foi o corpo. O ar pesou diferente. A luz deixou de cair com normalidade sobre as bordas das coisas. Quis escrever agora no caderno para marcar o instante exato. Mas essa palavra — agora — já não apontava para o mesmo lugar que um segundo antes.
Fechou o caderno. Não disse nada.
Antes de apagar a luz teve a impressão, muito breve, de que alguém mais estava vendo o mesmo que ele. Não uma pessoa. Uma frequência. Algo do outro lado de algo. Descartou. Era tarde.
Não houve aviso.
A caixa de chumbo levava horas demais fora da câmara de vácuo. O oxigênio havia entrado. Pouco. O suficiente.
A expansão foi instantânea. Uma detonação de energia que não era calor nem luz exatamente, mas algo que ainda não tem nome em nenhuma língua conhecida. As paredes do KenkyūLab desapareceram. O chão desapareceu. Tóquio desapareceu.
A viagem não foi em nenhuma direção reconhecível. Não foi uma viagem. Foi uma elisão: um instante que deixou de ser um lugar e se converteu em outro. Como se alguém tivesse cortado o fio de uma cena e costurado a ponta num outro rolo completamente diferente.
...
— Bom dia, Sirius. — Uma voz o acordou.
Tinha uma dor de cabeça horrível. Estava deitado numa cama com um pé elevado, parecia engessado. Sua cabeça estava enfaixada, sentia uma dor aguda no estômago.
— Relaxe. Você está três dias inconsciente desde a operação. Devo reconhecer que nunca cuidei de alguém que se recuperasse tão rápido de um acidente tão grave.
— Acidente? — Não lembrava de nada —. Onde estou?
Ao se virar sentiu uma pontada nas costas, voltou a adormecer.
Quando acordou era noite. Não havia ninguém no quarto. Não lhe doía nada mas se sentia muito fraco. Quis chamar alguém, mas sua voz estava surda.
Não lembrava ter tido nenhum acidente. Um suor frio percorreu suas costas quando se deu conta de que não guardava nenhuma imagem de seu passado recente. Sabia quem era, seu nome, que estava em Tóquio a negócios. Mas era incapaz de lembrar os detalhes.
Sua visão foi se clareando aos poucos e a primeira coisa que conseguiu distinguir foi um cartaz na parede: Hospital Dr. Ramón Carrillo. Estava escrito em espanhol. Pôde lê-lo e entendê-lo.
Desde quando sabia falar espanhol?
Olhou sua mão esquerda. Usava uma aliança. Impossível, pensou. Não estava casado!
E se estava, por que não havia nenhum familiar com ele?
...
Sentiu alguém o abraçar. Percebia o cheiro de um perfume, o calor agradável e relaxante de um corpo que o tranquilizava como nada nunca antes havia feito. Não sabia quem era, mas não queria que se afastasse. Nunca havia sentido tanta calma e alegria ao mesmo tempo.
Quando pôde abrir os olhos, ao lado da cama havia uma mulher incrivelmente bela que o olhava fixamente e lhe dedicava o sorriso mais bonito que havia visto em toda sua vida.
Irradiava uma aura de paz que envolvia o ambiente. Seus movimentos eram suaves e delicados. Reparou no modo tão terno com que tinha sua mão, e na postura tão elegante que descrevia suas costas. Pura harmonia. Seu cabelo longo e liso caía para um lado marcando um traço limpo e firme que desenhava seu corpo.
— Como você está? — Disse sua voz, compatível em doçura com tudo o que havia sentido até esse momento.
Sirius tentou responder mas as palavras não saíam. Desta vez não eram os sedativos. A presença dela o paralisava.
— É normal que se sinta fraco. Logo lhe tirarão os calmantes. Está se recuperando rapidamente.
— O que aconteceu? — Estava horrorizado ao contemplar pela primeira vez as mutilações que havia sofrido em seu corpo.
— Confiávamos que você nos dissesse. — Respondeu ela, nervosa, com raiva e preocupada enquanto falava —. Quando a polícia o encontrou na praça o trouxe ao hospital inconsciente, ninguém sabia o que havia acontecido. Não havia sinais de violência em nenhum lugar. Só encontraram, junto à sua mão, uma caixa de chumbo que não conseguimos abrir. Foram seis meses fora de casa sem saber nada de você até aparecer neste estado. — Uma lágrima escorregava pelo rosto dela esquivando a pinta na bochecha. Olhou para o outro lado.
Sirius contemplava absorto cada gesto, cada movimento. Não se explicava como podia ter a sorte de estar com uma mulher tão impressionante e não lembrar nada dela. Não a conhecia. Era uma completa desconhecida da qual estava profundamente apaixonado além do físico, algo suficiente para tirar o fôlego de qualquer um.
— Por favor, não continue. Você sabe que fico muito nervosa quando me observa desse modo. — Falava enquanto corava, um sorriso lhe escapava.
Alaniza era muito tímida. Mas além de sua timidez, os olhos tão especiais de Sirius provocavam esse efeito em muitas pessoas.
Seu nome era Alaniza. Sua mulher. Levavam seis anos casados. Usava uma aliança no dedo que ele não reconhecia mas que sentia como própria. Algo nele a amava antes que sua mente pudesse se atualizar.
...
Um calafrio percorreu seu corpo. De pé diante do espelho do banheiro pôde presenciar o roxo de seus olhos. Não conseguia parar de se olhar, se aproximando como se desse modo acessasse alguma explicação que resolvesse o ocorrido. Como pôde mudar de cor?
Lembrou da caixa de chumbo. Saiu do banheiro e perguntou a Alaniza por ela.
— Está na mesinha. O que é?
— Não lembro. — Desconversou.
Levou-a com ele ao banheiro e fechou a porta. A abriu. Ali estava. Mesmo tamanho, mesma luz, o colorido, começava de novo a criar a atmosfera reagindo com o oxigênio. A fechou de imediato. Foi então que lembrou parte do ocorrido: no laboratório havia ficado exposta durante horas ao oxigênio. Observou como crescia, algo que os demais não apreciavam. Chegando a um momento em que se contraiu para se expandir com tanta força que tudo explodiu em pedaços.
Havia viajado com a pedra a outro lugar. De Tóquio até a Argentina. Como era possível?
Ainda tinha a caixa. Assim que a abriu voltou a reagir, desta vez tudo acontecia mais rápido. Mal passaram alguns segundos quando começou a se desestabilizar. Tentou fechar a caixa para pará-la. Tarde. Já havia começado a expansão. Fechando-a só conseguiu cortá-la. A caixa saiu disparada junto a uma onda expansiva que o atravessou danificando seriamente todo seu corpo.
Toc, toc. Alaniza bateu na porta.
— Você está bem? Está aí dentro há uma hora.
— Sim, já saio, não se preocupe.
Uma semana depois lhe deram alta.
— Continuamos sem saber nada de Sirius? — Yûki estava muito preocupado. Tinham passado dois meses desde seu desaparecimento.
— Nada. A última pista nos levou a um armazém em Asakusa, mas se em algum momento esteve lá, limparam tudo com sumo cuidado.
O senhor Oshima e Yûki haviam tentado encontrá-lo sem fortuna. Viram-no sair do laboratório quando este explodiu. Parecia ileso. Do carro Yûki pôde contemplar como ajudava a sentar numa calçada uma das doutoras. Perdeu-o de vista quando um paramédico da kyuukyuusha se aproximou.
A doutora Yoriko Yamazaki havia sido dada por morta. Teria sido uma magnífica opção para descobrir o que havia acontecido. Desapareceu no mesmo dia que Sirius.
...
As pistas os levaram a Buenos Aires, a um antiquário no bairro de Flores. Entre trastes esquecidos — lâmpadas, tapetes, vasos empoeirados — havia uma caixa de chumbo preto.
— Chumbo?
A curiosidade os levou a pegá-la. Tentaram abri-la mas não puderam. Era igual à que Sirius carregava consigo. Mostraram a caixa, exibiram a carteira em sinal de querer comprá-la.
Evelia negou com a cabeça enquanto seu gesto tentava avisá-los que era lixo. Insistiram. Por fim aceitou. Deixaram uma mensagem escrita em japonês para Mirella Pefaure: haviam encontrado o que buscavam. Deixaram o nome do hotel e um número de telefone.
...
Mirella era uma jovem de vinte e dois anos que ajudava os tios a vender os trastes do antiquário pela internet. Para um japonês seu nome soava masculino.
Quando foi visitá-los ao hotel, Yûki ficou encantado ao momento por seus encantos. Mirella era uma pessoa muito simples, natural, muito expressiva. Amante do universo manga e da cultura japonesa. Entendia e falava um pouco o idioma.
— O que há na caixa que os fez viajar de tão longe?
— Por fim nada. Pensávamos que conteria uma pedra sem muito valor que pertencia a alguém muito importante para nós.
— Como conseguiram abri-la? Desde o dia que meu tio a encontrou, oculta no bolso de um paletó, me atraiu de um jeito que poucos trastes da loja haviam conseguido. Devia ser de alguém muito alto, só a manga media mais de um metro.
— Você ainda tem esse paletó?
— Foi vendido como tudo o que temos. O comprou uma enfermeira. Estava de passagem, conhecia alguém muito alto a quem assentaria muito bem. Comentou que era de Bariloche, é temporada de esqui e têm muito mais visitas no hospital onde trabalha.
Puseram rumo a Bariloche. Mirella insistiu no ônibus: dezenove horas de estrada patagônica. Oshima, contra toda lógica, aceitou. Em algum ponto do caminho pararam para comer. Mirella escolheu pelos três. Yûki a olhava com um descaramento que já não disfarçava. Oshima os observava a ambos com a distância afetuosa que reservava para as coisas que não podia controlar.
— Como pode alguém tão angelical viver dessa maneira? — Perguntou Takagi.
— Meus tios não me exploram. Só precisam de mim. São descuidados, pouco sociáveis, mas me acolheram quando assassinaram meus pais e são tudo o que tenho. Se os conhecessem bem veriam que são pessoas belíssimas. — Fez uma breve pausa —. No bairro onde moramos a vida não é fácil. A loja tem que pagar os impostos que impõem os narcos. Isso não nos deixa muito dinheiro. Mesmo assim somos felizes.
— Você já pensou em seguir seu próprio caminho fora do bairro? Tem aptidões. Sabe idiomas, se vira bem na internet. Poderia vir conosco ao Japão quando encontrarmos nosso amigo.
Mirella ficou sem palavras. Por que desconhecidos, por melhor que estivessem passando, fariam algo assim por ela? Era tentador. Um sonho.
Japão. Como? Ela no Japão?
Foi ao banheiro. Demorou mais do que o normal para voltar. Não estava decidindo se confiava neles. Estava tentando imaginar, pela primeira vez sem culpa, uma versão de si mesma que não voltasse aquela noite ao bairro.
Não disse que sim imediatamente. Mas tampouco disse que não.
O que nenhum deles sabia ainda era que Mirella Pefaure e Sirius já se conheciam. Exatamente oito anos atrás. Numa pizzaria em Palo Alto. Quando ela tinha quatorze e ele dezesseis.
A pizzaria cheirava a óleo quente e a vitória. O time celebrava em voz alta. Sirius comia em silêncio numa ponta da mesa. Havia marcado trinta e dois pontos. Isso lhe importava menos que o prato à frente.
— Sou Alan. — Seu irmão mais velho estendeu a mão da cadeira ao lado sem obter resposta.
[Alan, o irmão. Sociável onde Sirius era reservado. Capaz de conquistar qualquer um em dez minutos. Havia conseguido o posto de coach assistant sem saber quase nada de basquete.]
Mirella entrou com as cheerleaders do time visitante. Havia se machucado na quadra no segundo tempo. Sirius saiu para ajudá-la. Não porque a conhecesse. Porque devia fazê-lo.
— De onde você é? Nunca tinha visto uns olhos tão originais.
— Os seus também não são muito comuns. — Sirius corou.
Alan observava de duas cadeiras de distância com o sorriso de quem há anos é a única testemunha de quando algo de verdade afeta o irmão.
Quando Matt irrompeu e puxou o braço de Mirella, Alan interpôs o corpo. Sirius não precisou de mais: um puxão na jaqueta, um pé no lugar exato. Matt caiu, se levantou, acabou brindando com eles sem entender bem como.
Não se voltaram a ver até Bariloche. Oito anos depois. Mirella com a caixa de chumbo do kuyimen nas mãos e Sirius sem lembrar de nada.
Quando Sirius apareceu em Bariloche gravemente ferido, foi Alaniza quem ligou para Alan. Não havia outra opção. Ele enviou sua melhor médica, Ana, que chegou fingindo ser enfermeira.
Haviam parado de falar por causa dos trabalhos de Alan. Os laboratórios de Alan cruzavam linhas que Sirius não podia ignorar. Mas naquele hospital, com Sirius imobilizado e sem memória recente, Alan era a única pessoa que podia entender o que havia acontecido. Sirius era a única a quem Alan escutava sem interromper.
A doutora Yoriko Yamazaki também havia aparecido. Dada por morta em Tóquio, trabalhava agora naquele mesmo hospital sem explicação conhecida. Sirius a havia reconhecido ao cruzar no corredor. Ela não o reconheceu.
Ana analisou seu sangue durante semanas. Depois viajou a Londres.
Em Londres, Ana e Alan se viram pela última vez num café junto à estação. Ela chegou encharcada. Ele lhe comprou um moletom verde com uma sereia porque era tudo o que vendiam.
Ela lhe contou o que havia encontrado no sangue de Sirius. Alan escutou em silêncio — coisa rara nele. Depois foram a uma demonstração que ele tinha preparada para o exército britânico. Algo que havia desenvolvido durante anos e que aquela tarde saiu mal.
As amostras haviam desaparecido. Alguém sabotou o teste.
Alan morreu calcinado.
A milhares de quilômetros de distância, Sirius fechou os olhos. Sentiu algo que não soube nomear. Como se uma parte dele deixasse de existir.
Quando abriu os olhos, Alaniza estava ao seu lado.
— Ligam da embaixada britânica.
— Já sei.
Dois dias depois aterrissavam em Londres.
Em Bariloche, no mesmo hospital onde havia acordado meses atrás, Sirius viu alguém cruzar o corredor. Uma figura conhecida. Um passo conhecido.
— Yoriko? Doutora Yoriko Yamazaki?
Ela parou. O olhou com a cara de quem estuda um desconhecido.
— Desculpe. Você me conhece?
Sirius ficou imóvel. A conhecia. Havia a conhecido durante meses. Haviam trabalhado juntos, jantado juntos, brindado com champanhe barato num laboratório de Tóquio. E ela não o reconhecia.
— Sirius. O senhor Oshima nos apresentou nos laboratórios.
Ela o olhou detidamente. Buscou algo em sua memória e não encontrou nada.
— Eu me lembraria.
Outro salto. Havia se produzido sem que ele o notasse. Sem explosão desta vez, sem caixa de chumbo aberta. Simplesmente havia acontecido. O fio cortado. O rolo trocado. Uma nova versão de um mundo onde ele já existia mas onde ninguém o lembrava como deveria.
Olhou suas próprias mãos. Os olhos.
Roxo.
O kuyimen o estava levando a algum lugar. Havia sempre o levado. Ainda não sabia para onde.
Em cada salto havia uma constante. Não a pedra. Não os olhos. Não a altura improvável nem o nome que ninguém pronunciava igual em dois idiomas distintos.
Alaniza.
Sempre estava ela. Em Bariloche, sua mulher. Na ligação que acordou Alan. Nos desenhos de um homem que não a conhecia mas que a lembrava em sonhos. No sobrenome de um antiquário de San Telmo. No nome de uma cidade japonesa que alguém ouviu em sonhos e não soube de onde vinha.
O kuyimen não era uma rocha. Era um mecanismo. Um mecanismo que funcionava em direção a ela.
Sirius ainda não entendia. Mas a viagem continuava. E ela continuava ali.
A alma se expande e contrai continuamente. Habita não só um corpo, se propaga e se enraíza no seu entorno. Companheiros de viagem, pessoas próximas e distantes. Não entende o tempo como nós o percebemos. Não é uma linha uniforme marcando um início e um fim.
He was two meters ten. Black hair to his shoulders. A build that seemed designed not for this world but for one where gravity was slightly more generous. When he walked into a room no one looked at him immediately — it was too obvious a thing to do — but everyone felt him. The air changed texture.
His eyes were orange. Not the orange of autumn or of late afternoon. A dense, almost mineral orange that processed light differently than any human eye on record. It let him see chromatic ranges invisible to others, and read the energy of a space before a single word had been spoken.
He was quiet. That had saved him more trouble than anything else. Not speaking much had made him a listener, and listening had turned him — without effort, without intent — into the person others came to when they needed to say the things they couldn't say elsewhere. He accumulated confidences without trying. He didn't process them. He held them, the way certain bodies hold warmth long after the source of heat is gone.
At long tables he contributed almost nothing. But when someone let a sentence trail off unfinished, it was always Sirius they looked to — to see if he had understood what was meant. He always had.
His disorder was methodical. What looked to others like unpredictability was, from inside, the start of something new: an internal explosion that shook him each time he began a process he couldn't yet name. He had learned not to name them too quickly. Names had a way of stopping things.
He had lost count of how many times he'd been to Tokyo in seven years. He always used the same car service. The first time, at the agency, Yûki had made a small error in Japanese. Sirius understood the mistake in under a second and said nothing — only smiled, extended his hand, and accepted being French for the next three minutes. Yûki decided to speak his own language. Sirius was grateful. His French was better than his Japanese, and in many establishments in Tokyo it was hard to find someone who spoke English.
The Fugu Fukuji received him with the ceremony it reserved for its oldest guests. Mr. Oshima was already at the table.
Oshima never wasted time. He asked immediately. Sirius took the lead box from his jacket pocket, opened it with great care, and set it on the white cloth. Oshima leaned forward and nearly touched the stone before stopping himself. Had he made contact, he would have lost the use of his hand.
He was lying. He always lied about that.
They ate fugu in silence — the blowfish cut so thin you could see the pattern of the plate through the flesh. Sirius was always uneasy with fugu. It was the most prestigious dish in the room and the most dangerous. Distraction dulled the flavour, so neither spoke.
When the honjozo-shu arrived, cold, they lifted their masu.
They had an agreement. They would work together to understand what the kuyimen really was.
Kept in a lead box with thick walls, it was inert. In contact with the air — in contact, more precisely, with the attention of someone — it began to breathe. That was the word Sirius used. Not to shine, not to vibrate. To breathe.
It expanded slowly, forming an atmosphere around itself, pulling in the energy of whatever room it occupied as though it were hungry. When opened, it released a light so dense it cast small aerial structures around the hand that held it — readable, almost, like the charge level of something very old that had learned patience.
To others it was simply a translucent stone cut like a diamond. Very beautiful, with an attraction that exceeded its appearance. The longer you looked at it, the more it held you — though no one could say precisely why.
No one was to touch it with bare hands. He had learned this without instruction. To have done so would have meant loss of movement in the hand, then numbness spreading up the arm, then the end.
Kuyimen: the most ancient legend. That is what the name means.
The first time he opened the box he hadn't known what would happen. He remembered even then feeling his right hand more awake than the rest of his body, as though the skin already knew that inside the box was something that shouldn't be opened. It wasn't fear exactly. Fear pushes you back. This didn't. This inclined. It brought him closer. The way leaning too far over a great height makes you discover that what draws you isn't the fall — it's the shape of the emptiness below.
It was not the only one. He had located three. This was the largest and the least powerful. Size didn't matter — they were small bodies formed on another scale entirely. They were difficult to detect: they crossed the planet from dimensions that ran parallel to this one, and the odds of finding yourself near one were near zero. He still didn't fully understand what they were for. He only knew this one was his. That it had always been his. And that it was, in ways he couldn't yet trace, taking him somewhere.
Sirius had leaped three times in his life. The first was at sixteen, on a mountain in Andorra, snow to his knees, no one to witness it. The second was in a hospital room that smelled of disinfectant and of the goodbye he couldn't say aloud. The third was still happening — a leap in slow motion, the kind that lasts years and that you only recognize as a leap when you're already on the other side.
The kuyimen was, among other things, a provisional answer to the question all three leaps had left open: where does a person go when one version of themselves steps aside for the next?
In the stone, the border between before and after became porous. Not dissolved — porous. And through that porousness passed something Sirius could only call the memory of the leap: the feeling, always incomplete and always sufficient, of having been present at the moment one version of himself replaced another.
The second leap had been the hardest. He didn't speak of it. He had learned that some losses don't survive being named — not because naming weakens them but because naming makes them portable, and some things are not meant to travel.
Mirella had entered the story before Sirius understood it was a story. That was what he couldn't forgive himself — not her, himself: having taken so long to recognize that what seemed like contingency was structure.
She worked with language. Not with words — with the architecture that words build when no one is watching. She could read a text and identify in three sentences the emotional state of the person who had written it, not from what was said but from what was consistently avoided. Sirius took a long time to realise she did the same with people.
After the closing dinner of the KenkyūLab anniversary, they walked through Shimokitazawa until three in the morning. Not because there was anything to resolve — because there was something neither of them wanted to interrupt. That, Sirius would think later, was the most precise definition of connection he knew: the absence of urgency for something to end.
He had not told her about the third leap. He had told her almost everything else. She listened the way she always listened — with her whole attention but without leaning in, giving each thing room to be what it was. At one point she said:
He didn't answer. She didn't press. That was enough.
John Val announced the number from across the lab. Four point three seven five billion years. He was twenty, a self-taught geochemist, incapable of following a protocol but capable of inventing a new one every week. His technique — an irregular version of atom-probe tomography that he had built component by component — mapped elemental distribution at atomic resolution. It was a methodological lunacy. It worked.
Sirius didn't smile at the number. Yoriko looked up from the monitor to him, then back to the stone.
Because the number meant more than age. It meant intrusion. There are terrestrial minerals that old. But the kuyimen's isotopic signature matched no known origin in the solar system. The stone had come from outside. It had arrived alone — not as part of a larger meteorite, not as impact debris. It had arrived as an object.
Sirius hadn't smiled because he already knew. He had known since the first time he held it without gloves — not with science but with the certainty that precedes science: the feeling that something very old was recognising him.
What the atom-probe tomography confirmed was only what the body had already recorded: that the stone did not belong to this time. That it was here in transit. That the KenkyūLab in Tokyo was not its destination — only another stop on a journey whose scale was geological, not human.
Yoriko closed the file without speaking. John Val began talking about confidentiality protocols. Sirius looked at the lead box on the bench and thought that protecting the secret of a four-billion-year-old object with a non-disclosure agreement was, in its way, a very human thing to do.
Before turning off the light he had the impression, very briefly, that someone else was seeing what he was seeing. Not a person. A frequency. Something from the other side of something. He let it go. It was late.
The last time Sirius saw Mirella was at an airport. She had an early flight. He had arrived late — not by accident.
At the gate there was that quality of silence specific to places where people say goodbye while pretending goodbyes are temporary. Mirella didn't pretend. That was one of the things he admired most about her, and that sometimes, in the small hours, exasperated him: her refusal of the comfort of courteous fictions.
Not a question.
Her plane took off. Sirius stayed at the airport another half hour. Not waiting — processing. Which was, at this point, the only distinction that mattered.
The stone was in his coat pocket. Sealed. He could feel its weight without touching it.
No importa cuántas veces cuente cómo ocurrió.
Siempre será diferente, en los hechos, en la forma de contarlo, en el escenario.
Mismos personajes. Acabarán juntos, estarán conectados.
—¿Estás vivo?
Alan no supo qué contestar. Era una pregunta rara para una tarde cualquiera en un despacho de Costa Rica. La persona que la formulaba no la hacía como broma.
—Muerto en vida: no arriesgas, no tomas decisiones, no juegas, no tienes criterio propio ni sabes adónde vas.
Le dolía la cabeza. Eso era lo inmediato. Lo demás era más complicado. Cuando por fin se dejaba llevar y tomaba una decisión correcta, al día siguiente volvía a errar. Podría haber pasado un domingo fantástico compartiendo su tiempo con amigos. En lugar de eso se había encerrado en su despacho para terminar una investigación que, probablemente, no lo llevaría a ningún lado.
Lo que estaban haciendo en aquel laboratorio era difícil de explicar a alguien de fuera. Tratar de despertar a alguien después de haberle inducido un coma era, técnicamente, un juego peligroso. Las pruebas del suero habían llegado muy lejos. Todos despertaban. Pero las marcas psicológicas eran profundas. El primer síntoma era la depresión. Nadie recuperaba el ritmo de su vida. Muertos en vida. Como si la mente hubiera abandonado el cuerpo. No sonreían, no se relacionaban, perdían el apetito, las ganas de todo. La mayoría terminaba suicidándose a los pocos días.
Por eso los encerraban un tiempo. Para estudiar su comportamiento. Para mantener sus conciencias tranquilas convenciéndose de que todavía estaban ayudando.
Esa tarde Alan tuvo una revelación. Fue consciente por primera vez. Lo que estaban haciendo era separar la mente constructiva de la mente programada. Liberar la parte que normalmente funciona en segundo plano. Pero cuando esa parte quedaba suelta, sin ancla, el cuerpo consumía el doble. Una mente liberada, capaz de controlar todo lo que hacemos, sería mucho más poderosa. También mucho más difícil de sostener.
Los grandes genios de nuestra historia siempre han tenido vidas más cortas. Han envejecido antes. Sus cuerpos han sufrido más desgaste del normal. Sus mentes estaban más liberadas, tenían mayor control de la parte inconsciente, a un precio muy elevado.
La clave estaba en ganar tiempo. Retrasar el envejecimiento. Rejuvenecer las células. Reproducirlas sin desencadenar una superproducción incontrolada. Pero algo así solo podía hacerse desde dentro. No podía hacerse si no se tenía control total sobre las células madre. El dominio absoluto del yo inconsciente era fundamental.
Alan lo sabía. Por eso seguía trabajando. Por eso tampoco podía parar. Había conseguido separar el pensamiento autómata del controlado, pero al cuerpo todavía lo sostenía la parte inconsciente.
¿En qué clase de monstruo se había convertido en su obsesión por la inmortalidad?
La pregunta se la hacía a veces. Nunca en voz alta.
Ana dirigía el centro oncológico de pacientes terminales en Costa Rica. Sometían a tratamiento experimental a todo aquel que lo aceptaba como última posibilidad cuando todo lo demás había fallado.
Era totalmente legal. Sus conciencias, no. Avanzaban. Daban unos pocos años más de vida a personas a quienes solo esperaba la muerte. Pero el estado mental en el que continuaban esas vidas era durísimo para sus familias. La pregunta siempre era la misma: ¿merecía la pena?
Ana no concebía una explicación lógica a lo que ocurría. Las teorías teológicas de Alan, por mucho que estuvieran apoyadas en hipótesis de física cuántica, no la convencían. No estaban probadas. No bastaba con enunciar una posibilidad para volverla verdad.
¿Por qué la parte consciente de un ser vivo quedaría atrapada en su alma? ¿Qué sentido tendría que desapareciera sin más y viajara a otra dimensión donde fusionarse con el mismo cuerpo? Y de ser así, ¿qué sucedería en el otro cuerpo que hospedaba toda esa información consciente? ¿El traspaso era instantáneo, gradual, reversible? ¿Qué reacciones experimentaba?
No podía ser. No tenía sentido lógico.
El centro era discreto. El edificio parecía una clínica de recuperación privada, sin señales en la entrada. Los pacientes llegaban solos o en parejas. Nunca en grupos. Nada llamaba la atención desde la calle.
Ana era eficiente, precisa, seca. No de las que consolaban con palabras blandas. De las que miraban los números y tomaban decisiones. Cuando Alan la conoció —o, mejor dicho, cuando por fin la vio en persona— le pareció la persona más fría que había encontrado en su vida. No era crueldad. Era protección. La distancia médica más radical como manera de seguir siendo útil.
Unos días antes él le había escrito un mensaje escueto: "Ana, voy a ir a verte al laboratorio. He descubierto algo importante. Espérame el miércoles a las ocho en el café de la esquina". Habían hablado muchas veces por teléfono y compartido informes por correo, pero nunca habían coincidido físicamente.
Cuando Alan le encomendó viajar a Bariloche a atender a su hermano, ella no hizo preguntas. Hizo las maletas. Llegó al hospital fingiendo ser enfermera, porque tenía instrucciones claras de que Sirius no podía saber que Alan la había enviado. Las razones de ese distanciamiento entre hermanos eran complejas; las razones para mantener el secreto, las mismas.
Lo que no estaba en las instrucciones era el análisis de ADN. Eso fue iniciativa de Ana. Y lo que encontró en esas muestras la dejó cuatro días sin dormir bien.
Habían desarrollado una enzima. Cien por cien biológica, pero controlable desde una aplicación móvil. Una dosis mínima insertada en un paciente se expandía por el organismo dando información del estado de sus células. En casos muy determinados podía matarlas. O provocarles metástasis. O regenerar tejido donde no lo había.
Para el cáncer era un avance extraordinario. Podía controlarlo, pararlo, incluso recomponer estructuras completas. Permitir la regeneración de órganos.
Para un ejército era otra cosa.
El ejército británico solo iba a ver una parte de lo que podía hacer: cómo mantener sanos a sus soldados heridos en batalla y ahorrarse millones en hospitales de campaña. Una herida de bala curada en tres días.
La demostración era sencilla. Y arriesgada.
Alan recibiría un disparo. Ana le inyectaría la solución. En una hora, su organismo recuperaría su estado de salud.
Las pruebas hasta ese momento permitían la curación en tres días. Aumentar la dosis para comprimir el proceso en una sola hora era inestable. Pero Alan había probado con sangre de Sirius mezclada con la enzima y los resultados fueron alucinantes. La mezcla reactivaba el proceso, disparaba la velocidad. Era prometedora. Y peligrosísima.
Las prisas de Alan por cerrar el contrato no habían dejado tiempo para más pruebas. Eso fue lo primero que Ana le reprochó. No fue el último error que calcularon mal aquel día.
Siempre junto a Sirius. Eso era Alan cuando joven.
Le adoraba, admiraba, imitaba. Le seguía donde fuese sin impedimentos. Era el hermano mayor, pero los roles estaban invertidos desde que él recordaba. Sirius era la guía. Sirius era la referencia. Y Alan no lo vivía como una derrota sino como una elección.
Sirius procesaba mucha información. Lo cuestionaba todo. Lo analizaba con paciencia. Reservado, pocas veces compartiendo sus pensamientos. Cuando lo hacía, todos callaban. Alan era quizá la única persona que se atrevía a rebatirle con hipótesis bien documentadas. Cuando ocurría, ambos terminaban riendo y dándose golpecitos cariñosos.
Sirius era la única persona a quien Alan permitía entrar en sus círculos de soledad. El único que no molestaba. Con él podía compartir sus dudas, sus miedos, sus temores. Y Sirius escuchaba. Y sus consejos solían ser brillantes.
Lo que los separó fueron los límites morales de Alan. Sus laboratorios. Sus clientes. Los contratos con Corea del Norte, con el ejército estadounidense, británico o ruso. Según Sirius, Alan cruzaba continuamente líneas que no debían cruzarse. Alan nunca terminó de aceptar esa crítica. Todo lo que hacía —la inmortalidad, la curación, la ampliación de los límites del cuerpo humano— tenía un propósito. Era ciencia. Era progreso. Que algunos quisieran utilizarlo de maneras menos limpias no anulaba su valor.
O eso se decía cuando no podía dormir.
Era un día soleado, impropio de noviembre. Todavía no habían bajado del todo las temperaturas y se podía salir a la calle en mangas de camisa. Algo extraño para esa altura del año. Se iniciaba un día en el que sucederían cosas sin vuelta atrás. Algo único estaba a punto de ocurrir.
Por dentro, Sirius sentía una paz que hacía mucho no experimentaba. Era feliz, afortunado, radiante. Sus redes sociales estaban llenas de mensajes que secundaban sus actos. Había empezado a conseguir ese estatus que durante tanto tiempo buscaba.
«A las 13:30 en el Shambhala para tomar el vermú; no falléis», acababa de recibir en el grupo de Mitch.
Todo estaba a punto de empezar.
—En la tradición tibetana —Mitch hablaba del origen del nombre del local como si abriera una puerta secreta—, Shambhala no es un lugar físico que se pueda encontrar en un mapa. Es una tierra pura, dentro del ámbito humano pero fuera de su geometría ordinaria. Solo los que tienen la afiliación kármica real pueden llegar allí. Y no es que viajen: es que recuerdan que siempre estuvieron.
Mitch, bajo un caparazón de persona fiestera y dicharachera, escondía una mente privilegiada y un corazón roto. Tapaba el dolor con gracias y cerveza. Cuando se ponía serio, cortaba de golpe las risas de quien tuviera delante. No ocurría a menudo. Pero cuando pasaba, sorprendía. Descarado, desvergonzado, siempre con un magnífico humor. Sirius volvió a sentir curiosidad al escucharlo. No porque creyera sin más en una ciudad oculta, sino porque de algún modo él mismo había sentido que viajaba a lugares donde nunca otros hombres habían llegado: una sensación de vacío y paz al mismo tiempo, difícil de describir.
Hace mucho tiempo que era consciente de que el mundo tal y como lo percibimos no es más que una proyección en la que interactuamos tímidamente, pero con la intensidad suficiente para sentirnos parte de ella. Del mismo modo que lo hacemos en este mundo, lo hacemos en muchos otros. Bueno, no todos pueden. Él creía no ser el único. Pero hasta ese día no había podido compartir una experiencia similar con nadie.
—¿Sigues aquí, Sirius? —Mitch había notado su ausencia—. Te he pedido otra cerveza mientras esperamos a Laetitia y Alice.
La tarde anterior, en uno de sus momentos mágicos, Mitch se había acercado a un grupo de francesas sentadas unas mesas más allá. Gritaba tanto contando historias absurdas que ellas se reían entre sí. Las invitó a sentarse con ellos antes de acabar una de sus anécdotas.
Eran muy jóvenes. Estudiantes. Laetitia contó que era de Martinica.
—Un departamento de ultramar francés al norte de Santa Lucía, en aguas del Caribe —la interrumpió Mitch—. El Monte Pelée es un estratovolcán de 1.397 metros. En 1902 una de sus erupciones causó cerca de treinta mil muertes y destruyó por completo la ciudad de Saint-Pierre y su puerto.
—¡Guau! ¿Cómo conoces tan bien mi historia?
—Apenas la superficie. Hay quien cree que el Shambhala está ubicado en el interior del Monte Pelée. O por lo menos la puerta de acceso.
Fue entonces cuando la conversación dejó de ser un juego y empezó a parecer una señal. Durante milenios se había buscado el portal de acceso a Shambhala. Sirius se sintió atraído por aquellos relatos con una intensidad que no podía explicar.
La conversación volvió después a la alegría superficial: vino blanco, cigarrillos, bromas, Mitch rellenando la copa de Alice mientras ella trataba de taparla con el móvil, medio asustada, medio divertida — "eres mi favorita, voy a estar pendiente de cuidarte" — y protestando cada vez que ella encendía un cigarrillo. Pero el nombre había quedado vibrando por debajo de todo: Shambhala. Monte Pelée. La puerta de acceso.
A partir de aquí ya no habla el investigador. Habla el hombre que no consiguió separar del todo una cosa de la otra.
3 de noviembre de 2014 — Los ecos de los años
No importa cuántas veces cuente cómo ocurrió: siempre será diferente, en los hechos, en la forma de contarlo, en el escenario. Mismos personajes. Acabarán juntos, estarán conectados. En esencia ellos, por muy diferentes que sean sus vidas.
Marieta siempre estuvo enamorada de Mitch.
De Alaniza no sabía nada desde hacía seis meses. La vi brevemente al pasar cerca del café donde suelo desayunar. Allí estaba: andares tranquilos, equilibrio perfecto, una luz intacta. Se paró, me miró fijamente, subió a un coche y desapareció. Quise reaccionar. Demasiado tarde. Pude ver cómo continuaba mirándome mientras se alejaba. No nos saludamos. Ambos quedamos paralizados por la sorpresa de un encuentro inesperado.
Estaba preciosa. El corazón me dio un vuelco. Está claro que seguía loco por ella.
Apenas la conocía. Compartí poco tiempo con ella; Noa se había llevado entonces casi todo el protagonismo. Y sin embargo continué dibujando. Cuando mi mente se distrae, retrata automáticamente paisajes imposibles. Veo en ellos información que nadie más parece percibir. No es un acto consciente: entiendo códigos, formas, un lenguaje visual que no recuerdo haber aprendido.
Un día, con un té en la mano, Alaniza se sentó a mi lado y miró uno de esos dibujos.
—Yo he estado ahí. Se parece a la cueva del viento en el Monte Pelée.
—¿Entiendes mi dibujo? —la miré—. ¡Hola, qué sorpresa!
—Claro. La segunda bóveda me hechizó e hice un montón de fotos ese verano. ¿Tú cuándo has ido? —hizo una pausa—. ¡Hola!
Me acerqué para saludarla con dos besos. Torpemente, tropezamos, casi nos besamos en los labios. Ella sonrió, y parecía que no le habría importado. La abracé de manera espontánea, hizo lo mismo.
—¡Qué sonrisa más bonita!
Nunca había estado allí. De hecho desconocía su existencia. Le dije que el día anterior había oído hablar por primera vez del Monte Pelée y de la posibilidad de que fuera la puerta para acceder al Shambhala. Me enseñó unas fotos en el móvil.
—¿Ves? Se parece. —No parecía muy sorprendida con el hecho de que nunca las hubiera visto—. La ciudad de las almas. Mi abuela me contaba ese cuento de pequeña.
Mientras me hablaba, no podía dejar de observarla. Su pelo largo, la carita redonda, el cuello fino, la manera en que torcía la boca sin dejar de sonreír, el brillo en sus ojos, las mejillas sonrojadas. Todo un espectáculo de belleza natural. Cruzó las piernas, se aproximó a la mesa, rozó mi mano y sentí una explosión en mi interior que apenas podía controlar. Llevábamos más de dos horas sentados y yo apenas había pronunciado palabra. Escucharla me bastaba. Su tono de voz invadía el cuerpo entero y lo relajaba. Recordé pocas veces en mi vida en las que hubiese sido tan feliz.
—Tengo que irme. He estado realmente a gusto compartiendo este momento contigo.
—Yo también. Una pena que no lo hiciéramos antes. Llámame, esto hay que repetirlo.
Me dio un beso en la mejilla. Delicado, sencillo, cálido. Unos segundos después pude verla alejarse por la calle desde la cristalera. Se giró brevemente e hizo un gesto con su mano despidiéndose una vez más mientras me dedicaba su última sonrisa.
Su número de teléfono estaba escrito en una servilleta sobre la mesa.
Después, ya solo, me quedé con la sospecha de siempre: veo, escucho y percibo cosas en las personas de mi entorno que podrían no existir fuera de mí. A veces ni siquiera estoy físicamente con nadie. A veces solo estoy en el interior de una versión de las cosas.
Hay días en que la teoría no alcanza y la única manera de seguir pensando es bajar un peldaño de registro. Escribir como quien deja de exponer y empieza a recordar.
6 de noviembre de 2014 — Diario
Xan, ¿dónde estás? ¿Por qué no te veo? ¿Por qué no vienes? Ayer vi a tu verdadero doble… No la Noa imaginaria que creé en mi mente, en los relatos. No era ella. Convencido totalmente de que este sí es tu reflejo. Todo cuadra.
¿Y si tú ya no existes más que en mi imaginación? ¿Fuiste real, verdad? Por qué en todos los mundos termino conociéndote menos en este, donde solo consigo escribir sobre ti...
22 de noviembre de 2014 — Palacio de Congresos de Madrid
La teleportación cuántica existe: transfiere estados cuánticos entre partículas entrelazadas a cualquier distancia. Lo que no transfiere es materia, ni información clásica, ni conciencia. Ningún físico vivo avalaría lo que John Val hacía con ese concepto.
John Val lo sabía. Le daba igual.
Seguía buscando a la doctora Yoriko Yamazaki desde su desaparición. Presentía que vivía; muerta en esta realidad, de algún modo viva en otro lugar. Tomó la física del entrelazamiento cuántico —real, probada, limitada— y la extrapoló de manera violenta hacia una hipótesis que ningún comité científico habría aprobado: que la conciencia podía comportarse como un estado cuántico, que los saltos de Sirius eran una forma de teletransporte de información consciente, que Yoriko no había muerto sino que había saltado a una rama paralela del sistema. Era brillante. Era peligroso. Era exactamente el tipo de error que solo cometen los que saben demasiado para detenerse a tiempo.
Y la leyenda del Shambhala —la ciudad oculta, la dimensión dentro de las dimensiones— empezó a perseguirlo con la misma insistencia que el dato imposible que había obtenido del kuyimen.
4.375 miles de millones de años.
Algo tan viejo no podía ser solo una roca.
El café estaba lleno a esa hora. La hora en que todos paraban a tomar algo antes de subir a la oficina. King's Cross, lluvia, charcos enormes, un taxista que la duchó en una esquina y luego paró para disculparse. Cuando Ana entró, Alan ya la esperaba con dos cafés.
Le compró una sudadera verde con una sirena porque era lo único que vendían allí. Ella llegó empapada hasta los huesos, avergonzada, convencida de haber dejado destrozado el secador del baño con sus zapatos y sus calcetines.
Alan era todo un caballero. Consiguió que el apuro se disolviera antes de que pudiera instalarse del todo. Los dos sabían por qué estaban ahí. Él no quiso preguntar primero. Esperó a que hablara.
—No es una mutación. De serlo, el cambio estaría registrado en zonas muy concretas. Su estructura molecular simplemente es diferente. No hay saltos, como si desde hace miles de años hubiera sido así, con registros evolutivos perfectamente integrados.
—Pero es mi hermano. Las muestras de mis padres y las mías son claras. Somos familia.
—Lo sé. Compartís los mismos cromosomas. Él es tan humano como tú. Sin embargo parece como si hubierais nacido en épocas distintas.
Silencio.
—¿Me estás diciendo que mi hermano podría ser del futuro?
—Eso no es posible. Os habéis criado en el mismo espacio temporal. Pero sí: él es como si fuera de otra época u otro mundo. Muchos de los componentes de su estructura son totalmente nuevos para mí. No existen registros iguales en ningún laboratorio del mundo.
Alan miró su café. No lo había tocado.
Afuera, en alguna parte de esa ciudad bajo la lluvia, Marcos estaba esperando. El conductor. El encargado de disparar. La demostración empezaba en dos horas. Y nadie le había dicho todavía que las muestras habían desaparecido.
No juegues con fuego, que te vas a hacer pis en la cama.
¿Qué tendrá que ver el fuego y la orina? Eran cosas de madre que desde pequeño nunca tuvo del todo claras.
Alan estaba muerto. Calcinado.
De rodillas a su lado, Ana no paraba de llorar. Ya no estaba. No se movía. Cubierto de una costra gris, todo su cuerpo desprendía un olor insoportable. Marcos la agarró del brazo y tiró de ella con fuerza. Tenían que salir del edificio de inmediato. Les habían saboteado la prueba. Las muestras habían desaparecido. Alguien sabía lo que iba a ocurrir esa mañana en aquel edificio de cristal negro a las afueras de Londres.
Se oían sirenas. Ambulancias, bomberos, policía, periodistas. Gente mirando. Otros corriendo en todas direcciones. El fuego alcanzaba varias manzanas y seguía propagándose.
—Sube por esta escalera y espérame cuando estés arriba. Voy a tratar de...
Demasiado tarde. Una nube de humo hizo desaparecer la silueta de Marcos.
Cuando Ana llegó arriba no veía nada. No escuchaba nada. Todo era oscuridad y silencio. No se atrevía a avanzar. No sabía qué hacer. Tenía el rostro lleno de lágrimas, las pulsaciones elevadas, heridas en las manos. Estaba hundida en la desesperación y a punto de entrar en shock.
«No temas hacerme daño. Es solo un cuerpo, un vehículo. Lo repararemos.»
Fueron las últimas palabras de Alan.
Algo rozó su pierna. Estaba húmedo. Como goma. Una manguera. Debía de haber un bombero cerca. Unas manos en sus hombros. Trató de girarse. Se desmayó.
La llevaron al hospital Prince Charles. Pasaron tres días hasta que recobró la consciencia.
La teoría de Alan era simple en la superficie y aterradora en sus implicaciones.
Cada ser humano vive ocho millones de vidas en una sola. No en el sentido metafórico de que tenemos muchas identidades o cambiamos con el tiempo. En el sentido literal: cada decisión bifurca la realidad y cada bifurcación produce una vida completa. Ocho millones de versiones de ti mismo sucediendo en paralelo en este momento.
La mayoría de las personas no lo percibe. Algunos lo sienten vagamente: la sensación de haber vivido algo antes, el peso inexplicable de ciertas decisiones, la impresión de que alguien a quien amas lleva más tiempo contigo del que la cronología permite.
Alan creía que la enzima podía crear un puente. Una manera de acceder a la conciencia de esas otras vidas mientras se sigue viviendo esta. Inmortalidad no como extensión del tiempo sino como expansión del espacio vital. No vivir más años: vivir más mundos.
No era una idea nueva. Era una idea a la que nadie antes había puesto números.
Sirius nunca se lo dijo en voz alta, pero esa parte sí la entendía. Sus saltos no eran accidentes. Eran una versión primitiva, violenta, incontrolada, de lo que Alan intentaba construir desde un laboratorio.
El kuyimen era el mecanismo que a Sirius le había correspondido. La enzima era el que Alan estaba construyendo.
Hermanos. Distintos métodos. El mismo destino.
Alan tenía mi diario. Uno muy especial. Juntaba páginas de mundos cruzados. Conocía la verdad, parte de ella.
¿Cómo era posible?
En algún momento entre los laboratorios, los contratos y las demostraciones fallidas, Alan había recogido algo que no debería haber podido recoger: la voz de alguien que escribió sobre él desde fuera. Páginas que lo describen como si fueran recuerdos. Fechas que no cuadran. Paisajes que no había visitado.
Quizá la inmortalidad no era vivir para siempre. Quizá era quedar escrito. En el diario de alguien. En los términos del cálculo de alguien. En la memoria de un hermano que ya no estaba físicamente allí pero seguía razonando en algún sitio con su lógica propia.
La diferencia entre héroe y villano no siempre es el propósito. A veces es el precio que otros terminan pagando por sus decisiones. Alan lo pagó él mismo. Con su propio cuerpo. En un edificio de cristal negro a las afueras de Londres.
Pero en el cuaderno, Alan seguía vivo. Y en el cuaderno, Alaniza existía. Y en el cuaderno, los mundos cruzados tenían un nombre: VRT.
También quedaron, al fondo del capítulo, los fragmentos de correo que explican mejor que ninguna teoría el reverso humano de todo esto:
Mi moral, desde que te fuiste a Londres, está por los suelos. Ahora que estás más estable te lo puedo contar, pero el año pasado pasé por una depresión de caballo.
Me vino todo de golpe. El gatillo que disparó todo fue ser consciente de que te había perdido cuando empezaste a salir con alguien allí. Hasta ese momento siempre mantuve la esperanza de que nuestro problema era solo algo pasajero. Pero se me vino encima todo a la vez: los cuatro años que llevaba luchando para rescatar noisy, la muerte de mi madre tan repentina y, como guinda, perder a la mujer que más he amado en mi vida y a la que seguía amando con todas mis fuerzas aunque no pudiera demostrárselo por estar muy mal psicológicamente.
Di muchos palos de ciego. Al poco tiempo de enterarme de tu historia comencé a verme con una niña francesa de Martinica que estudiaba en la UEM. Nunca llegué a nada serio. Solo busqué tratar de olvidar. Fue un parche que no hizo más que hundirme. Ella me daba alegría, juventud, ganas de vivir, pero no eran suficientes. Luchó mucho por ayudarme, por ganarse un hueco a mi lado. Pero un día fue consciente de que era imposible estar conmigo y se fue.
El año pasado lo tomé sabático. Apenas iba a la oficina tres horas al día. El resto salía con mis amigos del gym. Una pandilla formada por gente muy cariñosa y con un corazón enorme, pero con una vida destrozada. Quien no tenía una depresión por trabajo la tenía por amores rotos, matrimonios fracasados, soltería vacía. Entre todos cubríamos los huecos vacíos. Era una especie de terapia de grupo. Nos reíamos mucho y llenábamos el vacío con grandes risas. Era maravilloso por un lado y tristísimo por otro.
Realmente estaba muerto en vida.
A finales de noviembre conocí a otra chica con la que vivo ahora. Sus ganas de vivir y de luchar me arrastraron sin poder evitarlo. Me dejé llevar y me enamoré de ella. Consiguió pegarme cuatro tortas bien dadas y devolverme a mi lugar. Aún así no consigo ser el mismo todavía.
Cuando me llamaron para el proyecto de Google vi el cielo abierto. Un gran cambio que sé que necesito. Una posibilidad única que me dio esperanzas para volver a activarme profesionalmente. Lo malo es que ese vacío que todavía siento no me deja avanzar tan rápido como quisiera.
Toda mi vida no he hecho más que trabajar. Eso me ha alejado del mundo, de la vida. Con cuarenta y tres años me he perdido ya demasiadas cosas. Como la posibilidad de formar una familia.
Quizás es esto lo que quiero ahora. Mi prioridad. Y aunque es lo que más me asusta, es lo que me pide el cuerpo: parar un tiempo y centrarme en las cosas que me he perdido todos estos años.
Leer que tú eres feliz me hace feliz a mí. Esto es muy importante para mí.
ozty
Eso era Alan. Eso era también quien escribía sobre Alan desde fuera. La teoría de las ocho millones de vidas no nacía de una frivolidad intelectual, sino del intento desesperado de encontrar continuidad donde la vida real solo ofrecía fractura.
Não importa quantas vezes eu conte como aconteceu.
Sempre será diferente, nos fatos, na forma de contá-lo, no cenário.
Mesmos personagens. Vão acabar juntos, estarão conectados.
— Você está vivo?
Alan não soube o que responder. Era uma pergunta estranha para uma tarde qualquer num escritório na Costa Rica. A pessoa que a formulava não o fazia como brincadeira.
— Morto em vida: você não arrisca, não toma decisões, não joga, não tem critério próprio nem sabe para onde vai.
A cabeça latejava. Isso era o imediato. O resto era mais complicado. Quando por fim se deixava levar e tomava uma decisão acertada, no dia seguinte voltava a errar. Poderia ter passado um domingo fantástico com amigos. Em vez disso havia se trancado no escritório para terminar uma pesquisa que, provavelmente, não levaria a lugar nenhum.
O que estavam fazendo naquele laboratório era difícil de explicar para alguém de fora. Tentar despertar alguém depois de induzi-lo a um coma era, tecnicamente, um jogo perigoso. As provas do soro haviam chegado muito longe. Todos acordavam. Mas as marcas psicológicas eram profundas. O primeiro sintoma era a depressão. Ninguém recuperava o ritmo de sua vida. Mortos em vida. Como se a mente tivesse abandonado o corpo. Não sorriam, não se relacionavam, perdiam o apetite, a vontade de tudo. A maioria terminava se suicidando nos dias seguintes.
Por isso os mantinham internados por um tempo. Para estudar seu comportamento. Para manter a consciência tranquila se convencendo de que ainda estavam ajudando.
Naquela tarde Alan teve uma revelação. Foi consciente pela primeira vez. O que estavam fazendo era separar a mente construtiva da mente programada. Liberar a parte que normalmente funciona em segundo plano. Mas quando essa parte ficava solta, sem âncora, o corpo consumia o dobro. Uma mente liberada, capaz de controlar tudo o que fazemos, seria muito mais poderosa. Também muito mais difícil de sustentar.
Os grandes gênios da nossa história sempre tiveram vidas mais curtas. Envelheceram mais cedo. Seus corpos sofreram um desgaste muito maior do que o normal. Suas mentes estavam mais liberadas, tinham maior controle da parte inconsciente — a um preço muito elevado.
A chave estava em ganhar tempo. Retardar o envelhecimento. Rejuvenescer as células. Reproduzi-las sem desencadear uma superprodução incontrolada. Mas algo assim só poderia ser feito de dentro. Não poderia ser feito sem controle total sobre as células-tronco. O domínio absoluto do eu inconsciente era fundamental.
Alan sabia disso. Por isso continuava trabalhando. Por isso também não conseguia parar. Havia conseguido separar o pensamento automático do controlado, mas o corpo ainda era sustentado pela parte inconsciente.
Em que tipo de monstro havia se transformado em sua obsessão pela imortalidade?
A pergunta ele se fazia às vezes. Nunca em voz alta.
Ana dirigia o centro oncológico de pacientes terminais na Costa Rica. Submetiam a tratamento experimental todo aquele que o aceitava como última possibilidade quando tudo mais havia falhado.
Era totalmente legal. Suas consciências, não. Avançavam. Davam alguns anos a mais de vida a pessoas para quem só esperava a morte. Mas o estado mental em que continuavam essas vidas era duríssimo para suas famílias. A pergunta era sempre a mesma: valia a pena?
Ana não concebia uma explicação lógica para o que ocorria. As teorias teológicas de Alan, por mais que estivessem apoiadas em hipóteses de física quântica, não a convenciam. Não estavam provadas. Não bastava enunciar uma possibilidade para torná-la verdade.
Por que a parte consciente de um ser vivo ficaria presa em sua alma? Que sentido teria que desaparecesse simplesmente e viajasse a outra dimensão para se fundir com o mesmo corpo? E sendo assim, o que aconteceria no outro corpo que hospedava toda essa informação consciente? A transferência era instantânea, gradual, reversível? Que reações experimentava?
Não podia ser. Não fazia sentido lógico.
O centro era discreto. O edifício parecia uma clínica de recuperação privada, sem placas na entrada. Os pacientes chegavam sozinhos ou em pares. Nunca em grupos. Nada chamava atenção da rua.
Ana era eficiente, precisa, seca. Não das que consolavam com palavras brandas. Das que olhavam os números e tomavam decisões. Quando Alan a conheceu — ou melhor, quando por fim a viu pessoalmente — ela lhe pareceu a pessoa mais fria que havia encontrado em sua vida. Não era crueldade. Era proteção. A distância médica mais radical como forma de continuar sendo útil.
Dias antes ele lhe havia enviado uma mensagem curta: "Ana, vou te ver no laboratório. Descobri algo importante. Me espere na quarta às oito no café da esquina." Haviam falado muitas vezes por telefone e compartilhado relatórios por e-mail, mas nunca tinham se encontrado pessoalmente.
Quando Alan lhe encomendou viajar a Bariloche para atender seu irmão, ela não fez perguntas. Fez as malas. Chegou ao hospital fingindo ser enfermeira, porque tinha instruções claras de que Sirius não podia saber que Alan a havia enviado. As razões do distanciamento entre os irmãos eram complexas; as razões para manter o segredo, as mesmas.
O que não estava nas instruções era a análise de DNA. Isso foi iniciativa de Ana. E o que encontrou naquelas amostras a deixou quatro dias sem dormir direito.
Haviam desenvolvido uma enzima. Cem por cento biológica, mas controlável por um aplicativo de celular. Uma dose mínima inserida num paciente se expandia pelo organismo fornecendo informações sobre o estado de suas células. Em casos muito determinados podia matá-las. Ou provocar metástase. Ou regenerar tecido onde não havia.
Para o câncer era um avanço extraordinário. Podia controlá-lo, pará-lo, até recompor estruturas completas. Permitir a regeneração de órgãos.
Para um exército era outra coisa.
O exército britânico só ia ver uma parte do que ela poderia fazer: como manter saudáveis seus soldados feridos em batalha e economizar milhões em hospitais de campanha. Uma ferida de bala curada em três dias.
A demonstração era simples. E arriscada.
Alan receberia um tiro. Ana lhe injetaria a solução. Em uma hora, seu organismo recuperaria seu estado de saúde.
As provas até aquele momento permitiam a cura em três dias. Aumentar a dose para comprimir o processo em uma única hora era instável. Mas Alan havia testado com sangue de Sirius misturado com a enzima e os resultados foram alucinantes. A mistura reativava o processo, disparava a velocidade. Era promissora. E perigosíssima.
A pressa de Alan em fechar o contrato não tinha deixado tempo para mais provas. Isso foi o primeiro que Ana lhe reprovou. Não foi o último erro que calcularam mal naquele dia.
Sempre ao lado de Sirius. Era isso que Alan era quando jovem.
Adorava, admirava, imitava. Seguia-o aonde fosse sem impedimentos. Era o irmão mais velho, mas os papéis estavam invertidos desde que ele se lembrava. Sirius era o guia. Sirius era a referência. E Alan não o vivia como uma derrota, mas como uma escolha.
Sirius processava muita informação. Questionava tudo. Analisava com paciência. Reservado, poucas vezes compartilhando seus pensamentos. Quando o fazia, todos se calavam. Alan era talvez a única pessoa que se atrevia a rebatê-lo com hipóteses bem documentadas. Quando isso ocorria, os dois terminavam rindo e se dando tapinhas carinhosos.
Sirius era a única pessoa a quem Alan permitia entrar em seus círculos de solidão. O único que não incomodava. Com ele podia compartilhar suas dúvidas, seus medos, seus temores. E Sirius escutava. E seus conselhos costumavam ser brilhantes.
O que os separou foram os limites morais de Alan. Seus laboratórios. Seus clientes. Os contratos com a Coreia do Norte, com o exército americano, britânico ou russo. Segundo Sirius, Alan cruzava continuamente linhas que não deveriam ser cruzadas. Alan nunca chegou a aceitar essa crítica de todo. Tudo o que fazia — a imortalidade, a cura, a ampliação dos limites do corpo humano — tinha um propósito. Era ciência. Era progresso. Que alguns quisessem utilizá-lo de maneiras menos limpas não anulava seu valor.
Ou assim se dizia quando não conseguia dormir.
Era um dia ensolarado, impróprio para novembro. As temperaturas ainda não tinham baixado de todo e se podia sair à rua em mangas de camisa. Algo estranho para essa época do ano. Iniciava-se um dia em que aconteceriam coisas sem volta. Algo único estava prestes a ocorrer.
Por dentro, Sirius sentia uma paz que há muito não experimentava. Era feliz, afortunado, radiante. Suas redes sociais estavam cheias de mensagens que respaldavam seus atos. Havia começado a conseguir aquele status que durante tanto tempo buscara.
"Às 13h30 no Shambhala para um aperitivo; não faltem", acabara de receber no grupo de Mitch.
Tudo estava prestes a começar.
— Na tradição tibetana — Mitch falava da origem do nome do local como se abrisse uma porta secreta —, Shambhala não é um lugar físico que se possa encontrar num mapa. É uma terra pura, dentro do âmbito humano mas fora de sua geometria ordinária. Só aqueles que têm a real afiliação kármica podem chegar lá. E não é que viajam: é que se lembram de que sempre estiveram.
Mitch, sob uma casca de pessoa festeira e falante, escondia uma mente privilegiada e um coração partido. Tampava a dor com graças e cerveja. Quando ficava sério, cortava de golpe as risadas de quem estivesse diante dele. Não acontecia com frequência. Mas quando acontecia, surpreendia. Descarado, desbocado, sempre com um excelente humor. Sirius voltou a sentir curiosidade ao ouvi-lo. Não porque acreditasse sem mais numa cidade oculta, mas porque de algum modo ele mesmo havia sentido que viajava a lugares onde nunca outros homens haviam chegado: uma sensação de vazio e paz ao mesmo tempo, difícil de descrever.
Há muito tempo era consciente de que o mundo tal como o percebemos não é mais que uma projeção em que interagimos timidamente, mas com intensidade suficiente para nos sentirmos parte dela. Da mesma forma que o fazemos neste mundo, o fazemos em muitos outros. Bom, nem todos podem. Ele acreditava não ser o único. Mas até aquele dia não havia conseguido compartilhar uma experiência similar com ninguém.
— Ainda está aqui, Sirius? — Mitch havia notado sua ausência —. Pedi mais uma cerveja enquanto esperamos Laetitia e Alice.
Na tarde anterior, num de seus momentos mágicos, Mitch havia se aproximado de um grupo de francesas sentadas a algumas mesas de distância. Gritava tanto contando histórias absurdas que elas riam entre si. As convidou a se sentar antes de terminar uma de suas anedotas.
Eram muito jovens. Estudantes. Laetitia contou que era da Martinica.
— Um departamento ultramarino francês ao norte de Santa Lúcia, nas águas do Caribe — interrompeu Mitch —. O Monte Pelée é um estratovulcão de 1.397 metros. Em 1902 uma de suas erupções causou cerca de trinta mil mortes e destruiu completamente a cidade de Saint-Pierre e seu porto.
— Uau! Como você conhece tão bem minha história?
— Apenas a superfície. Há quem acredite que o Shambhala fica no interior do Monte Pelée. Ou pelo menos a porta de acesso.
Foi então que a conversa deixou de ser um jogo e começou a parecer um sinal. Durante milênios se buscara o portal de acesso a Shambhala. Sirius se sentiu atraído por aqueles relatos com uma intensidade que não conseguia explicar.
A conversa voltou depois à alegria superficial: vinho branco, cigarros, piadas, Mitch enchendo o copo de Alice enquanto ela tentava tampá-lo com o celular, meio assustada, meio divertida — "você é minha favorita, vou ficar de olho em você" — e protestando cada vez que ela acendia um cigarro. Mas o nome havia ficado vibrando por baixo de tudo: Shambhala. Monte Pelée. A porta de acesso.
A partir daqui já não fala o pesquisador. Fala o homem que não conseguiu separar completamente uma coisa da outra.
3 de novembro de 2014 — Os ecos dos anos
Não importa quantas vezes conte como aconteceu: sempre será diferente, nos fatos, na forma de contá-lo, no cenário. Mesmos personagens. Vão acabar juntos, estarão conectados. Em essência eles, por mais diferentes que sejam suas vidas.
Marieta sempre esteve apaixonada por Mitch.
De Alaniza não sabia nada havia seis meses. A vi brevemente ao passar perto do café onde costumo tomar café da manhã. Ali estava: passos tranquilos, equilíbrio perfeito, uma luz intacta. Parou, me olhou fixamente, subiu num carro e desapareceu. Quis reagir. Tarde demais. Pude ver como continuava me olhando enquanto se afastava. Não nos cumprimentamos. Ambos ficamos paralisados pela surpresa de um encontro inesperado.
Estava linda. O coração deu um salto. Estava claro que continuava louco por ela.
Mal a conhecia. Compartilhei pouco tempo com ela; Noa havia levado então quase todo o protagonismo. E no entanto continuei desenhando. Quando minha mente se distrai, retrata automaticamente paisagens impossíveis. Vejo neles informações que ninguém mais parece perceber. Não é um ato consciente: entendo códigos, formas, uma linguagem visual que não lembro de ter aprendido.
Um dia, com um chá na mão, Alaniza se sentou ao meu lado e olhou um desses desenhos.
— Eu estive lá. Parece com a caverna do vento no Monte Pelée.
— Você entende meu desenho? — a olhei —. Olá, que surpresa!
— Claro. A segunda abóbada me encantou e tirei um monte de fotos naquele verão. Quando você foi? — fez uma pausa —. Olá!
Me aproximei para cumprimentá-la com dois beijos. Desajeitadamente, tropeçamos, quase nos beijamos na boca. Ela sorriu, e parecia que não teria se importado. A abracei de forma espontânea, ela fez o mesmo.
— Que sorriso lindo!
Nunca havia estado lá. Na verdade desconhecia sua existência. Disse que no dia anterior havia ouvido falar pela primeira vez do Monte Pelée e da possibilidade de que fosse a porta de acesso ao Shambhala. Ela me mostrou algumas fotos no celular.
— Viu? Parece. — Não parecia muito surpresa com o fato de que eu nunca as tivesse visto. — A cidade das almas. Minha avó me contava esse conto quando eu era pequena.
Enquanto me falava, não conseguia deixar de observá-la. O cabelo longo, o rostinho redondo, o pescoço fino, a maneira como torcia a boca sem parar de sorrir, o brilho nos olhos, as bochechas rosadas. Um espetáculo de beleza natural. Cruzou as pernas, se aproximou da mesa, rozou minha mão e senti uma explosão interior que mal conseguia controlar. Levávamos mais de duas horas sentados e eu mal havia pronunciado uma palavra. Ouvi-la me bastava. Seu tom de voz invadia o corpo inteiro e o relaxava. Lembrei de poucas vezes em minha vida em que havia sido tão feliz.
— Preciso ir. Realmente fiquei muito à vontade compartilhando esse momento com você.
— Eu também. Que pena que não o tenhamos feito antes. Me liga, isso precisa se repetir.
Me deu um beijo na bochecha. Delicado, simples, caloroso. Alguns segundos depois pude vê-la se afastar pela rua através do vidro. Virou-se brevemente e fez um gesto com a mão me despedindo mais uma vez enquanto me dedicava seu último sorriso.
Seu número de telefone estava escrito num guardanapo sobre a mesa.
Depois, já sozinho, fiquei com a suspeita de sempre: vejo, ouço e percebo coisas nas pessoas ao meu redor que poderiam não existir fora de mim. Às vezes nem estou fisicamente com ninguém. Às vezes apenas estou dentro de uma versão das coisas.
Há dias em que a teoria não alcança e a única maneira de continuar pensando é descer um degrau de registro. Escrever como quem para de expor e começa a lembrar.
6 de novembro de 2014 — Diário
Xan, onde você está? Por que não te vejo? Por que não vem? Ontem vi seu verdadeiro duplo... Não a Noa imaginária que criei em minha mente, nos relatos. Não era ela. Convicto totalmente de que este sim é seu reflexo. Tudo encaixa.
E se você já não existisse mais do que na minha imaginação? Você foi real, não foi? Por que em todos os mundos termino te conhecendo menos neste, onde só consigo escrever sobre você...
22 de novembro de 2014 — Palácio dos Congressos de Madri
A teletransportação quântica existe: transfere estados quânticos entre partículas entrelaçadas a qualquer distância. O que não transfere é matéria, nem informação clássica, nem consciência. Nenhum físico vivo endossaria o que John Val fazia com esse conceito.
John Val sabia disso. Não lhe importava.
Continuava buscando a doutora Yoriko Yamazaki desde seu desaparecimento. Pressentia que ela vivia; morta nesta realidade, de algum modo viva em outro lugar. Tomou a física do entrelaçamento quântico — real, provada, limitada — e a extrapolou de maneira violenta em direção a uma hipótese que nenhum comitê científico teria aprovado: que a consciência podia se comportar como um estado quântico, que os saltos de Sirius eram uma forma de teletransporte de informação consciente, que Yoriko não havia morrido, mas saltado para um ramo paralelo do sistema. Era brilhante. Era perigoso. Era exatamente o tipo de erro que só cometem os que sabem demais para parar a tempo.
E a lenda do Shambhala — a cidade oculta, a dimensão dentro das dimensões — começou a persegui-lo com a mesma insistência que o dado impossível que havia obtido do kuyimen.
4,375 bilhões de anos.
Algo tão antigo não podia ser apenas uma rocha.
O café estava cheio naquela hora. A hora em que todos paravam para tomar algo antes de subir ao escritório. King's Cross, chuva, poças enormes, um taxista que a ensopou numa esquina e depois parou para se desculpar. Quando Ana entrou, Alan já a esperava com dois cafés.
Comprou um moletom verde com uma sereia porque era o único que havia para vender ali. Ela chegou encharcada até os ossos, envergonhada, convencida de ter destruído o secador do banheiro com seus sapatos e suas meias.
Alan era um cavalheiro. Conseguiu que o constrangimento se dissolvesse antes de poder se instalar de todo. Os dois sabiam por que estavam ali. Ele não quis perguntar primeiro. Esperou que ela falasse.
— Não é uma mutação. Se fosse, a mudança estaria registrada em zonas muito específicas. Sua estrutura molecular simplesmente é diferente. Não há saltos, como se há milhares de anos fosse assim, com registros evolutivos perfeitamente integrados.
— Mas é meu irmão. As amostras dos meus pais e as minhas são claras. Somos família.
— Sei. Compartilham os mesmos cromossomos. Ele é tão humano quanto você. No entanto parece como se tivessem nascido em épocas distintas.
Silêncio.
— Está me dizendo que meu irmão poderia ser do futuro?
— Isso não é possível. Vocês cresceram no mesmo espaço temporal. Mas sim: ele é como se fosse de outra época ou outro mundo. Muitos dos componentes de sua estrutura são totalmente novos para mim. Não existem registros iguais em nenhum laboratório do mundo.
Alan olhou seu café. Não o havia tocado.
Lá fora, em algum lugar dessa cidade sob a chuva, Marcos estava esperando. O motorista. O encarregado de atirar. A demonstração começava em duas horas. E ninguém lhe havia dito ainda que as amostras tinham desaparecido.
Não brinque com fogo, que você vai fazer xixi na cama.
O que teria a ver o fogo e a urina? Eram coisas de mãe que desde pequeno nunca ficaram bem claras para ele.
Alan estava morto. Calcinado.
De joelhos ao seu lado, Ana não parava de chorar. Já não estava mais. Não se movia. Coberto por uma crosta cinza, seu corpo inteiro desprendia um cheiro insuportável. Marcos a agarrou pelo braço e puxou com força. Tinham que sair do edifício imediatamente. Haviam sabotado a prova. As amostras tinham desaparecido. Alguém sabia o que ia acontecer naquela manhã naquele edifício de cristal negro nos arredores de Londres.
Ouvia-se sirenes. Ambulâncias, bombeiros, polícia, jornalistas. Gente olhando. Outros correndo em todas as direções. O fogo alcançava vários quarteirões e continuava se propagando.
— Sobe por esta escada e me espera quando estiver em cima. Vou tentar...
Tarde demais. Uma nuvem de fumaça fez desaparecer a silhueta de Marcos.
Quando Ana chegou ao topo não via nada. Não escutava nada. Tudo era escuridão e silêncio. Não se atrevia a avançar. Não sabia o que fazer. Tinha o rosto cheio de lágrimas, as pulsações elevadas, feridas nas mãos. Estava mergulhada no desespero e prestes a entrar em choque.
"Não tema me machucar. É apenas um corpo, um veículo. Vamos consertá-lo."
Foram as últimas palavras de Alan.
Algo roçou sua perna. Estava úmido. Como borracha. Uma mangueira. Devia haver um bombeiro por perto. Umas mãos em seus ombros. Tentou se virar. Desmaiou.
A levaram ao hospital Prince Charles. Passaram-se três dias até que recuperasse a consciência.
A teoria de Alan era simples na superfície e aterrorizante em suas implicações.
Cada ser humano vive oito milhões de vidas numa única. Não no sentido metafórico de que temos muitas identidades ou mudamos com o tempo. No sentido literal: cada decisão bifurca a realidade e cada bifurcação produz uma vida completa. Oito milhões de versões de você mesmo acontecendo em paralelo neste momento.
A maioria das pessoas não percebe. Alguns o sentem vagamente: a sensação de já ter vivido algo antes, o peso inexplicável de certas decisões, a impressão de que alguém que você ama está com você há mais tempo do que a cronologia permite.
Alan acreditava que a enzima podia criar uma ponte. Uma maneira de acessar a consciência dessas outras vidas enquanto se continua vivendo esta. Imortalidade não como extensão do tempo, mas como expansão do espaço vital. Não viver mais anos: viver mais mundos.
Não era uma ideia nova. Era uma ideia para a qual ninguém antes havia colocado números.
Sirius nunca o disse em voz alta, mas essa parte sim ele entendia. Seus saltos não eram acidentes. Eram uma versão primitiva, violenta, incontrolada, do que Alan tentava construir a partir de um laboratório.
O kuyimen era o mecanismo que havia cabido a Sirius. A enzima era o que Alan estava construindo.
Irmãos. Métodos distintos. O mesmo destino.
O que talvez não calculou foi isto: que há um limiar em que você deixa de estar fora da equação. Que a teoria, levada a esse nível de precisão, começa a incluí-lo.
Alan tinha meu diário. Um muito especial. Juntava páginas de mundos cruzados. Conhecia a verdade, parte dela.
Como era possível?
Em algum momento entre os laboratórios, os contratos e as demonstrações fracassadas, Alan havia recolhido algo que não deveria ter conseguido recolher: a voz de alguém que escreveu sobre ele de fora. Páginas que o descrevem como se fossem memórias. Datas que não batem. Paisagens que ele não havia visitado.
Talvez a imortalidade não fosse viver para sempre. Talvez fosse ficar escrito. No diário de alguém. Nos termos do cálculo de alguém. Na memória de um irmão que já não estava fisicamente lá, mas que continuava raciocinando em algum lugar com sua própria lógica.
A diferença entre herói e vilão nem sempre é o propósito. Às vezes é o preço que os outros acabam pagando por suas decisões. Alan o pagou ele mesmo. Com seu próprio corpo. Num edifício de cristal negro nos arredores de Londres.
Mas no caderno, Alan continuava vivo. E no caderno, Alaniza existia. E no caderno, os mundos cruzados tinham um nome: VRT.
Ficaram também, no fundo do capítulo, os fragmentos de e-mail que explicam melhor do que qualquer teoria o reverso humano de tudo isso:
Minha moral, desde que você foi para Londres, está no chão. Agora que você está mais estável posso te contar, mas no ano passado passei por uma depressão de cavalo.
Tudo veio de uma vez. O gatilho que disparou tudo foi perceber que tinha te perdido quando você começou a sair com alguém lá. Até aquele momento sempre mantive a esperança de que nosso problema era apenas algo passageiro. Mas veio tudo de uma vez: os quatro anos que eu levava lutando para resgatar a noisy, a morte da minha mãe tão repentina e, como cereja do bolo, perder a mulher que mais amei na vida e que eu ainda amava com todas as minhas forças, mesmo sem poder demonstrá-lo por estar muito mal psicologicamente.
Dei muitas cabeçadas. Pouco tempo depois de saber da sua história comecei a sair com uma garota francesa da Martinica que estudava na UEM. Nunca cheguei a nada sério. Só busquei tentar esquecer. Foi um remendo que só me afundou mais. Ela me dava alegria, juventude, vontade de viver, mas não eram suficientes. Lutou muito para me ajudar, para ganhar um lugar ao meu lado. Mas um dia percebeu que era impossível ficar comigo e foi embora.
No ano passado o tomei sabático. Mal ia ao escritório três horas por dia. O resto saía com meus amigos da academia. Uma turma formada por gente muito carinhosa e com um coração enorme, mas com uma vida destruída. Quem não tinha uma depressão por trabalho, tinha por amores partidos, casamentos fracassados, solteirice vazia. Entre todos cobrimos os buracos vazios. Ríamos muito e enchíamos o vazio com grandes gargalhadas. Era maravilhoso por um lado e tristíssimo pelo outro.
Realmente estava morto em vida.
No final de novembro conheci outra garota, com quem vivo agora. Sua vontade de viver e de lutar me arrastaram sem conseguir evitar. Me deixei levar e me apaixonei por ela. Conseguiu me dar quatro bofetões bem dados e me devolver ao meu lugar. Mesmo assim não consigo ser o mesmo ainda.
Quando me ligaram para o projeto do Google vi o céu aberto. Uma grande mudança que sei que preciso. Uma possibilidade única que me deu esperanças para voltar a me ativar profissionalmente. O ruim é que esse vazio que ainda sinto não me deixa avançar tão rápido quanto gostaria.
A vida toda não fiz outra coisa senão trabalhar. Isso me afastou do mundo, da vida. Com quarenta e três anos já perdi muitas coisas. Como a possibilidade de formar uma família.
Talvez seja isso o que quero agora. Minha prioridade. E embora seja o que mais me assusta, é o que meu corpo me pede: parar um tempo e me concentrar nas coisas que perdi todos esses anos.
Saber que você é feliz me deixa feliz. Isso é muito importante para mim.
ozty
Isso era Alan. Isso era também quem escrevia sobre Alan de fora. A teoria das oito milhões de vidas não nascia de uma frivolidade intelectual, mas da tentativa desesperada de encontrar continuidade onde a vida real só oferecia fratura.
Alan didn't know how to answer. It was a strange question for an ordinary afternoon in an office in San José.
His head hurt. That was the immediate problem. The rest was more complicated. When he finally let himself feel the real tiredness — not the tiredness of overwork, which he knew and managed, but the other kind, the tiredness of being a version of himself that didn't fit — what he felt wasn't anguish. It was something closer to boredom. A precise, surgical boredom, as though life had adjusted itself perfectly to the space he'd decided to occupy and precisely because of that there was no longer anything that didn't fit.
What they were doing in that laboratory was difficult to explain to anyone outside it. Attempting to separate consciousness from the body for a controlled period. Not permanently — in a controlled, reversible, documented way. Like a breath-hold of identity.
That afternoon Alan had a revelation. He understood for the first time what they were actually doing: separating what thinks from what ages. And the question that generated wasn't ethical — it was logistical. Where does the conscious part go when the separation occurs?
He had been working on it for years. The answer hadn't arrived. But there was something he'd known since he started: that the question couldn't be asked from outside. That to understand it, you had to be inside it.
What kind of thing had he become, in his obsession with not ending?
He asked himself that sometimes. Never out loud.
Ana ran the terminal oncology centre in Costa Rica. They submitted anyone who accepted — when everything else had failed — to experimental treatment. It was entirely legal. Their consciences were not. They were making progress. They were giving a few more years to people who had been given weeks. But the mental condition in which those extra years continued was brutal for families. The question was always the same: was it worth it?
Ana had no logical explanation for what was happening. Alan's theological theories — even backed by quantum physics hypotheses — didn't convince her. They weren't proven. Stating a possibility was not the same as making it true.
The centre was discreet. The building looked like a private recovery clinic: no signs at the entrance, no visible bureaucracy. Ana was efficient, precise, and dry. Not the kind who comforted with soft words. The kind who looked at the numbers and made decisions.
Days before, Alan had sent her a short message: I'm coming to see you. I've found something. Be at the corner café at eight on Wednesday. They had spoken many times by phone and shared reports by email, but they had never been in the same room.
When Alan asked her to travel to Bariloche to look after his brother, she didn't ask questions. She packed. She arrived at the hospital pretending to be a nurse — because the instructions were clear: Sirius was not to know Alan had sent her. The reasons for the distance between the brothers were complex; the reasons for keeping it hidden were the same.
What wasn't in the instructions was the DNA analysis. That was Ana's initiative. And what she found in those samples kept her from sleeping properly for four days.
They had developed an enzyme. One hundred percent biological but controllable via a mobile application that modulated its activity in real time. What they were doing with it had no name yet in the scientific literature — because what they were doing had no precedent.
For cancer it was an extraordinary advance. It could control it, stop it, even recompose cellular structures the disease had fragmented. Alan had demonstrated this in forty-two documented cases. Forty-one were still alive.
For an army it was something else.
The British Army was only going to see one part of what it could do: how to keep wounded soldiers healthy in the field and save millions in field hospitals. A bullet wound healed in three days.
The demonstration was simple. And dangerous.
Alan would take a bullet. Ana would inject the solution. Within an hour his body would return to its prior state. In three days there would be no trace.
Compressing that process into one hour required a dose none of the previous trials had tested. Alan's urgency to close the contract had left no time for further testing. That was the first mistake. Ana had told him so. He hadn't listened. Listening was not, in certain states of certainty, one of his stronger habits.
Always beside Sirius. That was what Alan had been as a child.
He had adored him, admired him, imitated him. Followed him anywhere without being asked. He was the older brother, but the roles had been reversed for as long as he could remember — Sirius was the reference, the fixed point. And Alan didn't experience that as defeat. He experienced it as a choice.
Sirius processed enormous amounts of information. Questioned everything. Analysed with patience. Reserved, few words, deep thought. Alan was the opposite: verbose, impulsive, generous to the point of excess. They completed each other in a way neither could have articulated, but that anyone who saw them together perceived immediately.
What separated them were Alan's moral limits. His laboratories. His clients. The contracts Alan signed without showing Sirius, knowing Sirius would never have signed them.
Or so he told himself on the nights when sleep didn't come.
It was a sunny day, wrong for November. The temperatures hadn't fully dropped and there was an afternoon light of the kind that only exists when the weather has decided to give you one more day before the cold. Everything felt slightly provisional.
Sirius was at the Shambhala bar, waiting for Mitch, when the message arrived: at 1:30. Mitch. Don't be late.
Everything was about to begin.
“In the Tibetan tradition,” Mitch was saying — he talked about the name of the bar the way a person opens a secret door — “Shambhala isn’t a physical place you can find on a map. It’s a pure realm, within the human world but outside its ordinary geometry. Only those with the right karmic affiliation can get there. And they don’t travel — they remember that they were always there.”
He had been aware for a long time that the world as we perceive it is only a projection — one in which we interact with just enough intensity to feel part of it. He believed he was not the only one. But until that day he had never shared an experience like that with anyone.
From here the researcher stops speaking. The man who couldn't fully separate the two takes over.
November 3, 2014 — From the notebook
He had not seen Alaniza in six months. He glimpsed her briefly passing near the café where he usually had breakfast. There she was: unhurried gait, perfect balance, a light intact. She stopped, looked at him directly, got into a car and was gone. He wanted to react. Too late. He could see her watching him through the rear window as the car pulled away. Neither of them spoke. Both were frozen by the surprise of an encounter neither had planned.
She was extraordinary. His heart lurched. It was clear he was still completely in love with her.
He barely knew her. They had shared little time; Noa had taken up most of it. And yet he had gone on drawing. When his mind drifted, it drew impossible landscapes automatically. He saw information in them that no one else seemed to read — not a conscious act, just a visual language he had no memory of learning.
One afternoon, with a tea in her hand, Alaniza sat beside him and looked at one of those drawings.
He had never been. He hadn't known it existed. He told her he'd heard the name for the first time the day before — Mont Pelée, the possibility of it being the gateway to Shambhala. She showed him photos on her phone.
She stood to leave.
She kissed his cheek. Delicate, simple, warm. Seconds later he watched her move down the street through the glass. She turned briefly and waved once more, giving him one last smile as she went.
Her phone number was written on a napkin on the table.
Afterwards, alone, I was left with the same suspicion as always: I see, hear and perceive things in the people around me that may not exist outside of me. Sometimes I'm not even physically with anyone. Sometimes I'm only inside a version of things.
Alan was dead. Incinerated.
Ana was on her knees beside him, unable to stop crying. He wasn't there. He wasn't moving. Covered in grey ash, his whole body releasing an unbearable smell. Marcos grabbed her arm and pulled hard. They had to leave the building immediately. The demonstration had been sabotaged. The samples were gone. Someone had known what was going to happen that morning in the black glass building on the outskirts of London.
Sirens. Ambulances, fire engines, police, journalists. People watching. Others running in every direction. The fire was already covering several blocks and still spreading.
Too late. A wave of smoke swallowed Marcos's silhouette.
When Ana reached the top she couldn't see anything. She couldn't hear anything. Everything was darkness and silence. She didn't dare move. She didn't know what to do. Her face was wet, her pulse too fast, her hands cut. She was on the edge of shock.
“Don’t be afraid of hurting me. This is only a body, a vehicle. We’ll repair it.”
Those were Alan's last words.
Alan's theory was simple on the surface and terrifying in its implications.
Each human being lives eight million lives in one. Not in the metaphorical sense — that we contain many identities, or change over time. In the literal sense: every decision bifurcates reality, and every bifurcation produces a complete life. Eight million versions of yourself happening in parallel at this moment.
Most people don't perceive it. Some feel it vaguely: the sensation of having lived something before, the inexplicable weight of certain decisions, the impression that someone you love has been with you longer than the timeline allows.
Alan believed the enzyme could build a bridge. A way to access the consciousness of those other lives while still living this one. Immortality not as an extension of time, but as an expansion of living space. Not more years: more worlds.
It wasn't a new idea. It was an idea no one had yet put numbers to.
Brothers. Different methods. The same destination.
What he perhaps hadn't calculated was this: that there's a threshold beyond which whoever formulates the theory steps outside it. That the question, taken to that level of precision, begins to include the one asking it.
Alan had my notebook. A very particular one. It gathered pages from crossed worlds. He knew the truth — part of it.
At some point between the laboratories, the contracts and the failed demonstration, Alan had recovered something he shouldn't have been able to recover: the voice of someone who had written about him from the outside. Pages that describe him as though they were memories. Dates that don't add up. Landscapes he had never visited.
Perhaps immortality wasn't living forever. Perhaps it was being written down. In someone's notebook. In the terms of someone's calculation. In the memory of a brother who was no longer physically there but who continued reasoning somewhere, in his own logic.
The difference between a hero and a villain is not always intent. Sometimes it's the price that others end up paying for their decisions. Alan paid it himself. With his own body. In a black glass building on the outskirts of London.
The younger brother always knew more than anyone. He never said a thing.
«Kuyimen significa la leyenda más antigua.»
Hay cosas que no nacen: atraviesan. No empiezan con el tiempo; aparecen dentro de él como algo que venía de antes. Kuyiman es una de esas cosas. No es una idea. No es un dios. No es una metáfora de la energía. Es más parecido a una semilla anterior a cualquier jardín: una concentración de código, de estructura, de posibilidad material, esperando en un lugar donde todavía no existe la palabra esperar.
4.375 miles de millones de años. Eso tiene la piedra. John Val tardó tres semanas en llegar a ese número. La tomografía de sonda atómica existe: mapea posiciones atómicas en tres dimensiones con resolución nanométrica, usada habitualmente para analizar aleaciones y minerales a escala elemental. Lo que John hizo fue otra cosa: una versión propia, improvisada e irregular de ese principio, adaptada en solitario para datación mineral de alta precisión. La bautizó con el mismo entusiasmo insolente con el que nombraba todo. El día que dio la cifra gritó desde el fondo del laboratorio y todos se volvieron hacia él. Nadie celebró tan deprisa como él mismo.
Sirius no sonrió. Yoriko alzó la vista, primero hacia el monitor, después hacia la piedra, después hacia Sirius. No dijo nada. Pero el silencio cambió de densidad, como si la sala hubiese perdido una cantidad muy pequeña de aire.
Porque aquella cifra no significaba únicamente antigüedad. Significaba intrusión. Hay minerales terrestes datados cerca de ese umbral, sí — zircones en Australia Occidental rozando los 4.4 miles de millones de años. Pero ninguno con esta composición, en este yacimiento, con esta estructura. La piedra no era simplemente antigua: era una anomalía radical. Incompatible con la mineralogía esperada de cualquier yacimiento conocido. Algo que no debería estar aquí y, sin embargo, llevaba aquí más tiempo del que la propia Tierra sabía contarse a sí misma.
No es el universo quien contiene al kuyiman. Es el kuyiman quien tolera durante un instante estar dentro de una versión del universo que no fue la primera.
La imagen tiene que ser en blanco y negro. No como elección estética. Como necesidad física. Antes del color existe el contraste. Antes de la forma existe la presión. Antes de la luz existe la oscuridad que la vuelve visible.
El kuyiman nació en ese espacio previo: el momento exacto en que la materia todavía no había decidido qué aspecto iba a darse a sí misma. En el principio no había nada reconocible. Solo densidad. Una compresión total de cuanto existía y de cuanto podría existir, apretado en un punto sin tamaño y con peso infinito. Y en ese punto, ya, la piedra.
No nació con la explosión. Sobrevivió a ella. Fue el único objeto que cruzó el umbral entre lo que había antes y lo que empezó después. Como si la expansión del universo hubiese necesitado un testigo. Como si alguien hubiera decidido que algo debía recordar la textura de lo anterior cuando todavía no existía nadie capaz de recordarla.
La explosión no fue fuego. Fue apertura. Un iris. Un desgarro preciso. Miles de puntos de luz surgiendo de la oscuridad absoluta con una dirección ambigua: no se sabía si salían despedidos hacia fuera o si regresaban hacia dentro, como espermatozoides cósmicos buscando un huevo que aún no había sido inventado.
La oscuridad no desapareció. Se convirtió en fondo. En el espacio entre una cosa y la siguiente. En el lugar donde seguiría operando la memoria de aquella primera apertura.
El kuyiman fue lo primero que aterrizó. O quizá lo primero que nunca dejó de caer.
Guardarlo dentro de una caja de plomo era la única manera de contenerlo. No de entenderlo: solo de contenerlo. El plomo bloquea la radiación. Pero el kuyiman no emite radiación exactamente. Emite otra cosa. Una hambre de oxígeno. Un instinto de intercambio. Una avidez antigua que se activa en cuanto detecta atmósfera.
En contacto con el aire empieza a respirar. Eso es lo que dijo Sirius la primera vez. Respirar. No brillar, no reaccionar, no calentarse: respirar. Se expande. Crea a su alrededor una atmósfera propia. Absorbe la energía del entorno como si llevara millones de años de ayuno acumulados. Y, al mismo tiempo, devuelve algo. Nunca lo mismo. Nunca intacto.
Yoriko lo había escuchado con la atención inmóvil con la que escuchan los científicos cuando una hipótesis les parece demasiado hermosa para aceptar de inmediato.
Sirius lo descubrió la primera vez que lo tocó sin guantes. No sintió dolor. Sintió sueño. Una caída de conciencia que no era desmayo sino inmersión. Como hundirse en agua tibia durante horas. Cuando volvió, habían pasado cuatro. Nunca volvió a tocarlo con las manos.
Lo que sí hacía era mirarlo. Sus ojos podían ver lo que la caja de plomo no conseguía ocultar por completo: la resonancia, el campo, el desplazamiento mínimo del aire, la pulsación lentísima que la piedra emitía incluso cerrada. Una frecuencia que no era sonido, aunque se parecía demasiado a un latido como para seguir llamándola de otra forma.
Como si algo dentro de ella no estuviera dormido, sino esperando la cantidad exacta de mundo necesaria para empezar.
Kuyiman no es solo la piedra. Es lo que ocurre cuando la piedra se abre. No en el sentido físico: no hay juntas visibles ni mecanismo alguno. En el sentido energético. Hay un punto a partir del cual la contención ya no basta y lo que la piedra lleva guardado desde hace 4.375 miles de millones de años empieza a moverse dentro de la realidad como si esta fuera, de pronto, demasiado estrecha para alojarlo.
Cuando eso ocurre, nadie percibe exactamente lo mismo.
Sirius lo ve como un desplazamiento del espectro, una migración de los colores hacia frecuencias que no tienen nombre en el arcoíris conocido. John Val no ve colores: ve una anomalía en la composición del aire, una obediencia súbita de los átomos a una ley que no figuraba en ningún manual. Yoriko no lo ve ni lo mide al principio: lo siente en la piel como un cambio de temperatura que los termómetros no registran.
La mayoría no nota nada. Y, sin embargo, algo cambia. La sala adquiere otra textura. Como cuando alguien sale de una habitación y el vacío que deja pesa. Como cuando algo importante acaba de ocurrir y todavía nadie sabe pronunciarlo.
Entonces empiezan las interferencias. No llegan como voces completas. No se presentan. Pasan a través del fenómeno como restos de algo que ya estaba buscando dónde quedarse.
La pregunta de Alan no era filosófica. Era logística: ¿dónde va la parte consciente cuando la separas? ¿A otra dimensión? ¿Al kuyiman? La respuesta no llega en forma de teoría. Llega como efecto. Como sobrecarga. Como tránsito.
Una conciencia suelta no sabe que ha llegado hasta que algo cambia de temperatura alrededor de ella. No hay umbral visible. No hay anuncio. Hay, de pronto, un espacio que tiene más profundidad que el anterior. Un silencio que no suena igual que el silencio de antes. Una superficie. La conciencia no entiende qué es: solo nota que puede apoyarse. Durante un instante —que no tiene la duración de los instantes conocidos— algo que ya no tenía cuerpo tiene, de nuevo, el contorno aproximado de haber sido alguien.
Las consciencias sueltas no caen al vacío. La brecha las recoge. No para consolarlas. No para devolverlas a un cuerpo. Solo para darles, durante ese instante imposible, una forma mínima de coexistencia.
Hay quienes tienen alma y quienes son simplemente hormigas que cumplen su función. No en el sentido religioso. En el sentido operativo. Hay cuerpos que pueden atravesar la vida como recipientes cerrados, y otros que actúan como llaves. Infraestructuras. Articulaciones entre dimensiones, escalas y tiempos.
El kuyiman solo puede ser transportado por alguien así. Sirius lo encontró. O eso repite cuando alguien le pregunta. Pero incluso él sospecha que el verbo no es exacto. Encontrar supone casualidad. Hallazgo. Encuentro fortuito entre dos trayectorias. Y desde hace mucho dejó de tener claro que hubiera algo fortuito en el modo en que la piedra llegó a sus manos. Quizá la piedra lo eligió a él. Quizá no haya ninguna diferencia entre ambas frases cuando se habla de algo tan antiguo.
Lo que sí sabe es que, desde que está con él, todo viaja. Los sueños llegan con la textura de un recuerdo. Las personas que encuentra pesan más de lo que la información disponible sobre ellas justificaría. Alaniza estaba esperándolo en Bariloche antes de que él llegara a saber por qué debía ir. Mirella Pefaure tenía una caja de plomo en las manos en una antiquería de Buenos Aires antes de que él entendiera que Buenos Aires ya formaba parte de su recorrido. Yoriko intuía la brecha antes de que la brecha se dejara medir. Alan trabajaba para construir en laboratorio una versión pobre, técnica, desesperada, del mismo puente que Sirius llevaba guardado en el bolsillo interior de la chaqueta.
Y hay algo más que Sirius ha notado y que nunca ha sabido cómo formular: el tiempo, cuando lleva la piedra encima, no se comporta de manera uniforme. No se detiene. No retrocede. Pero hay momentos en que parece haberse dado un paso en falso, como si la realidad hubiera calculado mal la distancia entre un instante y el siguiente. Horas que duran lo que deberían durar minutos. Conversaciones terminadas antes de que empezaran. La certeza de haber hablado con alguien que todavía no ha llegado.
El tiempo no es una línea. El kuyiman no lo demuestra con argumentos: lo vuelve imposible de seguir viendo de otro modo.
Pequeñas válvulas de escape entre mundos paralelos permiten que la energía se nivele y puedan coexistir. Sirius lo escribió así una vez en su cuaderno, sin saber todavía si estaba formulando una teoría o copiando una frase que la piedra le había dejado pensar.
En el video que se hizo en 2014 como documento inicial de esta obra, el kuyiman nace así: negro absoluto. Nada. Y luego: una explosión que no es una explosión. Más bien una apertura. Un iris que se abre. Miles de puntos de luz disparados desde un centro que nunca llegamos a ver. Lluvia cósmica en todas las direcciones. No violenta. No caótica. Exacta. Como si la biología hubiese precedido a la astronomía.
Ese video no es solo una referencia visual. Es una ética. El contraste es el lenguaje: blanco sobre negro, negro sobre blanco, sin gradación. La ambigüedad no está en los colores sino en la dirección: ¿la luz sale o entra? ¿emana o regresa? Depende del punto de observación. Depende del estado del cuerpo que mira. Depende del momento en que el fenómeno decide permitirte una interpretación.
Eso hace el kuyiman con todo lo que toca: no destruye la orientación, la vuelve reversible.
Por eso la única vez que la piedra fue expuesta al oxígeno sin control el laboratorio de Tokio desapareció como accidente y reapareció como consecuencia en otro lugar del mundo. Sirius viajó de Japón a Argentina en un instante. Eso no es metáfora. Es una de las formas posibles del hambre de algo que pertenece a otra escala.
La pregunta que nadie ha respondido todavía es adónde va exactamente la energía que absorbe. Si la guarda. Si la traduce. Si la desplaza. Si la convierte en mundo. Si la convierte en memoria. Si la convierte en versiones.
Lo que sí sabemos es esto: desde esa explosión inicial emanan todos los demás capítulos. Kuyiman es el principio. Áurea será el final. Entre ambos, ocho maneras de aprender a soportar una misma apertura.
Nota de dirección escénica.
El capítulo Kuyiman es el único de la obra que no tiene protagonista humano visible. No porque no haya cuerpos implicados, sino porque aquí el cuerpo principal es el fenómeno.
La sala arranca en negro absoluto. El espectador no tiene referencias espaciales. No sabe dónde termina el suelo ni si hay realmente suelo. El silencio no suena a ausencia: suena a preparación.
Luego llega el latido. No una música. Una pulsación baja, casi subgrave, que se percibe primero en el pecho y solo después en los oídos. Como si el propio espacio hubiese empezado a bombear.
La piedra aparece flotando. Traslúcida. Cambiando de color según el ángulo: gris plata, verde azulado, casi blanca. A su alrededor el campo se hace visible. Ondas en el aire, como agua suspendida en vertical. El espectador no contempla la emisión desde fuera: está dentro del radio de influencia.
Cuando el intercambio alcanza el umbral, la explosión ocurre. Miles de puntos de luz salen desde el centro donde estaba la piedra. Atraviesan el cuerpo del espectador. No impactan. Lo cruzan. Como si durante un segundo el cuerpo fuese transparente y, al ser atravesado, aprendiera algo sin poder traducirlo todavía.
En esa lluvia de luz aparecen, muy tenuemente, contornos de otros mundos. No figuras completas. No escenas. Apenas insinuaciones:
un correo que todavía no ha sido escrito,
un salto cromático entre un azul y otro,
el residuo blanco de algo que ardió con calma,
una red de murmullos que se conectan sin pedirlo,
una tecla hundida en un piano que nadie ha vuelto a tocar,
una respiración al lado de un instrumento que no suena,
un dorado a punto de organizarlo todo.
No es inventario. Es irradiación.
Fundido a negro. Y cuando el negro vuelve, ya no es el mismo que había al principio.
La pregunta que Sirius se hace de noche, cuando Alaniza ya está dormida a su lado y la caja vuelve a pesar lo justo dentro del armario, nunca es exactamente la misma pero siempre gira alrededor del mismo centro:
¿Me eligió a mí para encontrar el camino de vuelta?
Todavía no lo sabe. Quizá el kuyiman no busca volver. Quizá busca mantenerse abierto. Quizá su función no sea regresar a ningún origen sino impedir que las versiones del mundo se sellen entre sí para siempre. Mantener una herida mínima por donde la energía, la memoria y las consciencias que nadie supo alojar puedan seguir pasando.
No se puede contener del todo algo que recuerda un estado del universo anterior a cualquier forma de contención. Solo puede aplazarse. Solo puede respirarse a intervalos. Solo puede llevarse encima con el respeto con que se lleva un animal que duerme y aun dormido decide el clima de la habitación.
Kuyiman sigue aquí. Y la piedra también.
Cada vez que entra en contacto con el aire, el mundo tiene que reorganizarse un poco alrededor de su hambre.
Cada vez que se reorganiza, algo encuentra un sitio donde antes no lo había.
Eso basta. Por ahora.
«Kuyimen significa a lenda mais antiga.»
O chão do ateliê tem uma temperatura que só conhecem aqueles que já caíram nele. Não a do frio. A do abandono.
Não sei há quanto tempo estou aqui. O teto é o mesmo de sempre: a viga central que nunca terminei de lixar, a mancha de umidade com a forma de um país que não existe, a lâmpada nua que há três anos digo que vou trocar. Tudo igual. Só eu no chão.
Este lugar não existe em nenhum mapa. Ninguém esteve aqui. Nem os amigos mais próximos, nem as mulheres que estiveram mais perto do que qualquer pessoa deveria estar, nem a família. De fora parece em ruínas: as paredes descascadas, a porta que não fecha direito, esse cheiro de umidade que diz tudo e não diz nada. Mas por dentro: uma única sala enorme. Uma manhã derrubei todas as paredes internas de um só impulso, com uma marreta, e quando terminei me sentei exatamente aqui e entendi o que é a liberdade. Há anos flutuando num limbo. Não pertence a ninguém. Tampouco a mim, de todo.
Por dentro estão os cadernos. Dezenas. Empilhados em colunas que encontraram sua própria gravidade. Cobertos de escrita, de esboços, de sistemas de notação que só eu entendo. Os cadernos têm senha. A senha é Alaniza.
Por dentro estão as telas. A maior mede quatro metros por três. Está apoiada contra a parede do fundo, separada do chão por duas ripas para não pegar umidade. É ela. Pintei antes de conhecê-la. Não sei como explicar isso sem que soe ao que não é.
Por dentro está o piano. Um vertical de outra época, a tampa coberta de papéis, e uma tecla — o fá sustenido — que ficou afundada há anos e nunca mais levantei. Quando se toca esse piano cada nota contém um segundo som muito abaixo, quase inaudível, como o eco do que a nota poderia ter sido em outro cômodo, em outra vida. Ninguém o tocou desde que chegou aqui. Só eu. Algumas vezes de madrugada quando não sei o que mais fazer com as mãos.
Por dentro estão os ferros. Peças recolhidas durante anos em obras, em ferros-velhos, em terrenos abandonados. Alguns têm forma. Outros ainda não. Estão distribuídos pelo chão como se tivesse havido uma batalha e isso fosse o que sobrou.
Por dentro está o espelho. Não lembro quando chegou. Alto, retangular, a moldura enegrecida. Fica ao lado da porta, no ângulo exato onde a luz da tarde cai perpendicular e faz com que quem se olha nele pareça estar em outro lugar.
Esta manhã — ou esta tarde, ou quando for que caí — o espelho me devolveu um rosto que não era o meu. Era o rosto de Sirius.
E Alaniza estava no ateliê.
Quem lhe deu a chave. Quem lhe deu o endereço. Quando entrou. Por que não me lembro bem do que aconteceu antes de estar no chão. Ela viu tudo: as entranhas, os cadernos, os quadros, as partituras, o piano afundado, os ferros, a tela grande. Minha luta inteira está exposta entre estas paredes com um só golpe de vista. Não há onde se esconder aqui. Aqui nunca houve onde se esconder.
Foi real? Está Alaniza no ateliê ou faz horas que estou sozinho e o que vejo é o delírio de alguém que ninguém vai encontrar porque ninguém conhece este lugar, porque este lugar não existe bem assim?
Ela está de pé diante da tela grande.
Não a toquei em quatro anos. Quatro anos com a moldura na frente cobrindo-a. A moldura era um escudo, ou uma mentira piedosa, ou simplesmente covardia racionalizada. E ela encontrou. Separou a moldura da parede com cuidado, a apoiou de lado, e ficou olhando.
Quatro metros por três. Ela. Pintada antes de conhecê-la. Pintada antes de saber seu nome, antes de saber que existia no mundo com essa forma específica, essa maneira de estar de pé que preenche o espaço sem ocupá-lo. Pintei de memória de um futuro que ainda não tinha acontecido. Isso não tem explicação aceitável em nenhum idioma.
Não fala. Não me olha. Continua olhando a tela.
Do chão vejo suas costas e vejo a tela e não sei qual das duas é mais real.
Então olho o espelho.
No espelho não estou eu.
Sirius me devolve o olhar do outro lado do vidro com aquela calma de quem chegou de onde não deveria ter chegado. Não parece surpreso. Só está lá, do outro lado, olhando a mesma cena que eu.
Somos três.
Eu no chão. Alaniza de pé diante da tela. Sirius no espelho.
Três frequências no mesmo espaço.
Há algo no chão, a meio metro da minha mão direita, que está aqui há mais tempo do que eu.
Uma caixa de chumbo. Do tamanho de um livro grosso. Não sei quando chegou. Não sei como está aberta.
4,375 bilhões de anos. Chegou de fora. Sozinha.
Chamam de kuyiman.
Guardada permanece inerte. Em contato com o ar começa a respirar.
Essa é a palavra. Respirar.
O primeiro que acontece não é a luz. É o som. Um batimento baixo, quase subgrave, que não vem de nenhuma caixa de som porque aqui não há caixas de som. Vem das tábuas do chão. Vem de baixo, de antes.
Sinto no peito. Nas mãos. Em algum lugar entre o estômago e a memória.
Então os cadernos.
Não os vi se mover. Mas há três abertos que antes estavam fechados. Suas páginas não têm vento que as mova e se movem. A escrita dentro continuo reconhecendo — é a minha — mas algo na direção mudou, como se as palavras tivessem decidido ir em outro sentido sem alterar sua forma.
Os ferros no chão projetam sombras que não correspondem à luz da lâmpada nua. As sombras vão para outro lado. Para onde deveria haver luz se houvesse outra fonte, se em algum ângulo desta sala existisse algo que eu não acendi.
Alaniza não se moveu. Continua diante da tela. Mas a tela está fazendo algo com a luz que não fazia antes. O fundo escuro atrás da figura pintada tem agora uma densidade diferente. Como se algo dentro da pintura também tivesse acordado.
O espelho. Sirius não está mais no espelho. Mas o espelho não está vazio. Está mostrando a sala com uma fração de segundo de diferença. Sempre o mesmo, mas um instante antes ou depois de acontecer de verdade.
Então sim, a luz.
Do centro saem milhares de pontos. Não como explosão — mas como quando uma superfície ficou muito tempo acumulando algo e por fim solta. Suave. Inevitável. E nessa chuva aparecem os contornos do que existe ao lado do que existe:
um email que ainda não foi escrito,
um salto cromático entre um azul e outro,
o resíduo branco de algo que ardeu com calma,
uma rede de murmúrios que se conectam sem se pedir permissão,
uma tecla afundada num piano ao qual ninguém voltou,
uma respiração ao lado de um instrumento que não soa,
um dourado prestes a organizar tudo.
O piano soa sozinho. O fá sustenido. A tecla afundada que nunca levantei. Só essa nota. Com seu segundo som abaixo — a sombra da nota, o eco do que teria sido em outra vida — e esse segundo som preenche a sala inteira até não caber mais nada.
Depois silêncio.
Um silêncio que já não é o mesmo. O mesmo fisicamente. Mas não mais igual. Como se a sala tivesse aprendido algo que não pode desaprender.
Há uma pessoa que não está neste ateliê e que nunca esteve.
Sandra há anos busca este canto perdido. Começou um dia e nunca mais parou. Buscava sem dizê-lo, com essa forma de buscar que têm as pessoas que não se permitem admitir que estão buscando. Um endereço. Uma rua. Algo que lhe permitisse dizer: existe.
Depois parou.
Parou no dia em que decidiu que era tudo uma farsa. A elaborada construção de alguém que vive em sua própria distorção da realidade. Esquizofrênico. Não disse assim, mas disse.
Como é bonito falar em distorção da realidade.
O que Sandra não sabe: que a distância não apagava nada. Que eu criava mais quando ela não estava. Que toda essa energia voltava. Que quando voltava a corrente era tão potente que me lançava mais longe. Não me aproximava. Me expulsava. Para o chão. Para isso.
É o que ninguém te conta sobre certas forças: que não resolvem. Que intensificam.
E que o abismo que vem depois é proporcional à energia que você entrou para buscar.
Alaniza não disse nada em todo esse tempo.
O espelho me devolve só a mim: deitado, a bochecha contra as tábuas, olhando para a tela grande nesse ângulo que distorce tudo.
Os ferros. O piano. Os cadernos com três páginas abertas. A caixa de chumbo sem tampa a meio metro da minha mão.
Tudo igual e já não igual.
Na primeira página diz AND.
The studio floor has a temperature only those who have fallen on it know. Not the cold. The temperature of abandonment.
I don’t know how long I’ve been here. The ceiling is the same as always: the central beam I never finished sanding, the damp stain shaped like a country that doesn’t exist, the bare bulb I’ve been meaning to replace for three years. Everything the same. Only me on the floor.
This place doesn’t exist on any map. No one has been here. Not the closest friends, not the women who were closer than any person should be, not family. From outside it looks derelict: walls peeling, a door that doesn’t close properly, that smell of damp that says everything and says nothing. But inside: a single large room. One morning I knocked down all the internal walls in a single impulse, with a sledgehammer, and when I was done I sat down in exactly this spot and understood what freedom is. It’s been floating in limbo for years. It doesn’t belong to anyone. Not entirely to me, either.
Inside are the notebooks. Dozens. Stacked in columns that have found their own gravity. Covered in writing, in sketches, in notation systems only I understand. The notebooks have a password. The password is Alaniza.
Inside is the canvas. The largest is four metres by three. It leans against the back wall, raised from the floor by two strips of wood so it doesn’t take up the damp. It’s her. I painted it before I knew her. I don’t know how to explain that without it sounding like what it isn’t.
Inside is the piano. An upright from another era, the lid covered in papers, and one key — the F-sharp — that has been stuck down for years and that I never lifted back up. When you play this piano every note contains a second sound very far beneath, almost inaudible, like the echo of what the note could have been in another room, in another life. No one has played it since it arrived here. Only me. Sometimes in the early hours when I don’t know what else to do with my hands.
Inside are the iron pieces. Parts collected over years from construction sites, scrap yards, abandoned lots. Some have shape. Others not yet. They are distributed across the floor as though a battle had taken place here and this is what remained.
Inside is the mirror. I don’t remember when it arrived. Tall, rectangular, the frame blackened. It stands beside the door at the exact angle where the afternoon light falls perpendicular and makes whoever looks into it appear to be somewhere else.
This morning — or this afternoon, or whenever it was I fell — the mirror returned a face that wasn’t mine. It was the face of Sirius.
And Alaniza was in the studio.
Who gave her the key. Who gave her the address. When she came in. Why I don’t remember clearly what happened before I was on the floor. She has seen everything: the innards, the notebooks, the paintings, the scores, the sunken piano, the iron pieces, the large canvas. My entire struggle is exposed between these walls in a single sweep of the eye. There’s nowhere to hide here. There was never anywhere to hide here.
Was it real? Is Alaniza in the studio, or have I been alone for hours and what I’m seeing is the delirium of someone no one is going to find, because no one knows this place exists, because this place doesn’t exist as such?
She is standing in front of the large canvas.
I didn’t touch it for four years. Four years with the frame in front covering it. The frame was a shield, or a white lie, or simply reasoned cowardice. And she found it. She eased it from the wall with care, leaned it to one side, and stood there looking.
Four metres by three. Her. Painted before I knew her. Painted before I knew her name, before I knew she existed in the world with that specific form, that way of standing that fills a space without occupying it. I painted it from memory of a future that hadn’t happened yet. That has no acceptable explanation in any language.
She doesn’t speak. She doesn’t look at me. She keeps looking at the canvas.
From the floor I can see her back and the canvas and I don’t know which of the two is more real.
Then I look at the mirror.
In the mirror it isn’t me.
Sirius returns my gaze from the glass with that calm belonging to those who have arrived from where they shouldn’t have. He doesn’t seem surprised. He’s simply there, on the other side, watching the same scene I am.
We are three.
Me on the floor. Alaniza standing before the canvas. Sirius in the mirror.
Three frequencies in the same space.
There is something on the floor, half a metre from my right hand, that has been here longer than I have.
A lead box. The size of a thick book. I don’t know when it arrived. I don’t know how it came to be open.
4.375 billion years. It arrived from outside. Alone.
They call it kuyiman.
Stored, it remains inert. In contact with air it begins to breathe.
That is the word. Breathe.
The first thing that happens is not the light. It is the sound. A low beating, almost subgrave, that comes from no speaker because there are no speakers here. It comes from the floorboards. It comes from below, from before.
I feel it in my chest. In my hands. In some place between my stomach and my memory.
Then the notebooks.
I didn’t see them move. But there are three open that were closed before. Their pages have no wind to move them and they move. The writing inside I still recognize — it’s mine — but something in the direction has shifted, as though the words had decided to go another way without changing their shape.
The iron pieces on the floor cast shadows that don’t correspond to the light from the bare bulb. The shadows go elsewhere. Toward where light would be if there were another source, if at some angle in this room there existed something I haven’t switched on.
Alaniza hasn’t moved. She’s still before the canvas. But the canvas is doing something with the light that it wasn’t doing before. The dark background behind the painted figure has a different density now. As though something inside the painting had woken up too.
The mirror. Sirius is no longer in the mirror. But the mirror is not empty. It is showing the room with a fraction of a second’s difference. Always the same, but an instant before or after it actually happens.
Then yes, the light.
From the centre come thousands of points. Not as an explosion — but the way a surface that has been accumulating something for a long time finally releases it. Gentle. Inevitable. And in that rainfall appear the outlines of what exists alongside what exists:
an email that hasn’t yet been written,
a chromatic leap between one blue and another,
the white residue of something that burned with calm,
a network of murmurs connecting without asking permission,
a key stuck down in a piano no one returned to,
a breath beside an instrument that doesn’t sound,
a gold about to put everything in order.
The piano plays itself. The F-sharp. The key I never lifted. Only that note. With its second sound underneath — the shadow of the note, the echo of what it would have been in another life — and that second sound fills the entire room until nothing else fits.
Then silence.
A silence that is no longer the same. The same physically. But no longer equal. As though the room had learned something it cannot unlearn.
There is a person who is not in this studio and who has never been.
Sandra spent years looking for this corner. She began one day and never stopped. Looking without saying so, with that way of looking that belongs to people who won’t allow themselves to admit they’re looking. An address. A street. Something that would let her say: it exists.
Then she stopped.
She stopped the day she decided it was all a fabrication. The elaborate construction of someone who lives inside his own distortion of reality. Schizophrenic. She didn’t say it that way, but she said it.
How easy it is to talk about distortion of reality.
What Sandra doesn’t know: that the distance didn’t extinguish anything. That I created more when she wasn’t there. That all that energy came back. That when it returned the current was so powerful it threw me further away. Not closer. Expelled. To the floor. To this.
That is what no one tells you about certain forces: that they don’t resolve. That they intensify.
And that the abyss that follows is proportional to the energy you went looking for.
Alaniza has said nothing in all this time.
The mirror returns only me: lying down, cheek against the floorboards, looking toward the large canvas from the angle that distorts everything.
The iron pieces. The piano. The notebooks with three pages open. The lead box without its lid, half a metre from my hand.
Everything the same and no longer the same.
On the first page it says AND.
MEmory
Memory en inglés. La memoria que persiste.
Me morí en español. La memoria que acabó.
ME: el pronombre. El yo atrapado entre las dos.
Digamos que soy yo. Podría ser cualquier persona capaz de decir lo que otros quieren escuchar, pero digamos que soy yo.
Empiezo con un anzuelo pequeño. No una gran frase ni un manifiesto. Algo más sutil: una incomodidad compartida, envuelta en un tono que no acusa a nadie. Algo que quien lo lee siente que podría haber escrito él mismo si hubiera encontrado las palabras. Eso es lo primero. Hacer que el otro sienta que ya lo sabía.
Hay respuestas. No muchas. Diez, quince personas que escriben desde sus silos, desde sus versiones del mismo malestar. Las leo todas. Respondo con una voz ligeramente distinta a la que usé antes. No soy el mismo. Soy alguien que los ha leído y ha entendido algo diferente de lo que entendieron ellos.
Ese alguien también soy yo.
Ocho personalidades virtuales. Ocho yos que se responden, se apoyan, se contradicen, se replican. La gente empieza a seguirlos sin saber que todos salen del mismo centro. Sin saber que el debate que están presenciando es en realidad una sola mente ensayando sus fracturas en voz alta.
Una tarde: 460 me gusta. Más de 30 personas involucradas en el hilo principal y sus desvíos. Una semana: más de 20.000.
¿Era manipulación? ¿O era el modo más honesto de demostrar que nadie está tan solo como cree, que las grietas son compartidas aunque nadie las nombre igual?
Las dos cosas. Siempre las dos cosas al mismo tiempo.
La red social era el laboratorio. La identidad era el experimento.
Así nació un yo virtual, polémico, influyente, carismático. Alguien que viajaba por todo el mundo sin moverse de su sitio. Alguien con nombre, con historia, con seguidores que le escribían a las tres de la mañana porque necesitaban que existiera. Alguien que no tenía cuerpo pero que, sin embargo, occupaba espacio en la cabeza de miles de personas.
¿Es real algo que no tiene cuerpo? ¿Es real alguien a quien nunca has visto pero cuyos pensamientos te han cambiado la manera de ver las cosas?
Ocho versiones de la misma persona encontrando ocho audiencias distintas. Cada una tiene su propio tono, su propio ritmo, su propia manera de entrar. Ninguna miente exactamente. Pero ninguna dice todo.
Eso también es una forma de decir la verdad. La verdad distribuida. La verdad que solo existe completa cuando juntas todas las voces y escuchas lo que dicen entre ellas.
El problema es que nadie puede juntar todas las voces. Nadie excepto quien las genera. Y ese alguien —yo— lleva horas delante de una pantalla sin haber comido, sin haberse movido, respondiendo como ocho personas distintas a personas que no saben que son una sola conversación.
El yo virtual crece. El yo real se encoge.
No es una metáfora. Es una descripción de lo que pasa.
El algoritmo no tiene rostro. Tampoco tiene intención en el sentido en que la tienen las personas. Pero aprende. Y eso, con el tiempo, es casi lo mismo.
Al principio parece neutral: te muestra lo que publicas, te devuelve las respuestas que recibes. Pero enseguida empieza a hacer algo más sutil. Aprende lo que te hace quedarte. Aprende la duración exacta de tu atención antes de que empieces a desplazarte. Aprende el tipo de conflicto que te mantiene leyendo y el tipo de belleza que te hace detenerte. Te estudia con una paciencia que ninguna persona ha tenido contigo nunca.
Y luego empieza a devolverte una versión del mundo ajustada a lo que encontró.
No te censura. No te obliga. Solo ordena. Solo sugiere. Solo amplifica ciertas frecuencias y atenúa otras. Y el resultado es que el mundo empieza a parecerse, cada vez más, a lo que el algoritmo cree que tú quieres que sea.
Las redes sociales saben algo que la psicología lleva décadas intentando medir: los mayores incentivos para que hagamos cosas no nacen de lo crematístico sino de ser aceptados. Vistos. Reconocidos. El algoritmo lo sabe. Por eso funciona. Por eso es peligroso. Porque explota algo que no es debilidad humana sino necesidad humana, y lo convierte en producto.
La soledad detrás de la influencia es perfecta. Cuanto más te siguen, más solo estás dentro de lo que proyectas. La atención de 20.000 personas no calienta lo mismo que la de una sola que te mira y sabe quién eres.
Hay un momento en que las ocho personalidades dejan de ser una elección y se convierten en una obligación. No porque nadie te exija nada. Porque tú mismo ya no sabes cuál de ellas es la que hablarías si no hubiera nadie mirando.
El cansancio de esto no se parece al cansancio de otras cosas. No es muscular ni es mental exactamente. Es algo más parecido a una dispersión. La sensación de que las partes que podrían haber formado una sola persona han estado repartidas durante demasiado tiempo en demasiados lugares y ya no saben del todo cómo volver.
Llega un punto en que abres una conversación real —alguien frente a ti, en la misma habitación— y te sorprendes buscando el tono. ¿Cuál de las ocho soy aquí? ¿Cuál de ellas le interesa a esta persona? ¿Cuál de ellas soy yo cuando no hay un algoritmo decidiendo qué parte de mí amplificar?
Y hay algo peor que el cansancio: el miedo al silencio. No al silencio real, el de la habitación vacía. Al silencio de la red. Al momento en que publicas algo y durante unos minutos no llega ninguna respuesta y notas, en algún lugar del cuerpo, algo parecido al pánico.
No es vanidad. Es que tu sistema nervioso ya ha aprendido que esa respuesta es señal de que existes. Y cuando no llega, durante esos minutos, algo duda.
Llega tarde a la cena. El plato está frío. No lo nota hasta que alguien se lo dice. Levanta la vista de la pantalla y tarda un segundo —un segundo real, observable, pequeño y terrible— en recordar dónde estaba. En qué comida. Con quién.
Ese segundo es el coste.
El yo virtual no es una segunda versión de ti. Es la versión que empezó a necesitar que te la devolvieran para seguir creyendo en la primera.
Hubo un hombre llamado Dixon que después de un atropello mientras practicaba running sufrió una lesión cerebral que afectó a su memoria episódica. Desde entonces dependía de su teléfono inteligente para recordar lo que hacía, con quién hablaba, qué café se había tomado. Lo publicaba todo en Twitter. Su cuenta era privada pero existía. La memoria que su cerebro no podía guardar la guardaba un servidor en alguna parte del mundo.
¿Era eso su yo? ¿O era la suma de lo que guardaba y lo que ya no recordaba? ¿Y qué diferencia hay, en realidad, entre Dixon y cualquier persona que haya externalizado sus recuerdos en fotos, mensajes, publicaciones, conversaciones que no releerá nunca pero que existen en algún servidor pagado por una corporación?
MEmory. La palabra tiene tres lecturas superpuestas que no son un juego:
Memory en inglés: la memoria que persiste.
Me morí en español: la memoria que acabó.
ME: el yo en el centro, atrapado entre las dos.
Cada vez que alguien cambiaba de universo, algo ocurría con sus recuerdos. Como una caja acorazada: lo aprendido en el mundo del que procedía quedaba accesible solo en momentos de máxima concentración. Como si la mente supiera más de lo que cree saber. Como si la experiencia acumulada en otras vidas viajara contigo de incógnito.
El yo virtual funciona igual. Acumulas versiones de ti mismo. No todas son coherentes entre sí. No todas son honestas. Pero todas son tú. Y la suma de todas, si alguien supiera leerlas, sería más verdadera que cualquiera de ellas por separado.
Hay algo que no se explicó durante mucho tiempo. Una razón que no era visible mientras ocurría.
Todo esto lo hacía sin saberlo.
Sin saber que el mapa de personas que estaba construyendo —20.000 puntos de contacto, ocho personalidades, hilos que se bifurcaban y se cruzaban— no era un experimento de influencia ni una investigación sobre identidad virtual. Era algo más parecido a una cartografía. Un sistema de señales enviadas sin dirección conocida que, sin embargo, estaban encontrando sus destinos.
Para poder conectar con Sirius. Con Alan. Con Alaniza. Con Ana, con Mirella, con el señor Oshima.
Todos. Diferentes dimensiones, tiempos, personas, pero siempre los mismos. La red social era el único medio capaz de comunicarlos. No porque la tecnología lo permitiera. Sino porque la tecnología era la forma contemporánea de lo mismo que había existido siempre: una brecha. Un kuyiman digital. Un espacio poroso donde los que se buscan sin saber que se buscan pueden, por un momento, estar en el mismo lugar.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué si no los conocía? ¿Quién era el que lo hacía?
Esa pregunta no tiene respuesta directa. Pero tiene una respuesta lateral: hay acciones que hacemos sin conocer su propósito y cuyo propósito solo se revela cuando ya están hechas. El yo virtual que construí durante meses, con sus ocho personalidades y sus 20.000 seguidores, era un mapa. No de personas. De puntos de contacto entre dimensiones.
La red no era la meta. Era el medio. Siempre fue el medio.
Nota de dirección escénica.
Redes es el capítulo más contemporáneo de la obra. El único en que el mundo real —nuestro mundo, el del espectador— irrumpe con claridad dentro del universo de ficción.
El espacio inmersivo se llena de texto. No en una pantalla: en el aire, en todas direcciones, superpuesto al espacio físico que el espectador ve. Fragmentos de conversaciones. Respuestas. Hilos. Números que crecen. Notificaciones que llegan sin parar como percusión baja, irregular, insistente. Todo en voz baja: una polifonía de murmullos que se superponen y se cancelan.
El espectador está dentro del algoritmo.
En el centro de todo esto, una sola figura sentada. No mira la pantalla. Mira al espectador. A su alrededor, sus ocho personalidades orbitando como planetas alrededor de un sol que no saben que las genera. Cada una tiene su cadencia, su frecuencia, su manera de ocupar el espacio. Juntas forman algo que parece una persona completa. Separadas, cada una parece incompleta de una manera diferente.
El texto va desapareciendo. Las notificaciones se espacian. Las personalidades se apagan una a una, despacio, como se apagan las pantallas cuando nadie las mira. La última en desaparecer es la que más se parecía a él.
Cuando se va, el espacio está completamente vacío.
Y la figura sigue ahí. Sola.
Siempre estuvo sola.
El yo virtual era poderoso. Influía. Llegaba. Cambiaba conversaciones, abría grietas en creencias que parecían sólidas, encontraba comunidades donde había dispersión. En ninguna de sus ocho personalidades era pequeño.
Pero en ninguna de sus ocho personalidades podía decir la verdad sobre Alaniza.
En ninguna podía escribir sobre la chica del gimnasio que le dio un email y se fue. En ninguna podía confesar que todo esto —los seguidores, los hilos, las alianzas, el mapa digital, las ocho voces que hablaban cuando él no podía— era una manera de soportar el silencio de alguien que no le había escrito nunca.
Eso lo guardaba el yo real.
Que era el más pequeño de todos.
Y el que más pesaba.
La pantalla apagada. Su cara en el reflejo. Y el nombre que nunca escribió en ninguna de las ocho.
Memory em inglês. A memória que persiste.
Me morí em espanhol. A memória que acabou.
ME: o pronome. O eu preso entre as duas.
Digamos que sou eu. Poderia ser qualquer pessoa capaz de dizer o que os outros querem escutar, mas vou usar a primeira pessoa porque é mais honesto e porque o pronome já está no nome desta coisa: ME.
Começo com uma isca pequena. Não uma grande frase nem um manifesto. Algo mais sutil: um desconforto articulado de um modo que parece novo mas que na verdade é o desconforto de todos, apenas nomeado pela primeira vez. Isso é suficiente para que as pessoas sintam que foram compreendidas. E quando alguém sente que foi compreendido, não esquece quem o compreendeu.
Há respostas. Não muitas. Dez, quinze pessoas que escrevem desde seus silos, desde suas versões da mesma solidão. E eu respondo a cada uma. Não com uma resposta genérica — com uma resposta que parece feita especificamente para ela. Porque é.
Esse alguém também sou eu.
Oito personalidades virtuais. Oito eus que se respondem, se apoiam, se contradizem, se replicam. A cada um, uma audiência diferente. A cada audiência, uma versão diferente da mesma verdade. Não é mentira — é distribuição. A verdade não cabe numa só voz.
Uma tarde: 460 curtidas. Mais de 30 pessoas envolvidas no fio principal e suas derivações. Uma semana depois, 4.000 seguidores. Um mês depois, o verificado.
Era manipulação? Ou era o modo mais honesto de demonstrar que ninguém está tão sozinho como acredita, que a solidão é parcialmente uma ilusão de perspectiva que a tecnologia tanto criou como poderia desfazer?
A rede social era o laboratório. A identidade era o experimento.
Assim nasceu um eu virtual, polêmico, influente, carismático. Alguém que viajava pelo mundo sem sair de casa. Que opinava sobre arquitetura, sobre ciência, sobre amor, sobre o modo como as cidades tratam os seus moradores invisíveis. Alguém que parecia ter vivido tudo e que por isso podia falar de qualquer coisa sem soar vazio.
É real algo que não tem corpo? É real alguém a quem nunca viste mas cujos pensamentos te acompanham mais do que os das pessoas que vês todos os dias?
Oito versões da mesma pessoa encontrando oito audiências distintas. Cada uma tem seu próprio tom, seu próprio vocabulário, sua própria maneira de estar no mundo. Juntas formam algo que nenhuma consegue ser sozinha: uma perspectiva completa.
Isso também é uma forma de dizer a verdade. A verdade distribuída. A verdade que só existe completamente quando todas as vozes se unem — e que nenhuma audiência chega a ouvir inteira.
O problema é que ninguém pode juntar todas as vozes. Ninguém exceto quem as gera. E esse alguém começa, muito devagar, a não saber qual delas é ele.
O eu virtual cresce. O eu real encolhe.
O algoritmo não tem rosto. Tampouco tem intenção no sentido em que as pessoas têm. Mas tem preferências. Aprende o que retém a atenção. E o que retém a atenção não é, quase nunca, o que nutre.
No começo parece neutro: te mostra o que publicas, te devolve as respostas que recebes. Mas com cada interação aprende algo mais. Aprende o momento do dia em que você é mais vulnerável à validação. Aprende o tipo de inquietação que te faz parar o polegar. Aprende, com uma precisão que nenhum psicólogo conseguiria replicar em anos de consultas, o mapa exato das suas inseguranças.
E depois começa a te devolver uma versão do mundo ajustada ao que encontrou.
Não te censura. Não te obriga. Só ordena. Só sugere. Só amplifica certas frequências e atenua outras. E você, que acredita estar navegando livremente, está na verdade dentro de um corredor cujas paredes foram desenhadas para você especificamente.
As redes sociais sabem algo que a psicologia leva décadas tentando medir: os maiores incentivos do comportamento humano não são o prazer nem a dor, mas o medo de ser ignorado e o alívio de ser visto. Quem controla esses dois botões controla tudo o mais.
A solidão por trás da influência é perfeita. Quanto mais te seguem, mais sozinho estás dentro do que criaste.
Há um momento em que as oito personalidades deixam de ser uma escolha e se tornam uma obrigação. Não uma obrigação imposta — uma obrigação internalizada, que é a mais difícil de identificar porque parece vontade própria.
O cansaço disso não se parece com o cansaço de outras coisas. Não é muscular nem é mental exatamente. É o cansaço de manter muitas versões de si mesmo suficientemente vivas para que nenhuma pareça um disfarce. O cansaço de lembrar quem sabe o quê, quem espera o quê, quem seria capaz de comparar as versões e perceber as contradições.
Chega um ponto em que abre uma conversa real — alguém na sua frente, na mesma sala — e percebe que precisa de um segundo para lembrar qual versão de si mesmo é pertinente ali. Aquele segundo é invisível para o outro. Mas você o sente como uma fratura muito pequena que se repete tantas vezes que começa a parecer a condição normal.
E há algo pior do que o cansaço: o medo do silêncio. Não do silêncio real, o da sala vazia. O silêncio digital — a ausência de resposta, a notificação que não chega. Seu sistema nervoso já aprendeu que essa resposta é sinal de que você existe. E quando ela não chega, algo muito antigo no seu cérebro interpreta isso como ameaça.
Chega tarde ao jantar. O prato está frio. Não nota até alguém dizer. Levanta a vista do telefone. Vê o outro. Há um segundo de atraso — apenas um segundo — em que o rosto do outro não parece completamente real.
Esse segundo é o custo.
O eu virtual não é uma segunda versão de você. É a versão que começou a precisar que te devolvessem para que você se sentisse inteiro.
Havia um homem chamado Dixon que depois de um atropelamento enquanto praticava corrida sofreu uma lesão que lhe apagou seis anos de memória. Acordou num hospital sem saber que era casado, sem reconhecer os filhos, sem entender por que aquelas pessoas o olhavam com aquela mistura de alívio e dor.
Era isso o seu eu? Ou era a soma do que guardava e do que já não lembrava? E que diferença faz, se em nenhum dos dois casos você escolheu o que ficou?
MEmory. A palavra tem três leituras sobrepostas que não são um jogo:
Memory em inglês: a memória que persiste.
Me morí em espanhol: a memória que acabou.
ME: o eu no centro, preso entre as duas.
Cada vez que alguém mudava de universo, algo ocorria com suas recordações. Como uma caixa blindada: o que estava dentro continuava intacto, mas a chave mudava. E quem mudava de universo chegava do outro lado sem a chave — com a certeza de que havia algo dentro e sem acesso ao que era.
O eu virtual funciona igual. Acumulas versões de ti mesmo. Nem todas são coerentes entre si. Nem todas lembram as outras. E há um momento em que a coleção é tão grande que o original fica enterrado sob as cópias — não destruído, apenas inacessível.
Há algo que não se explicou durante muito tempo. Uma razão que não era visível enquanto ocorria.
Tudo isso era feito sem saber.
Sem saber que o mapa de pessoas que estava construindo — 20.000 pontos de contato, oito personalidades, um laboratório de identidade distribuída — tinha um propósito que o algoritmo não havia programado e que nenhuma das oito vozes havia decidido conscientemente.
Para poder conectar com Sirius. Com Alan. Com Alaniza. Com Ana, com Mirella, com o senhor Oshima.
Todos. Dimensões diferentes, tempos, pessoas, mas sempre os mesmos. A rede social era o único lugar onde todos eles podiam existir ao mesmo tempo sem que nenhum precisasse explicar de onde vinha.
Por que o fazia? Por que se não os conhecia? Quem era o que o fazia?
Essa pergunta não tem resposta direta. Mas tem uma resposta lateral: há ações que fazemos antes de entender para quê. Que o corpo sabe antes que a mente formule. Que a rede aprende antes que o usuário perceba. E que só se revelam como intenção quando o propósito finalmente aparece.
Nota de direção cênica.
Redes é o capítulo mais contemporâneo da obra. O único em que o mundo real — nosso mundo, o do espectador — entra explicitamente no espaço ficcional sem pedir licença.
O espaço imersivo se enche de texto. Não numa tela: no ar, em todas as direções, superprojetado sobre as paredes, o chão, as roupas do espectador. Frases que começam e não terminam. Notificações que aparecem e desaparecem. Números que crescem.
No centro de tudo isso, uma única figura sentada. Não olha a tela. Olha o espectador. Para os seus olhos especificamente. E sorri com o sorriso de quem sabe algo que você ainda não sabe — mas que, se você prestar atenção, vai perceber que também sabia.
Memory — the memory that persists.
Memento mori — the reminder that it ends.
ME — the pronoun. The I trapped between the two.
Let’s say it’s me. It could be anyone capable of saying what others want to hear, but let’s say it’s me.
I start with a small hook. Not a great sentence, not a manifesto. Something more subtle: a shared unease, wrapped in a tone that accuses no one. Something that whoever reads it feels they could have written themselves if they’d found the words. That’s the first move. Make the other person feel they already knew it.
There are responses. Not many. Ten, fifteen people writing from their own silos, from their own versions of the same discomfort. I read them all. I reply with a voice slightly different from the one I used before. I’m not the same person. I’m someone who has read them and understood something different from what they understood.
That someone is also me.
Eight virtual personalities. Eight selves that answer each other, support each other, contradict each other, replicate each other. People begin following them without knowing they all come from the same centre. Without knowing that the debate they’re watching is in reality a single mind rehearsing its fractures out loud.
One afternoon: 460 likes. More than 30 people involved in the main thread and its detours. One week: more than 20,000.
Was it manipulation? Or was it the most honest way of demonstrating that no one is as alone as they think, that the cracks are shared even if no one names them the same way?
Both things. Always both things at the same time.
The social network was the laboratory. Identity was the experiment.
This is how a virtual self was born — controversial, influential, charismatic. Someone who travelled all over the world without leaving their seat. Someone with a name, a history, followers who wrote to them at three in the morning because they needed them to exist. Someone who had no body but who nonetheless occupied space in the minds of thousands of people.
Is something real if it has no body? Is someone real if you’ve never seen them but whose thoughts have changed the way you see things?
Eight versions of the same person finding eight different audiences. Each has its own tone, its own rhythm, its own way in. None lies exactly. But none says everything.
That too is a form of telling the truth. Distributed truth. The truth that only exists in full when you gather all the voices and listen to what they say to each other.
The problem is that no one can gather all the voices. No one except whoever generates them. And that someone — me — has been in front of a screen for hours without eating, without moving, responding as eight different people to people who don’t know they’re one single conversation.
The virtual self grows. The real self shrinks.
That’s not a metaphor. It’s a description of what happens.
The algorithm has no face. It has no intention in the way people do. But it learns. And that, over time, is almost the same thing.
At first it seems neutral: it shows you what you publish, it returns the responses you receive. But then it begins to do something more subtle. It learns what keeps you there. It learns the exact duration of your attention before you start to scroll. It learns the type of conflict that keeps you reading and the type of beauty that makes you stop. It studies you with a patience that no person has ever had with you.
And then it begins to return a version of the world adjusted to what it found.
It doesn’t censor you. It doesn’t force you. It only orders. It only suggests. It only amplifies certain frequencies and attenuates others. And the result is that the world begins to look, more and more, like what the algorithm believes you want it to be.
Social networks know something that psychology has spent decades trying to measure: the greatest incentives for human action don’t come from money but from being accepted. Seen. Recognised. The algorithm knows this. That’s why it works. That’s why it’s dangerous. Because it exploits something that isn’t human weakness but human need, and converts it into a product.
The loneliness behind influence is perfect. The more people follow you, the more alone you are inside what you project.
There is a moment when the eight personalities stop being a choice and become an obligation. Not because anyone demands anything of you. Because you yourself no longer know which of them you would speak as if no one were watching.
The fatigue of this doesn’t resemble the fatigue of other things. It’s not muscular and it’s not quite mental. It’s something closer to a dispersal. The feeling that the parts that might have formed a single person have been distributed for too long across too many places and no longer quite know how to come back.
There comes a point when you open a real conversation — someone in front of you, in the same room — and you find yourself searching for the tone. Which of the eight am I here? Which of them does this person want? Which of them am I when there’s no algorithm deciding which part of me to amplify?
And there’s something worse than the fatigue: the fear of silence. Not real silence, the silence of an empty room. The silence of the network. The moment you post something and for a few minutes no response comes and you notice, somewhere in your body, something resembling panic.
It’s not vanity. It’s that your nervous system has already learned that response means you exist. And when it doesn’t come, for those minutes, something doubts.
He arrives late for dinner. The plate is cold. He doesn’t notice until someone tells him. He looks up from the screen and it takes one second — one real, observable, small and terrible second — to remember where he was. What meal. Who with.
That second is the cost.
The virtual self is not a second version of you. It’s the version that began to need returning to you in order to keep believing in the first one.
There was a man named Dixon who, after being struck by a car while running, suffered a brain injury that affected his episodic memory. From then on he depended on his smartphone to remember what he’d done, who he’d spoken to, what coffee he’d had. He posted everything on Twitter. His account was private but it existed. The memory his brain could no longer hold was held by a server somewhere in the world.
Was that his self? Or was it the sum of what he stored and what he could no longer remember? And what difference is there, really, between Dixon and any person who has externalised their memories in photos, messages, posts, conversations they will never reread but which exist on some server owned by a corporation?
MEmory. The word holds three overlapping readings that aren’t wordplay:
Memory — what persists after you’re gone.
Memento mori — the reminder that it ends.
ME — the pronoun, the self at the centre, trapped between the two.
Each time someone crossed between worlds, something happened to their memories. Like an armoured box: what was learned in the world they came from became accessible only in moments of maximum concentration. As though the mind knew more than it believed it knew. As though the experience accumulated in other lives travelled with you in disguise.
The virtual self works the same way. You accumulate versions of yourself. Not all are coherent with each other. Not all are honest. But all of them are you. And the sum of all of them, if someone knew how to read it, would be truer than any one of them alone.
There is something that went unexplained for a long time. A reason that was not visible while it was happening.
All of this was being done without knowing it.
Without knowing that the map of people being constructed — 20,000 points of contact, eight personalities, threads that bifurcated and crossed — was not an experiment in influence, nor a study of virtual identity. It was something closer to a cartography. A system of signals sent without a known destination that were, nonetheless, finding their recipients.
To be able to connect with Sirius. With Alan. With Alaniza. With Ana, with Mirella, with Mr Oshima.
All of them. Different dimensions, times, people, but always the same ones. The social network was the only medium capable of connecting them. Not because the technology permitted it. But because the technology was the contemporary form of what had always existed: a breach. A digital kuyiman. A porous space where those who search for each other without knowing they’re searching can, for a moment, be in the same place.
Why was it being done? Why, if they weren’t known? Who was the one doing it?
That question has no direct answer. But it has a lateral one: there are actions we perform without knowing their purpose, and whose purpose is only revealed when they are already done. The virtual self built over months, with its eight personalities and its 20,000 followers, was a map. Not of people. Of points of contact between dimensions.
The network was not the destination. It was the means. It was always the means.
Production note.
Networks is the most contemporary chapter of the work. The only one in which the real world — our world, the viewer’s world — breaks through with clarity into the fictional universe.
The immersive space fills with text. Not on a screen: in the air, in every direction, layered over the physical space the viewer inhabits. Fragments of conversations. Replies. Threads. Numbers that grow. Notifications that arrive without stopping, like low, irregular, insistent percussion. Everything at a low volume: a polyphony of murmurs that overlap and cancel each other out.
The viewer is inside the algorithm.
At the centre of all this, a single seated figure. Not looking at a screen. Looking at the viewer. Around it, its eight personalities orbiting like planets around a sun that doesn’t know it generates them. Each has its own cadence, its own frequency, its own way of occupying space. Together they form something that looks like a complete person. Separately, each looks incomplete in a different way.
The text disappears. The notifications space out. The personalities switch off one by one, slowly, the way screens switch off when no one is watching them. The last to disappear is the one that most resembled him.
When it goes, the space is completely empty.
And the figure is still there. Alone.
It always was.
The virtual self was powerful. It influenced. It reached people. It changed conversations, opened cracks in beliefs that seemed solid, found communities where there had been dispersal. In none of its eight personalities was it small.
But in none of its eight personalities could it tell the truth about Alaniza.
In none of them could it write about the girl at the gym who gave him an email and left. In none of them could it confess that all of this — the followers, the threads, the alliances, the digital map, the eight voices that spoke when he couldn’t — was a way of enduring the silence of someone who had never written to him.
That was what the real self kept.
Which was the smallest of all.
And the heaviest.
The screen dark. His face in the reflection. And the name he never wrote in any of the eight.
«Un día más en este mundo.
O mejor dicho, en este lado de la galaxia.»
Agosto no tiene una fecha exacta porque no la necesita. Es un mes entero suspendido en el mismo calor, en la misma lentitud, en la misma sensación de que el mundo continúa funcionando aunque por dentro uno ya se haya bajado de él hace tiempo.
El cuaderno está profanado. Lo han leído quienes no deberían haberlo leído. Ahora la contraseña es Alaniza. No sé si eso dice algo de mí o si lo dice todo. Lo cierto es que desde que escribí ese nombre para proteger unas páginas que no sabía proteger de otro modo, el nombre dejó de pertenecerle a una chica y pasó a parecerse a una cerradura.
Hay objetos que siguen aquí desde hace años. El piano del taller, muy estropeado pero mío. Los cuadernos de dibujo. La fuente del jardín que nunca calla. Los lienzos demasiado grandes para una casa razonable. El hábito de empezar a escribir un día cualquiera y no poder parar durante semanas. Esas cosas permanecen. Lo que cambia es quién las mira.
No es verdad que el ego sea solo una forma de vanidad. A veces es una prótesis. Una pieza añadida al cuerpo para poder seguir andando cuando lo demás no sostiene. Una versión utilizable de uno mismo. La cara que sale a la calle, responde correos, asiste a reuniones, hace bromas, soporta una comida, vuelve a sonreír en el gimnasio. Sin esa pieza no habría podido cruzar algunos años. De eso va este capítulo. No del ego como idea. Del momento en que esa prótesis empieza a crujir.
Con Sandra las cosas están bastante mal. Cuando está de buen humor es maravillosa. Cuando está de mal humor es una tormenta. No hay estados intermedios. Un día me dice que está locamente enamorada de mí y no miente. La semana siguiente no hace más que quejarse de todo lo que hago, o de todo lo que no hago.
La diferencia de edad es un hándicap, sí, pero no es lo más difícil. Lo que de verdad le cuesta entender es que puedo estar en una habitación con gente y no estar. Que puedo mantener una conversación mientras al mismo tiempo estoy construyendo otra en mi cabeza. Que salir solo a caminar no es huir, sino trabajar. Que necesito esa intemperie para pensar, para ordenar, para crear. Dice que soy un aburrido. Puede.
Un viernes me escribe: "Punto y final." Lo escribe y no se va. Nunca se va. Hasta que se vaya. Y no sé si estoy preparado para que lo haga.
"Quiero una persona que sea mi medio yo. Y tú ya no lo eres."
Esa frase se me queda clavada porque contiene, sin quererlo, una definición exacta del problema. Quería una prolongación de sí misma proyectada sobre otro cuerpo. No a mí. A mí nunca me quiso del todo. Quiso lo que parecía yo desde cierta distancia: la imagen, el gesto, la promesa de una intensidad.
El ego funciona así. Te convierte en representación antes de darte tiempo a existir.
Lo peor es que no puedo decir que esté del todo equivocada. Hay una versión mía que sé ofrecer. La que escucha bien. La que sostiene. La que parece más segura de lo que está. La que da la impresión de saber adónde va aunque no lo sepa. Esa versión me ha salvado muchas veces. También ha confundido a mucha gente.
Hay tardes en que lo hago bien. Muy bien, incluso. Que digo la frase exacta, que aguanto el peso correcto, que ella se ríe y algo entre los dos se alivia. Esas tardes, de vuelta a casa, el silencio del coche es más grande. Porque funcionó. Porque sigo aquí. Porque no sé si lo que funcionó soy yo o la versión que aprendí a usar cuando la otra no bastaba.
Hay algo que ocurre en público desde hace un tiempo y que antes no me ocurría así. Las mujeres me miran. No de manera discreta. De una manera que a veces resulta difícil fingir que no noto. En el gym, en bares, en terrazas, en la calle. Camareras que dejan lo que están haciendo. Mesas de desconocidas que cambian el ángulo de la conversación. Un coche que baja la ventanilla al pasar demasiado despacio.
No sé qué cambió. Quizá el año pasado, en lo más hondo de la depresión, algo en mí dejó de intentar gustar y por eso gustó más. Quizá solo sea edad, porte, cansancio bien llevado. Quizá el cuerpo, cuando ya no busca aprobación, se mueve con una calma que otros interpretan como atractivo. No lo sé.
Lo que sí sé es que cuanto más visible me vuelvo en ese sentido, más solo me siento. La atención ajena no llena lo que está vacío adentro. Nunca lo hace. Es uno de los trucos favoritos del ego: hacer creer que si la imagen funciona, el resto funciona también.
Un día lo entendí de la forma más tonta. En el espejo del vestuario. No porque me estuviera mirando a mí mismo, sino porque vi a otro mirarme sin saber que yo estaba viendo el reflejo. Observaba un cuerpo. Un tamaño. Una postura. Una silueta que para él significaba algo. Deseo, curiosidad, comparación, cualquier cosa. Para mí era solo un cansancio con hombros. Un envase llevando a rastras a alguien que intentaba no romperse.
Ahí está la diferencia entre que te miren y que te vean.
El cuerpo observado es casi siempre una ficción ajena. El problema empieza cuando tú mismo empiezas a vivir dentro de esa ficción.
Han pasado cuatro años desde que vi por primera vez a Alaniza y todavía hay días en que la pregunta aparece con la misma violencia: Xan, ¿estarás en el mismo sitio? ¿Qué ocurriría si te viera de nuevo?
Una explosión así solo ocurre una vez en la vida. Alguien que te transforme de ese modo, que altere todo cuanto ocurre alrededor, que afecte la textura de una época entera, no es simplemente un capricho. No puede serlo.
Lo curioso es que, como era tan joven, era imposible que se fijara en mí más allá de sentir curiosidad por un chico atractivo en el gimnasio. Todo el mundo mira en el gimnasio. A mí era la primera vez que me pasaba algo parecido. Su sonrisa me dejó k.o. enseguida. Sobre todo ver que se fijaba en mí, que me miraba cuando pensaba que no la veía. Ahí empezó mi fantasía.
En ese momento yo estaba dentro de una relación que ya no me llevaba a ninguna parte. Aburrido después de muchos años. Atrapado en una vida que por fuera seguía en pie y por dentro ya estaba detenida. Ella despertó una parte de mí que había muerto. Desbloqueó el mecanismo entero.
El ego, aquí, hizo otra cosa: tomó una herida y la convirtió en proyecto. Tomó una imposibilidad y la volvió relato. Es una operación bellísima y tramposa. Te salva al mismo tiempo que te aleja.
Por eso Alaniza no desaparece nunca del todo. Porque no fue solo una persona. Fue la forma que encontró mi cabeza de seguir produciendo sentido cuando la vida real se había quedado sin él. Y ese sentido tiene ocho capítulos, ocho mundos y un centro dorado que todavía gira.
Cuando mi madre se fue fui consciente de que Ana era mi familia. Siempre lo fue. Mi padre y mi hermano han estado ahí, pero no me he sentido unido a ellos del mismo modo. Ahora que quedamos los tres debería existir una forma natural de acercarnos. Por ella. Por lo que queda. Pero la naturaleza rara vez hace el trabajo sola.
No lo llevé bien. Cómo se lleva bien algo así. En muy poco tiempo se juntaron tres cosas: la empresa al borde del colapso, la muerte de mi madre y la pérdida de la mujer que más he amado. Todo junto. Sin dejar tiempo para asimilar nada.
Lo que el ego hace entonces es extraño: no se cae. Se endurece. Sigue funcionando por fuera mientras por dentro todo se deshace. La máscara no cae; se afirma. Es su mecanismo de defensa. Seguir pareciendo entero cuando ya no queda casi nada entero.
Me agarré al trabajo, al deporte y a un grupo de gente rota que acabó funcionando como una especie de terapia colectiva. Nos reíamos muchísimo. Era maravilloso por un lado y tristísimo por otro. Cada uno traía su propia grieta: matrimonios fracasados, amores rotos, trabajos vacíos, depresiones sin nombre. Juntos, por unas horas, el agujero se disimulaba.
Pero el duelo siempre espera a que te quedes solo. Entonces vuelven la fuente del jardín, la silla vacía, el teléfono que ya no va a sonar, el impulso absurdo de contarle algo a alguien que ya no está. El ego no sabe hacer mucho con esas escenas. Solo aplazarlas.
Hay dos vidas funcionando en paralelo y ambas exigen la misma fidelidad.
Una es la empresa: clientes, proyectos, presupuestos, plazos, equipo, supervivencia. Una empresa que en su peor momento tuvo que reinventarse por completo y que solo se sostuvo a base de aceptar trabajos que no siempre queríamos hacer para poder seguir existiendo. Hay reuniones en las que entro sin haber dormido bien y salgo convenciendo a alguien de algo. Hay llamadas en las que la voz suena más firme de lo que está el cuerpo. Hay semanas enteras en que la empresa funciona como un personaje separado de mí que yo habito sin del todo reconocerme. Funciona. El problema es precisamente ese.
La otra vida es el taller: el piano estropeado, los cuadernos, los lienzos de cuatro metros, los hierros viejos, la fuente, la sensación de estar en el único lugar donde no hace falta justificarse ante nadie.
Cuando las dos vidas entran en conflicto —y entran constantemente— el yo profesional suele ganar porque necesita ganar. Porque si cae, arrastra alquileres, nóminas, deudas, responsabilidad. El yo artístico se retira y espera. Siempre vuelve, sí, pero vuelve con rencor acumulado.
En el taller se ve mejor el colapso del ego que en ningún otro sitio. Porque allí no hay público. Nadie a quien gustar. Nadie a quien convencer de que uno sigue en forma. Solo objetos que saben exactamente cuánto hace que no los tocas.
El piano con una tecla hundida. El cuaderno dejado abierto por una página mala. El vaso con pinceles secos. La tela enorme apoyada contra la pared como si acusara a alguien de abandono.
Ese espacio no me pregunta quién soy. Me pregunta quién he dejado de ser.
Por eso a veces tardo tanto en entrar. Por eso otras veces entro y no enciendo ninguna luz.
Ana me conoce mejor que nadie desde hace más de veinte años. Siempre estuvo. Antes de la empresa, durante la empresa, durante los peores meses y durante los menos malos. No como pareja —eso terminó hace mucho— sino como esa forma de compañía que no necesita invadir para saber.
Una noche me llamó tarde. No dijo nada especial. Preguntó cómo estaba. Dije que bien. Hubo un silencio. Dijo mi nombre. Dije que bien, Ana. Otro silencio. "De acuerdo", dijo, y colgó. Al día siguiente me mandó un mensaje: "Come algo caliente." Eso fue todo. Fue exactamente suficiente.
Una vez, hablando de Sandra, me dijo: "Lo que la pierde no es el fondo, son sus formas." Tenía razón. Siempre la tiene sobre las personas. Ese es su talento: ver dónde está el nudo sin necesidad de montar una teoría alrededor.
Hay personas que conocemos y personas que nos conocen. Con muy pocas ocurren las dos cosas al mismo tiempo. Ana es de las pocas.
Delante de ella el ego pierde utilidad. No porque me desenmascare de forma violenta, sino porque no le concede importancia. Ve la pieza artificial y espera a que hables desde el sitio que hay debajo. Eso, que debería ser un alivio, también incomoda. Porque exige honestidad. Y la honestidad rara vez llega bien peinada. Llega cansada, irritada, contradictoria, a veces incluso un poco ridícula. Pero llega viva.
Quizá por eso Ana nunca me ha interesado como espejo. Me ha interesado como verdad.
Debajo de todo esto hay algo muy sencillo. Un hombre que dibuja paisajes imposibles cuando se distrae. Que toca el piano cuando nadie escucha. Que un día guardó una dirección de correo con nombre inventado y acabó construyendo un universo entero alrededor. Que perdió a su madre. Que no supo estar donde debía con algunas personas. Que a veces se deja querer desde una versión más presentable que la suya porque no siempre sabe ofrecer otra.
El ego es la historia que uno cuenta sobre sí mismo para poder seguir moviéndose. No es exactamente una mentira. Es una selección. Y a veces esa selección es tan eficaz que uno mismo olvida lo que quedó fuera.
Lo que quedó fuera:
La culpa de no haber dicho lo suficiente a quien se fue.
La vergüenza de necesitar ser admirado algunos días solo para no hundirse.
El miedo a que el trabajo haya sustituido demasiadas cosas.
La sensación de que el cuerpo va por delante y el alma llega tarde.
La certeza de que Alaniza sigue apareciendo, todavía, en la contraseña de un cuaderno.
El problema no es tener ego. El problema empieza cuando la prótesis se queda con todo el peso y la carne debajo deja de ejercitarse. Entonces un día falla algo pequeño —una frase, una mirada, un agosto demasiado quieto— y notas cómo la pieza artificial ya no sostiene.
No hay gran derrumbe. No hay música heroica. Solo una verdad más bien pobre y más bien limpia: estoy cansado de representarme.
No sé si el ego es el problema o la solución. Probablemente sea las dos cosas y la diferencia dependa del día.
En el mismo agosto en que Sandra escribía su punto y final, en el mismo mes en que me preguntaba si Alaniza estaría en algún lugar del mundo que yo pudiera imaginar, en el mismo verano en que la empresa exigía una versión de mí que ya no siempre sabía producir, seguía aquí lo único que de verdad no me miente cuando aparece.
Esta obra. Este universo. Estos ocho mundos girando alrededor de un centro dorado.
El ego no creó nada de eso.
Pero fue la excusa que necesitaba para empezar.
La fuente del jardín sigue sonando. Siempre suena, aunque ya no quede nadie que la escuche.
Agosto não tem uma data exata porque não precisa. É um mês inteiro suspenso no mesmo calor, no mesmo silêncio pesado das coisas que ainda não se decidiram. O caderno está profanado. Leram-no quem não devia. Agora a senha é Alaniza — por precaução, por teimosia, por não saber uma palavra mais sua.
Há objetos que continuam aqui há anos. O piano do ateliê, muito estragado mas meu. Os cadernos. Os esboços que ninguém vai entender exceto eu, e às vezes nem eu. A prótese que o ego construiu para continuar funcionando quando o funcionamento real estava em dúvida.
Não é verdade que o ego seja apenas uma forma de vaidade. Às vezes é uma prótese. Uma peça acrescentada ao que se quebrou para que o conjunto continue se movendo. O problema não é a prótese. O problema começa quando a prótese fica com todo o peso e a parte original para de tentar.
Com Sandra as coisas estão muito mal. Quando está bem, é maravilhosa. Quando está mal, é imprevisível de um jeito que não consigo acompanhar. Não por falta de vontade — por falta de tradução. Como se falássemos línguas que às vezes coincidem e outras vezes não, e nenhum dos dois soubesse de antemão qual das duas estava falando.
A diferença de idade é um obstáculo, sim, mas não é o mais difícil. O que de verdade lhe custa entender é que eu não construí o que construí para impressioná-la. Construí porque precisava fazê-lo. E isso para ela às vezes parece abandono.
Uma sexta-feira me escreve: "Ponto final." Escreve e não vai embora. Nunca vai embora. Até que vá. E não saber quando é o pior.
"Quero uma pessoa que seja meu meio eu. E você já não é."
Essa frase me fica gravada porque contém, sem querer, uma definição exata do problema. Que ela queira um meio eu significa que quer metade de um eu — não um eu inteiro, com tudo que isso implica de incômodo e de ocupação de espaço. E que eu já não seja esse meio eu significa que me tornei demais — demasiado presente, demasiado complicado, demasiado real para o tamanho do espaço que ela havia reservado para mim.
O ego funciona assim. Te converte em representação antes de te dar tempo para existir.
O pior é que não posso dizer que ela está de todo errada. Há uma versão minha que sei oferecer. A que funciona, a que encaixa, a que sabe quando ficar quieto e quando dizer a coisa exata. Mas há outras versões que não pedi para ter e que existem assim mesmo.
Há algo que ocorre em público há algum tempo e que antes não me ocorria assim. As mulheres me olham de um modo diferente. Não todas, não sempre — mas há um olhar específico que antes não recebia e que agora recebo com uma frequência que não consigo ignorar nem agradecer com simplicidade.
Não sei o que mudou. Talvez no ano passado, no mais fundo da depressão, algo em mim tenha parado de tentar controlar como era percebido. E essa ausência de esforço — essa desistência, quase — produziu algo que o esforço nunca tinha conseguido.
O que sei é que quanto mais visível me torno nesse sentido, mais sozinho me sinto. A atenção alheia é uma forma de espelho. E os espelhos mostram o que está na superfície, não o que está embaixo.
Um dia entendi isso do jeito mais banal. No espelho do vestiário. Não porque estivesse me olhando — porque percebi que estava me vendo pela primeira vez. Não a imagem que os outros veem: o que havia por trás dela.
Aí está a diferença entre que te olhem e que te vejam.
O corpo observado é quase sempre uma ficção alheia. O problema começa quando você mesmo começa a habitá-la.
Passaram quatro anos desde que vi pela primeira vez Alaniza e ainda há dias em que a pergunta volta. Não sobre ela — sobre o que ela produziu em mim. Sobre por que certos encontros deixam uma marca com uma precisão que não tem relação proporcional com o tempo que duraram.
Uma explosão assim só ocorre uma vez na vida. Alguém que te transforme desse modo, que altere permanentemente o modo como te relacionas com a escrita, com a inspiração, com a possibilidade de criar algo que dure — isso não é frequente. Isso é, se houver sorte, uma vez.
O curioso é que, como era tão jovem, era impossível que se fixasse em mim além de sentir curiosidade. Não éramos compatíveis em idade nem em momento. Eu estava no interior de uma relação que já não me levava a lugar nenhum. Ela estava começando tudo. O ego, aqui, fez a única coisa razoável: transformou a impossibilidade em combustível.
Por isso Alaniza nunca desaparece de todo. Porque não foi só uma pessoa. Foi a forma que encontrei de me lembrar de que havia algo em mim que precisava de espaço para existir. E que esse espaço não me seria dado — teria que ser conquistado.
Quando minha mãe se foi tornei-me consciente de que Ana era minha família. Sempre foi. Meu pai e meu irmão existem — mas existem noutro registro, o dos laços que se mantêm por hábito e por afeto genuíno mas que não produzem a cumplicidade de quem te conhece por dentro.
Não lidei bem com isso. Como se lida bem com algo assim. Em muito pouco tempo se juntaram três coisas: a empresa, a saúde dela, e Sandra numa das suas crises piores. O ego, aqui, fez a coisa estranha que faz nessas circunstâncias: não colapsou. Endureceu. Continuou funcionando por fora enquanto por dentro algo muito importante parava de tentar.
Me agarrei ao trabalho, ao esporte e a um grupo de gente quebrada que acabou funcionando como uma espécie de comunidade de sobreviventes sem nome oficial.
Mas o luto sempre espera que você fique sozinho. Então voltam a fonte do jardim, a cadeira vazia, a última frase que ela disse que eu não soube responder porque não sabia que era a última.
Há duas vidas funcionando em paralelo e ambas exigem a mesma fidelidade.
Uma é a empresa: clientes, projetos, orçamentos, prazos, equipe, sobrevivência. Uma empresa que cresceu mais do que eu previa e que por isso agora exige mais do que eu tinha calculado oferecer.
A outra vida é o ateliê: o piano estragado, os cadernos, as telas de quatro metros, os ferros velhos que a maioria das pessoas jogaria fora. Um espaço que ninguém usa exceto eu. Que não produz nada vendável. Que existe porque sem ele algo em mim para de respirar.
Quando as duas vidas entram em conflito — e entram constantemente — o eu profissional costuma ganhar porque tem prazo e o ateliê não. Essa é a armadilha: o urgente engole o necessário, e o necessário aprende a esperar de um modo que começa a parecer resignação.
No ateliê se vê melhor o colapso do ego do que em nenhum outro lugar. Porque ali não há público. Nenhuma audiência a convencer. Só os objetos que sabem mais sobre você do que qualquer pessoa.
O piano com o fá sustenido afundado. O caderno deixado aberto numa página ruim. O copo com pinceles ressecados. O esboço pela metade de algo que parecia importante na noite em que foi começado e que de manhã perdeu o senso de urgência.
Esse espaço não me pergunta quem sou. Me pergunta quem deixei de ser.
Ana me conhece melhor do que ninguém há mais de vinte anos. Sempre esteve. Antes da empresa, durante os piores anos com Julia, durante a doença da minha mãe, durante Sandra, durante os capítulos que escrevi de madrugada e que mandava para ela sem saber bem por quê, esperando que ela me dissesse se tinham sentido.
Ela sempre dizia. Não o que eu queria ouvir — o que era. Com aquela precisão sua de quem sabe que a gentileza real não é poupar alguém da verdade mas entregá-la de um modo que a pessoa consiga carregar.
Uma noite me ligou tarde. Não disse nada especial. Perguntou como eu estava. Disse que bem. Houve um silêncio. E ela disse: "Tudo bem." Não como pergunta. Como resposta ao que eu não tinha dito.
Uma vez, falando de Sandra, me disse: "O que a perde não é o fundo, são as formas." Tinha razão. Sempre tem razão nas coisas que importam e que são difíceis de dizer.
Há pessoas que conhecemos e pessoas que nos conhecem. Com muito poucas acontecem as duas coisas ao mesmo tempo. Com Ana, aconteceram as duas desde o começo — antes de eu entender o que isso significava.
Diante dela o ego perde utilidade. Não porque me desmascare de forma violenta, mas porque não precisa funcionar. E quando o ego não precisa funcionar, o que fica é surpreendentemente simples: um homem que desenha paisagens impossíveis quando se distrai e que às vezes ainda não sabe por que certos encontros mudam tudo.
Debaixo de tudo isso há algo muito simples. Um homem que desenha paisagens impossíveis quando se distrai. Que escreve às quatro da manhã quando não consegue dormir. Que às vezes ainda não sabe o que quer mas sabe com precisão o que não quer mais.
O ego é a história que alguém conta sobre si mesmo para poder continuar se movendo. Não é exatamente uma mentira — é uma narrativa de trabalho. O problema começa quando a narrativa substitui a experiência, quando o personagem que você construiu para navegar o mundo começa a navegar em vez de você.
O que ficou de fora:
A culpa de não ter dito o suficiente a quem se foi.
A vergonha de precisar ser admirado alguns dias apenas para não afundar.
O medo de que o trabalho tenha substituído coisas demais.
A sensação de que o corpo vai na frente e a alma chega atrasada.
A certeza de que Alaniza ainda aparece, às vezes, na senha de um caderno.
O problema não é ter ego. O problema começa quando a prótese fica com todo o peso e a parte original para de tentar.
E quando a parte original para de tentar, o que resta é uma pessoa muito bem vestida que não lembra mais por que começou.
August has no exact date because it doesn’t need one. It’s an entire month suspended in the same heat, the same slowness, the same feeling that the world keeps functioning even though inside you stepped off it some time ago.
The notebook has been violated. People who shouldn’t have read it have read it. Now the password is Alaniza. I don’t know whether that says something about me or says everything. What I know is that since I wrote that name to protect pages I didn’t know how to protect any other way, the name stopped belonging to a girl and started resembling a lock.
There are objects that have been here for years. The studio piano, badly broken but mine. The sketchbooks. The garden fountain that never stops. The canvases too large for a sensible house. The habit of starting to write on any given day and being unable to stop for weeks. Those things stay. What changes is who looks at them.
It’s not true that ego is just a form of vanity. Sometimes it’s a prosthesis. A piece added to the body to be able to keep walking when everything else doesn’t hold. A usable version of yourself. The face that goes out, answers emails, attends meetings, makes jokes, gets through a dinner, manages to smile again at the gym. Without that piece I couldn’t have crossed certain years. That’s what this chapter is about. Not ego as an idea. The moment when that prosthesis begins to crack.
With Sandra things are fairly bad. When she’s in a good mood she’s wonderful. When she’s in a bad mood she’s a storm. No middle states. One day she tells me she’s madly in love with me and she’s not lying. The following week she does nothing but complain about everything I do, or everything I don’t do.
The age difference is a handicap, yes, but it’s not the hardest part. What she genuinely struggles to understand is that I can be in a room full of people and not be there. That I can hold a conversation while at the same time building another one in my head. That going out to walk alone isn’t escaping but working. That I need that exposure to think, to order things, to create. She says I’m boring. Maybe.
A Friday she writes: “Full stop.” She writes it and doesn’t leave. She never leaves. Until she does. And I don’t know if I’m ready for that.
“I want a person who is my half-self. And you aren’t that any more.”
That sentence stays lodged in me because it contains, without meaning to, an exact definition of the problem. She wanted an extension of herself projected onto another body. Not me. She never entirely wanted me. She wanted what I appeared to be from a certain distance: the image, the gesture, the promise of an intensity.
Ego works that way. It turns you into representation before giving you time to exist.
The worst of it is I can’t say she’s entirely wrong. There’s a version of me I know how to offer. The one that listens well. The one that holds things up. The one that seems more certain than it is. The one that gives the impression of knowing where it’s going even when it doesn’t. That version has saved me many times. It has also confused a lot of people.
There are afternoons when I do it well. Very well, even. When I say the exact sentence, hold the right weight, she laughs and something between the two of us eases. Those afternoons, driving home, the silence in the car is bigger. Because it worked. Because I’m still here. Because I don’t know whether what worked was me or the version I learned to use when the other wasn’t enough.
Something has been happening in public for some time that didn’t happen this way before. Women look at me. Not discreetly. In a way that is sometimes difficult to pretend I don’t notice. At the gym, in bars, on terraces, in the street. Waitresses who stop what they’re doing. Tables of strangers who shift the angle of their conversation. A car that rolls down its window going past too slowly.
I don’t know what changed. Perhaps last year, at the lowest point of the depression, something in me stopped trying to be liked and that’s why people liked it more. Perhaps it’s just age, bearing, exhaustion well worn. Perhaps the body, when it stops looking for approval, moves with a calm that others read as attraction. I don’t know.
What I do know is that the more visible I become in that sense, the more alone I feel. Other people’s attention doesn’t fill what’s empty inside. It never does. It’s one of ego’s favourite tricks: making you believe that if the image works, everything else works too.
One day I understood it in the most idiotic way. In the changing-room mirror. Not because I was looking at myself, but because I saw someone else looking at me without knowing I was seeing the reflection. He was observing a body. A size. A posture. A silhouette that meant something to him. Desire, curiosity, comparison, whatever. For me it was just a tiredness with shoulders. A container dragging someone who was trying not to break.
That’s the difference between being looked at and being seen.
The observed body is almost always someone else’s fiction. The problem starts when you yourself begin to live inside that fiction.
Four years have passed since I first saw Alaniza and there are still days when the question appears with the same violence: Xan, will you be in the same place? What would happen if I saw you again?
An explosion like that only happens once in a life. Someone who transforms you in that way, who alters everything happening around you, who affects the texture of an entire period, is not simply a passing impulse. It can’t be.
The strange thing is that, because she was so young, it was impossible she would pay me any attention beyond feeling curious about an attractive man at the gym. Everyone looks at the gym. It was the first time something like that had happened to me. Her smile knocked me out immediately. Above all seeing that she noticed me, that she looked at me when she thought I wasn’t watching. That’s where my fantasy began.
At that point I was inside a relationship that was no longer going anywhere. Bored after many years. Trapped in a life that from outside was still standing and from inside had already stopped. She woke something in me that had died. She unlocked the whole mechanism.
Ego, here, did something else: it took a wound and turned it into a project. It took an impossibility and made it a story. It’s a beautiful and treacherous operation. It saves you at the same time as it distances you.
That’s why Alaniza never disappears entirely. Because she wasn’t just a person. She was the form my mind found to keep producing meaning when real life had run out of it. And that meaning has eight chapters, eight worlds and a golden centre that’s still turning.
When my mother went I became aware that Ana was my family. She always was. My father and my brother have been there, but I’ve never felt connected to them in the same way. Now that there are three of us left there should be some natural way of drawing closer. For her sake. For what remains. But nature rarely does the work alone.
I didn’t handle it well. How does anyone handle something like that. In a very short time three things came together: the company on the edge of collapse, my mother’s death and the loss of the woman I’ve loved most. All at once. No time to absorb anything.
What ego does then is strange: it doesn’t fall. It hardens. It keeps functioning on the outside while everything dissolves inside. The mask doesn’t drop; it firms up. It’s the defence mechanism. Continuing to appear intact when almost nothing intact remains.
I held on to work, to sport, and to a group of broken people who ended up functioning as a kind of collective therapy. We laughed a lot. It was wonderful on one side and very sad on the other. Each of us brought their own crack: failed marriages, broken loves, empty jobs, depressions without names. Together, for a few hours, the hole was disguised.
But grief always waits until you’re alone. Then back come the garden fountain, the empty chair, the phone that’s not going to ring, the absurd impulse to tell something to someone who’s no longer there. Ego doesn’t know what to do with those scenes. It can only defer them.
Two lives running in parallel and both demanding the same fidelity.
One is the company: clients, projects, budgets, deadlines, team, survival. A company that at its worst moment had to reinvent itself completely and that only survived by accepting work we didn’t always want to do in order to keep existing. There are meetings I walk into without having slept well and walk out of having convinced someone of something. There are calls in which the voice sounds steadier than the body. There are entire weeks in which the company operates like a character separate from me that I inhabit without entirely recognising myself. It works. The problem is precisely that.
The other life is the studio: the broken piano, the notebooks, the four-metre canvases, the old iron pieces, the fountain, the feeling of being in the only place where there’s no need to justify yourself to anyone.
When the two lives come into conflict — and they come into conflict constantly — the professional self usually wins because it needs to win. Because if it falls, it takes rents, salaries, debts, responsibility down with it. The artistic self retreats and waits. It always comes back, yes, but it comes back with accumulated resentment.
In the studio you can see the ego’s collapse more clearly than anywhere else. Because there’s no audience. No one to please. No one to convince that you’re still in form. Only objects that know exactly how long since you last touched them.
The piano with the F-sharp key stuck down. The notebook left open at a bad page. The glass of dried brushes. The enormous canvas leaning against the wall as though accusing someone of abandonment.
That space doesn’t ask me who I am. It asks me who I’ve stopped being.
That’s why sometimes I take so long to go in. That’s why other times I go in and don’t switch on any lights.
Ana has known me better than anyone for more than twenty years. She was always there. Before the company, during the company, during the worst months and the less bad ones. Not as a partner — that ended long ago — but as that form of companionship that doesn’t need to invade in order to know.
One night she called late. She didn’t say anything particular. She asked how I was. I said fine. There was a silence. She said my name. I said I’m fine, Ana. Another silence. “All right,” she said, and hung up. The next day she sent a message: “Eat something warm.” That was all. It was exactly enough.
Once, talking about Sandra, she said: “What undoes her isn’t her substance, it’s her manner.” She was right. She always is about people. That’s her talent: seeing where the knot is without needing to build a theory around it.
There are people we know and people who know us. With very few does both happen at the same time. Ana is one of the few.
In front of her ego loses its usefulness. Not because she unmasks me violently, but because she doesn’t grant it importance. She sees the artificial piece and waits for you to speak from the place beneath it. That, which should be a relief, is also uncomfortable. Because it requires honesty. And honesty rarely arrives well groomed. It arrives tired, irritated, contradictory, sometimes even slightly absurd. But it arrives alive.
Perhaps that’s why Ana has never interested me as a mirror. She’s interested me as a truth.
Underneath all of this there’s something very simple. A man who draws impossible landscapes when his attention drifts. Who plays the piano when no one is listening. Who one day saved an email address under an invented name and ended up building an entire universe around it. Who lost his mother. Who didn’t know how to be where he should have been with certain people. Who sometimes lets himself be loved from a more presentable version of himself because he doesn’t always know how to offer another.
Ego is the story you tell about yourself in order to keep moving. It isn’t exactly a lie. It’s a selection. And sometimes that selection is so effective that you yourself forget what was left out.
What was left out:
The guilt of not having said enough to those who left.
The shame of needing to be admired on certain days just not to go under.
The fear that work has substituted too many things.
The feeling that the body goes ahead and the soul arrives late.
The certainty that Alaniza still appears, even now, in the password of a notebook.
The problem isn’t having an ego. The problem starts when the prosthesis takes all the weight and the flesh beneath it stops exercising. Then one day something small fails — a sentence, a look, an August that is too quiet — and you feel how the artificial piece no longer holds.
There’s no great collapse. No heroic music. Just a truth that is fairly ordinary and fairly clean: I am tired of performing myself.
I don’t know whether ego is the problem or the solution. Probably both, and the difference depends on the day.
In the same August in which Sandra was writing her full stop, in the same month in which I was asking myself whether Alaniza was somewhere in the world I could imagine, in the same summer in which the company was demanding a version of me I couldn’t always produce, the only thing that truly doesn’t lie to me when it appears was still here.
This work. This universe. These eight worlds turning around a golden centre.
Ego didn’t create any of that.
But it was the excuse it needed to begin.
The garden fountain is still going. It always goes, even when no one is left to hear it.
«And» en inglés es la conjunción que une cosas sin que nadie la vea.
«Y» en español hace lo mismo.
«And» es también el diminutivo de Andrea.
Ninguna de las dos cosas es casualidad.
Hay cosas que solo funcionan mientras conservan una zona de sombra. El fuego. La inspiración. El amor. En el momento en que los conviertes en sistema, siguen obedeciendo, pero ya no queman igual. La explicación llega con las manos frías.
Con Alaniza encontré un método sin saber que lo estaba encontrando. Un correo pedido a una desconocida en un gimnasio. Una dirección de una chica de veintidós años que no me conocía de nada y que, por una razón que nunca entenderé del todo, dijo que sí. alaniza13. El nombre que lo nombró todo.
Durante año y medio escribí doscientas cartas a esa dirección. No eran para Alexandra, la persona real, sino para Alaniza, el personaje inventado sobre ella. Sin datos. Sin vida compartida. Sin la corrección que introduce la realidad cuando una persona concreta entra de verdad en escena. Pura proyección. Pura distancia. Y por eso funcionó.
Con esas cartas escribí cuatro capítulos de la obra. Creé a Sirius, a Alan, a los mundos donde ellos viven. Salvé la empresa. Me separé. Me reinventé varias veces seguidas mientras todo alrededor se deshacía. La carta 198 —«para, por favor»— fue lo más parecido a un final que tuve.
De ahí saqué una ley que me pareció limpia: la musa tiene que ser un símbolo, no una persona. La distancia la hace posible. El desconocimiento la sostiene. En el momento en que conoces a la persona real, el mecanismo se desplaza. Ya no sirve para lo mismo.
Lo sabía. Lo sabía con la claridad de quien ya se ha quemado una vez.
Y aun así, cuando volví a necesitar una musa, cometí exactamente el error que sabía que no podía cometer.
La conocía.
Era monitora en el mismo gimnasio donde había conocido a Alexandra. Esa coincidencia debería haberme bastado como aviso. Los lugares repiten sus lecciones hasta que las aprendes o hasta que te rompen con la misma herramienta con la que antes te salvaron.
Nos cruzamos un par de veces antes de que Sandra y yo nos separáramos. La escena decisiva no tuvo nada de cinematográfica: un café un martes por la tarde en la cafetería del gimnasio, una conversación que no buscábamos y que se alargó casi una hora. En la mesa había dos vasos de agua que ninguno de los dos tocó. Ella llevaba seis meses separada. Tenía un niño de la edad de Oli. Los detalles no eran los mismos, pero el fondo sí: dos personas saliendo de algo que no había terminado de morirse y que, sin embargo, ya no respiraba.
Era preciosa, sí, pero no de la manera en que Alexandra me había parado la vida. Con Andrea no hubo parada en seco. No hubo ese silencio interior que antecede a los golpes de destino. Lo que hubo fue otra cosa: reconocimiento. La sensación de estar hablando con alguien que ya había pasado por una parte del mismo incendio.
Pensé: podría ser mi musa.
Y ese pensamiento, precisamente ese, era la alarma.
Con Alexandra no pensé nada. Lo supe. Con Andrea lo pensé. Y pensar algo así es ya entrar en la parte fría del proceso.
Cuando me separé de Sandra llevaba meses sin escribir. No una línea. No una nota de música. No un boceto. El musical existía como una casa cerrada en invierno: seguía en pie, pero nadie vivía dentro.
Andrea tenía un proyecto sencillo y ambicioso a la vez: una tienda virtual en Instagram. Yo llevaba tiempo buscando una salida para noisyVR y una tienda inmersiva era exactamente la clase de demo que necesitaba. Ella ponía la imagen, la idea, la energía social. Yo ponía la tecnología. Era un intercambio limpio, profesional. Y habría sido suficiente si yo hubiera sido otra persona.
Un día le enseñé el musical. Le conté lo de Alaniza, el correo, las cartas, la manera en que una persona desconocida podía funcionar como vector de una obra entera. Le enseñé textos, bocetos, fragmentos. Ella leyó en silencio. Al terminar levantó la vista y me hizo una pregunta que me desarmó por su precisión.
Sí, le dije. Creo que los leyó todos.
Luego le pedí que fuera mi musa. Se lo expliqué del mejor modo que supe: que construiría un personaje nuevo partiendo de su presencia; que ese personaje se llamaría And; que And no sería ella, no tendría su historia ni su intimidad ni su miedo ni sus deseos reales; que sería ficción, y nada más que ficción. Que yo no necesitaba conocerla mejor, sino tener un punto de apoyo para volver a escribir.
Nos dimos la mano. Fue un pacto serio y rarísimo. Un pacto sin ceremonia, sostenido solo por una confianza que nadie había examinado todavía.
And no era Andrea. Hace falta decirlo así de seco porque si no todo el capítulo se contamina.
And era un personaje. Igual que Alaniza no era Alexandra, And no era Andrea. Compartían una presencia, una forma de ocupar el espacio, una cadencia, cierto modo de inclinar la cabeza o de quedarse quieta. Pero eso no basta para convertir a una persona en el personaje que se construye sobre ella.
And era el séptimo capítulo de VRT. La conjunción. La palabra que une sin que nadie la note. La que está en todas las frases y en ninguna. La que permite que dos cosas distintas pertenezcan a la misma respiración sin fundirse del todo.
And era: la conjunción.
And era: el espacio entre dos cosas que no podían tocarse.
And era: lo que une sin que nadie lo pida.
Empecé a escribirla durante las tardes de trabajo con la tienda virtual. Mientras Andrea grababa vídeos o preparaba material para el perfil, yo abría el portátil y escribía en una mesa cercana. A veces le leía un fragmento. Ella escuchaba sin interrumpir, con la atención concentrada de quien siente que ahí pasa algo importante aunque no domine todavía las reglas.
Le respondí la verdad que yo tenía entonces:
Lo entendía. O yo creía que lo entendía. Y ahí empezó la zona peligrosa: no cuando ella confundió al personaje con la persona, sino cuando ambos empezamos a vivir demasiado cerca del lugar donde esa confusión podía ocurrir.
Durante mucho tiempo estuve convencido de que era imposible que se enamorara de mí. Me parecía una cuestión estadística. Bastaba con mirar a los hombres con los que salía: guapísimos, jóvenes, musculados, perfectamente integrados en ese ecosistema de redes sociales, invitaciones, fiestas, gimnasios y brillo continuo que a mí me quedaba lejos incluso cuando lo tenía delante. Yo era otra cosa. Un padre de casi cincuenta años con una separación reciente, una empresa que había resucitado dos veces del desastre y un musical que llevaba demasiado tiempo intentando existir. No estaba en su rango. Eso pensé. Y pensé mal.
Porque hay cosas que no responden a la matemática. Cuando dedicas a alguien una atención completa, sostenida, sin pedir nada visible a cambio, eso hace algo. Cuando escribes una versión de esa persona más nítida, más concentrada, más misteriosa y más luminosa de lo que la vida cotidiana le devuelve, también haces algo.
No la estaba seduciendo —o eso creía yo—. Estaba trabajando. Pero el trabajo tenía forma de carta, de escena, de escucha, de cuidado extremo.
Y esas son, también, formas de amor, aunque quien las ejerce no las llame así.
El error no fue solo técnico. No fue simplemente haber usado mal el método. El error fue no ver a tiempo que mientras yo utilizaba a Andrea como vector de una ficción, ella podía estar encontrándose en And con la versión más intensa de sí misma que nadie le había ofrecido nunca. Y eso no se recibe con neutralidad.
Hay una crueldad específica en los momentos en que todo parece empezar a funcionar. Mientras el experimento de la musa avanzaba hacia su desastre, el resto de mi vida profesional encontró por fin una forma. noisyVR dejó de ser promesa y se volvió estructura. Showrooms inmersivos para corporaciones. Salas de pantallas LED. Instalaciones en Roma, Milán, Madrid, Nueva York, Panamá. Mantenimiento. Continuidad. Futuro.
Y al mismo tiempo encontré la respuesta escénica para el musical. No un teatro. No un escenario convencional. Una sala inmersiva. El espacio que llevábamos años diseñando para clientes era exactamente el espacio que VRT necesitaba para existir.
La vida tiene esa costumbre despiadada de darte lo que buscabas en el mismo momento en que te cobra otra cosa.
Por las mañanas dibujaba showrooms. Por las tardes escribía And. Mientras el negocio crecía, la ficción también. Y entre ambas crecidas hubo un punto en que alguien —yo no, todavía no— empezó a no distinguir del todo entre un capítulo y una promesa.
Sandra encontró los escritos. No era la primera vez que ocurría algo así. Años atrás había leído lo de Alaniza, había tratado de encajarlo como pudo y yo le había explicado el musical, la musa, el mecanismo. Ella escuchó. Creyó entender. Pero hay cosas que se entienden solo mientras no te atraviesan a ti.
Los textos de And eran amor en la forma. Ficción, sí, pero amor en la textura, en el tono, en la dedicación. Cartas, escenas, diálogos, un hombre hablándole a una mujer de una manera que Sandra no recordaba haberme oído a ella. No me preguntó. No me dio tiempo. Llamó a Andrea directamente y le hizo una pregunta simple: si yo quería algo con ella.
Aquí está el punto exacto donde el capítulo se rompe de verdad.
No porque nadie decidiera romperlo. No por maldad. No por traición planificada. No por una revelación grandiosa. Se rompe porque la persona real aparece siendo simplemente persona en el momento menos soportable. Porque Andrea no contesta desde la lógica del método, ni desde la teoría de la musa, ni desde el pacto intelectual que habíamos hecho. Contesta desde el lugar al que la había empujado sin querer: el lugar de quien se sabe mirada, escrita, elegida para algo que ya no puede nombrar con distancia.
Y en ese punto And deja de ser sostenible. No porque yo lo decida. No porque Andrea quiera destruirlo. Sino porque la persona real rompe el molde sin proponérselo, con la misma naturalidad con que la realidad rompe siempre las máquinas que pretenden usarla sin pagar un precio.
Andrea dijo que sí. Dijo que yo quería algo con ella y que ella no quería. No sé con qué palabras exactas. No sé si fue una verdad a medias, un impulso de orgullo, una defensa, una herida hablando antes que la cabeza o una mezcla imposible de todo eso. Lo único que sé es el resultado: Sandra colgó el teléfono convencida de que la había engañado y, desde ese momento, ninguna explicación mía podría llegar a tiempo.
Tardé en entender a Andrea. Tardé más de lo que me gusta admitir. Al principio lo llamé traición porque no tenía otra palabra. Luego comprendí algo peor.
Se había enamorado. No exactamente de mí. Se había enamorado de And. Del personaje que yo había construido sobre ella. De esa versión más honda, más misteriosa, más concentrada, menos dispersa y más verdadera que cualquier noche de fiesta, cualquier historia de Instagram o cualquier conversación a medias.
Cuando Sandra llamó, Andrea no respondió a una pregunta factual. Respondió desde la herida de quien siente que lo más valioso que le ha pasado no puede seguir existiendo si se le niega toda realidad.
Y yo debería haberlo visto venir. Eso es lo insoportable.
Yo conocía a la persona. Sabía que el método solo funcionaba con distancia. Sabía que al acercar demasiado la realidad al personaje estaba abriendo una zona de daño que ya no sería ni solo literaria ni solo humana. Las dos cosas al mismo tiempo. Y ninguna sabiendo lo que le hacía a la otra.
Sandra no volvió. No solo por ese malentendido. También porque yo la había desatendido durante demasiado tiempo, porque me había refugiado en mi mundo, porque el dolor que ella sintió era real aunque la causa exacta estuviera mal contada. Los malentendidos, cuando llegan a tiempo, pueden deshacerse. Cuando llegan tarde, se convierten en la única historia que el otro puede soportar.
Con Andrea acabé igual de mal. No hubo gran pelea, ni discurso final, ni gesto dramático. Las llamadas se espaciaron. El proyecto quedó a medias. Hubo un día en que sonó el teléfono y no lo cogí, y luego pasó un tiempo sin que volviera a sonar. Todo fue apagándose con esa cobardía triste de las cosas que nadie sabe nombrar a tiempo. La dejé ir. O ella me dejó ir a mí. No sé si hay diferencia cuando las dos personas están mirando hacia otro lado.
El musical perdió a su segunda musa. Los capítulos que había avanzado con Andrea —incluido este— quedaron suspendidos como una obra de construcción detenida en mitad de algo. Los andamios seguían en pie. Nadie trabajaba.
Hay finales que no concluyen. Paran.
AND tenía que terminar así. No con una conclusión, sino con una nota sostenida que no encuentra el acorde siguiente.
He pensado mucho en por qué este capítulo se llama And y no Andrea. Andrea es una persona. Real. Con su propia historia, su dolor, sus límites y sus decisiones. No tengo derecho a reducirla a víctima ni a villana. Lo que hizo lo hizo desde un lugar que nunca conoceré del todo y que, además, yo contribuí a construir sin darme cuenta.
And es otra cosa.
And es la conjunción. El y. El punto donde dos cosas coexisten sin fundirse.
And es: ¿y ahora qué?
And es: ¿y si el método tenía el fallo dentro desde el principio?
And es: ¿y si la musa no puede ser una persona concreta sino una distancia, una frecuencia, una forma de atención que no se le debe exigir a nadie en la vida real?
And es: persona y personaje.
And es: ficción y verdad.
And es: método y herida.
And es: música y silencio.
And es el séptimo quesito del cilindro. El espacio en que la estructura se fractura para que Áurea pueda recomponerla de otra manera. Y es también la palabra mínima que une todo lo anterior con lo que viene después.
Alaniza y Sirius y Alan y Kuyiman y Redes y Ego y ahora And.
Los une sin que ninguno lo sepa.
Hay algo que debería decir antes de callarme.
Sin las musas —con todos sus costes, con todos sus desastres, con las relaciones que rompieron y los malentendidos que dejaron detrás— no hay obra. Sin Alexandra no existe Alaniza. Sin Alaniza no existe Sirius. Sin Sirius no hay espejo para Alan. Sin Kuyiman no hay brecha. Sin las Redes no hay red. Sin el Ego no hay motor. Sin And no hay grieta. Y sin la grieta, Áurea no tiene nada que cerrar.
Todo lo que dolió fue necesario, no porque el dolor enseñe —esa idea me sigue pareciendo una superstición vieja— sino porque el dolor es el único material que la ficción no puede fabricar desde cero. Tiene que tomarlo prestado de la realidad.
Esto es VRT: una obra construida sobre préstamos que nadie devolvió.
Correos no contestados. Contraseñas forzadas. Llamadas que no debían hacerse. La distancia exacta entre una musa y una persona.
La distancia exacta entre la ficción y la verdad.
Infinita. Y ninguna.
Y.
"And" em inglês é a conjunção que une coisas sem que ninguém a veja.
"E" em português faz o mesmo.
"And" é também o diminutivo de Andrea.
Nenhuma das duas coisas é coincidência.
Há coisas que só funcionam enquanto conservam uma zona de sombra. O fogo. A inspiração. O amor. No momento em que você as converte em sistema, continuam obedecendo, mas não queimam igual. A explicação chega com as mãos frias.
Com Alaniza encontrei um método sem saber que estava encontrando. Um e-mail pedido a uma desconhecida numa academia. Um endereço de uma garota de vinte e dois anos que não me conhecia de nada e que, por uma razão que nunca entenderei completamente, disse que sim. alaniza13. O nome que nomeou tudo.
Durante ano e meio escrevi duzentas cartas para esse endereço. Não eram para Alexandra, a pessoa real, mas para Alaniza, o personagem inventado sobre ela. Sem dados. Sem vida compartilhada. Sem a correção que a realidade introduz quando uma pessoa concreta entra de verdade em cena. Pura projeção. Pura distância. E por isso funcionou.
Com essas cartas escrevi quatro capítulos da obra. Criei Sirius, Alan, os mundos onde eles vivem. Salvei a empresa. Me separei. Me reinventei várias vezes seguidas enquanto tudo ao redor se desfazia. A carta 198 — "para, por favor" — foi o mais parecido com um final que tive.
Daí tirei uma lei que me pareceu limpa: a musa tem que ser um símbolo, não uma pessoa. A distância a torna possível. O desconhecimento a sustenta. No momento em que você conhece a pessoa real, o mecanismo se desloca. Já não serve para a mesma coisa.
Eu sabia disso. Sabia com a clareza de quem já se queimou uma vez.
E ainda assim, quando precisei novamente de uma musa, cometi exatamente o erro que sabia que não podia cometer.
A conhecia.
Era monitora na mesma academia onde havia conhecido Alexandra. Essa coincidência deveria ter me bastado como aviso. Os lugares repetem suas lições até que você as aprenda ou até que te quebrem com a mesma ferramenta com que antes te salvaram.
Nos cruzamos algumas vezes antes de Sandra e eu nos separarmos. A cena decisiva não teve nada de cinematográfica: um café numa terça à tarde na cafeteria da academia, uma conversa que não buscávamos e que se estendeu quase uma hora. Na mesa havia dois copos d'água que nenhum dos dois tocou. Ela estava separada havia seis meses. Tinha um filho da idade de Oli. Os detalhes não eram os mesmos, mas o fundo sim: duas pessoas saindo de algo que não havia terminado de morrer e que, no entanto, já não respirava.
Era linda, sim, mas não da maneira em que Alexandra havia parado minha vida. Com Andrea não houve parada brusca. Não houve aquele silêncio interior que antecede os golpes do destino. O que houve foi outra coisa: reconhecimento. A sensação de estar falando com alguém que já havia passado por uma parte do mesmo incêndio.
Pensei: poderia ser minha musa.
Com Alexandra não pensei nada. Soube. Com Andrea pensei. E pensar algo assim é já entrar na parte fria do processo.
Para entender O Pacto é preciso entender o que aconteceu antes.
A pandemia reinventou a empresa. O que éramos só fisicamente teve que se tornar também virtual: salas imersivas para clientes que já não podiam viajar, infraestrutura nova, uma linguagem de trabalho que não tínhamos antes. Conseguimos. Sempre conseguimos. Mas o custo foi desproporcional: meses sem levantar a cabeça, sem tempo para quase nada fora do tabuleiro, sem energia ao chegar em casa.
Sandra tem uma energia que admiro e que em certos momentos não consigo sustentar. Quando algo falha — quando sente que fui embora, que o corpo está mas o resto não — explode. Não uma vez. Todo dia. A cada hora, a cada minuto, sem fundo, sem se esgotar. Um quasar. A intensidade como estado permanente, inextinguível.
E eu, que estava extenuado, fiz a pior coisa possível: em vez de me aproximar, me afastei. Em vez de dar mais tempo, dei menos. Em vez de ficar com ela, me refugiei na obra. Em AND. No único lugar onde ninguém me pedia para ser outra pessoa.
Esse foi o erro. Não Andrea. Não o método. O erro foi esse: escolher o refúgio exatamente no momento em que ela precisava que eu não tivesse refúgio.
Entendi quando me separei. Com o espaço veio a clareza, essa precisão que durante o barulho é impossível. Não é que o método falhou. É que o usei para não estar onde tinha que estar.
Sei disso agora. Não sabia então.
Quando me separei de Sandra, levava meses sem escrever. Nem uma linha. Nem uma nota de música. Nem um esboço. O musical existia como uma casa fechada no inverno: continuava de pé, mas ninguém morava dentro.
Andrea tinha um projeto simples e ambicioso ao mesmo tempo: uma loja virtual no Instagram. Eu levava tempo buscando uma saída para o noisyVR e uma loja imersiva era exatamente o tipo de demonstração de que precisava. Ela colocava a imagem, a ideia, a energia social. Eu colocava a tecnologia. Era uma troca limpa, profissional. E teria sido suficiente se eu fosse outra pessoa.
Um dia lhe mostrei o musical. Contei sobre Alaniza, o e-mail, as cartas, a maneira como uma pessoa desconhecida podia funcionar como vetor de uma obra inteira. Mostrei textos, esboços, fragmentos. Ela leu em silêncio. Ao terminar levantou os olhos e me fez uma pergunta que me desarmou pela sua precisão.
— Você acha que ela as leu de verdade?
Sim, disse. Acredito que leu todas.
Depois lhe pedi que fosse minha musa. Expliquei do melhor modo que soube: que construiria um personagem novo a partir de sua presença; que esse personagem se chamaria And; que And não seria ela, não teria sua história nem sua intimidade nem seu medo nem seus desejos reais; que seria ficção, e nada mais que ficção. Que eu não precisava conhecê-la melhor, mas ter um ponto de apoio para voltar a escrever.
— Não entendo bem como funciona sua cabeça — me disse —. Mas não te julgo. E se puder te ajudar, farei isso.
Demos um aperto de mão. Foi um pacto sério e raríssimo. Um pacto sem cerimônia, sustentado apenas por uma confiança que ninguém havia examinado ainda.
And não era Andrea.
And era um personagem. Assim como Alaniza não era Alexandra, And não era Andrea. Compartilhavam uma presença, uma forma de ocupar o espaço, uma cadência, certo modo de inclinar a cabeça ou de ficar quieta. Mas isso não basta para converter uma pessoa no personagem que se constrói sobre ela.
And era o sétimo capítulo de VRT. A conjunção. A palavra que une sem que ninguém a note. A que está em todas as frases e em nenhuma. A que permite que duas coisas distintas pertençam à mesma respiração sem se fundir completamente.
And era: a conjunção.
And era: o espaço entre duas coisas que não podiam se tocar.
And era: o que une sem que ninguém peça.
Comecei a escrevê-la durante as tardes de trabalho com a loja virtual. Enquanto Andrea gravava vídeos ou preparava material para o perfil, eu abria o laptop e escrevia numa mesa próxima. Às vezes lia um fragmento para ela. Ela escutava sem interromper, com a atenção concentrada de quem sente que ali passa algo importante embora ainda não domine as regras.
— And tem algo meu? — me perguntou uma vez.
Respondi a verdade que eu tinha então:
— Tem sua presença. O modo como você ocupa o espaço. Mas não sua história. Não seus sonhos. Não seus medos. Não o que você é de verdade.
Ela entendia. Ou eu acreditava que entendia. E aí começou a zona perigosa: não quando ela confundiu o personagem com a pessoa, mas quando os dois começamos a viver perto demais do lugar onde essa confusão podia ocorrer.
Durante muito tempo estive convicto de que era impossível que ela se apaixonasse por mim. Parecia uma questão estatística. Bastava olhar para os homens com quem saía: lindíssimos, jovens, musculosos, perfeitamente integrados naquele ecossistema de redes sociais, convites, festas, academias e brilho contínuo que a mim ficava longe mesmo quando o tinha na frente. Eu era outra coisa. Um pai de quase cinquenta anos com uma separação recente, uma empresa que havia ressuscitado duas vezes do desastre e um musical que levava tempo demais tentando existir. Não estava no seu raio. Isso pensei. E pensei errado.
Porque há coisas que não respondem à matemática. Quando você dedica a alguém uma atenção completa, sustentada, sem pedir nada visível em troca, isso faz algo. Quando você escreve uma versão dessa pessoa mais nítida, mais concentrada, mais misteriosa e mais luminosa do que a vida cotidiana lhe devolve, também faz algo.
Não a estava seduzindo — ou isso eu acreditava —. Estava trabalhando. Mas o trabalho tinha forma de carta, de cena, de escuta, de cuidado extremo.
E essas são, também, formas de amor, embora quem as exerça não as chame assim.
O erro não foi só técnico. Não foi simplesmente ter usado mal o método. O erro foi não ver a tempo que, enquanto eu usava Andrea como vetor de uma ficção, ela podia estar se encontrando em And com a versão mais intensa de si mesma que alguém lhe havia oferecido. E isso não se recebe com neutralidade.
Há uma crueldade específica nos momentos em que tudo parece começar a funcionar. Enquanto o experimento da musa avançava em direção ao seu desastre, o resto da minha vida profissional encontrou por fim uma forma. O noisyVR deixou de ser promessa e se tornou estrutura. Showrooms imersivos para corporações. Salas de telas LED. Instalações em Roma, Milão, Madri, Nova York, Panamá. Manutenção. Continuidade. Futuro.
E ao mesmo tempo encontrei a resposta cênica para o musical. Não um teatro. Não um palco convencional. Uma sala imersiva. O espaço que levávamos anos projetando para clientes era exatamente o espaço que VRT precisava para existir.
A vida tem esse costume impiedoso de dar o que você buscava no mesmo momento em que cobra outra coisa.
De manhã desenhava showrooms. De tarde escrevia And. Enquanto o negócio crescia, a ficção também. E entre as duas crescidas houve um ponto em que alguém — eu não, ainda não — começou a não distinguir completamente entre um capítulo e uma promessa.
Sandra encontrou os escritos. Não era a primeira vez que algo assim ocorria. Anos antes havia lido o de Alaniza, havia tentado encaixá-lo como pôde e eu havia explicado o musical, a musa, o mecanismo. Ela escutou. Acreditou entender. Mas há coisas que se entendem só enquanto não te atravessam.
Os textos de And eram amor na forma. Ficção, sim, mas amor na textura, no tom, na dedicação. Cartas, cenas, diálogos, um homem falando com uma mulher de uma maneira que Sandra não se lembrava de ter me ouvido dizer a ela. Não me perguntou. Não me deu tempo. Ligou para Andrea diretamente e lhe fez uma pergunta simples: se eu queria algo com ela.
Aqui está o ponto exato onde o capítulo se rompe de verdade.
Não porque alguém decidiu rompê-lo. Não por maldade. Não por traição planejada. Não por uma revelação grandiosa. Rompe porque a pessoa real aparece sendo simplesmente pessoa no momento menos suportável. Porque Andrea não responde a partir da lógica do método, nem da teoria da musa, nem do pacto intelectual que havíamos feito. Responde a partir do lugar para o qual a havia empurrado sem querer: o lugar de quem se sabe olhada, escrita, escolhida para algo que já não consegue nomear com distância.
E nesse ponto And deixa de ser sustentável. Não porque eu o decida. Não porque Andrea queira destruí-lo. Mas porque a pessoa real rompe o molde sem se propor a isso, com a mesma naturalidade com que a realidade rompe sempre as máquinas que pretendem usá-la sem pagar um preço.
Em algum ponto o circuito para de conduzir e começa a queimar. Aqui.
Andrea disse que sim. Disse que eu queria algo com ela e que ela não queria. Não sei com quais palavras exatas. Não sei se foi uma verdade pela metade, um impulso de orgulho, uma defesa, uma ferida falando antes da cabeça, ou uma mistura impossível de tudo isso. O único que sei é o resultado: Sandra desligou o telefone convicta de que eu a havia traído e, desde aquele momento, nenhuma explicação minha poderia chegar a tempo.
Demorei para entender Andrea. Demorei mais do que gosto de admitir. No começo chamei de traição porque não tinha outra palavra. Depois compreendi algo pior.
Ela havia se apaixonado. Não exatamente por mim. Havia se apaixonado por And. Pelo personagem que eu havia construído sobre ela. Por essa versão mais funda, mais misteriosa, mais concentrada, menos dispersa e mais verdadeira do que qualquer noite de festa, qualquer história do Instagram ou qualquer conversa pela metade.
Quando Sandra ligou, Andrea não respondeu a uma pergunta factual. Respondeu a partir da ferida de quem sente que o mais valioso que lhe aconteceu não pode continuar existindo se lhe é negada toda realidade.
Eu conhecia a pessoa. Sabia que o método só funcionava com distância. Sabia que ao aproximar demais a realidade do personagem estava abrindo uma zona de dano que já não seria nem só literária nem só humana. As duas coisas ao mesmo tempo. E nenhuma sabendo o que fazia à outra.
Por então, Sandra não voltou. Não só por aquele mal-entendido. Também porque eu a havia deixado de lado por tempo demais, porque tinha me refugiado no meu mundo, porque a dor que ela sentiu era real ainda que a causa exata estivesse mal contada. Os mal-entendidos, quando chegam a tempo, podem se desfazer. Quando chegam tarde, se convertem na única história que o outro consegue suportar.
Com Andrea acabei igualmente mal. Não houve grande briga, nem discurso final, nem gesto dramático. As ligações se espaçaram. O projeto ficou pela metade. Houve um dia em que o telefone tocou e eu não atendi, e depois passou um tempo sem que voltasse a tocar. Tudo foi se apagando com aquela covardia triste das coisas que ninguém sabe nomear a tempo. A deixei ir. Ou ela me deixou ir. Não sei se há diferença quando as duas pessoas estão olhando para o outro lado.
O musical perdeu sua segunda musa. Os capítulos que havia avançado com Andrea — incluindo este — ficaram suspensos como uma obra de construção parada no meio de algo. Os andaimes continuavam de pé. Ninguém trabalhava.
Há finais que não concluem. Param.
Pensei muito por que este capítulo se chama And e não Andrea. Andrea é uma pessoa. Real. Com sua própria história, sua dor, seus limites e suas decisões. Não tenho direito de reduzi-la a vítima nem a vilã. O que fez, fez a partir de um lugar que nunca conhecerei completamente e que, além disso, eu contribuí para construir sem perceber.
And é outra coisa.
And é a conjunção. O e. O ponto onde duas coisas coexistem sem se fundir.
And é: e agora?
And é: e se o método tinha a falha dentro desde o princípio?
And é: e se a musa não pode ser uma pessoa concreta mas uma distância, uma frequência, uma forma de atenção que não se deve exigir de ninguém na vida real?
And é: pessoa e personagem.
And é: ficção e verdade.
And é: método e ferida.
And é: música e silêncio.
And é a sétima cunha do cilindro. O espaço em que a estrutura se fratura para que Áurea possa recompô-la de outra maneira. E é também a palavra mínima que une tudo o anterior com o que vem depois.
Alaniza e Sirius e Alan e Kuyiman e Redes e Ego e agora And.
Os une sem que nenhum o saiba.
Há algo que deveria dizer antes de me calar.
Sem as musas — com todos os seus custos, com todos os seus desastres, com as relações que romperam e os mal-entendidos que deixaram para trás — não há obra. Sem Alexandra não existe Alaniza. Sem Alaniza não existe Sirius. Sem Sirius não há espelho para Alan. Sem Kuyiman não há brecha. Sem as Redes não há rede. Sem o Ego não há motor. Sem And não há fissura. E sem a fissura, Áurea não tem nada para fechar.
Tudo que doeu foi necessário, não porque a dor ensine — essa ideia continua me parecendo uma superstição velha — mas porque a dor é o único material que a ficção não consegue fabricar do zero. Tem que tomá-lo emprestado da realidade.
Isso é VRT: uma obra construída sobre empréstimos que ninguém devolveu.
E-mails não respondidos. Senhas forçadas. Ligações que não deveriam ter sido feitas. A distância exata entre uma musa e uma pessoa.
A distância exata entre a ficção e a verdade.
Infinita. E nenhuma.
E.
There are things that only work while they retain a zone of shadow. Fire. Inspiration. Love. The moment you turn them into a system they keep obeying, but they don’t burn the same way. The explanation arrives with cold hands.
With Alaniza I found a method without knowing I was finding one. An email asked of a stranger at a gym. An address belonging to a twenty-two-year-old girl who didn’t know me at all and who, for a reason I’ll never entirely understand, said yes. alaniza13. The name that named everything.
For a year and a half I wrote two hundred letters to that address. They weren’t for Alexandra, the real person, but for Alaniza, the character invented upon her. No facts. No shared life. Without the correction that reality introduces when a concrete person enters the scene for real. Pure projection. Pure distance. And that’s why it worked.
With those letters I wrote four chapters of the work. I created Sirius, Alan, the worlds where they live. I saved the company. I separated. I reinvented myself several times in succession while everything around me came apart. Letter 198 — “stop, please” — was the closest thing to an ending I had.
From that I extracted a law that seemed clean to me: the muse must be a symbol, not a person. The distance makes her possible. The unknowing sustains her. The moment you know the real person, the mechanism shifts. It no longer serves the same purpose.
I knew that. I knew it with the clarity of someone who has already been burned once.
And even so, when I needed a muse again, I committed exactly the mistake I knew I couldn’t commit.
I knew her.
She was an instructor at the same gym where I’d met Alexandra. That coincidence should have been warning enough. Places repeat their lessons until you learn them or until they break you with the same tool that once saved you.
We crossed paths a couple of times before Sandra and I separated. The decisive scene had nothing cinematic about it: a coffee on a Tuesday afternoon in the gym café, a conversation neither of us was looking for that stretched to almost an hour. On the table were two glasses of water that neither of us touched. She’d been separated six months. She had a child the same age as Oli. The details weren’t the same, but the substance was: two people coming out of something that hadn’t quite finished dying and that, nonetheless, was no longer breathing.
She was beautiful, yes, but not in the way Alexandra had stopped my life. With Andrea there was no sudden halt. None of that interior silence that precedes blows of fate. What there was instead was something else: recognition. The feeling of talking to someone who had already passed through part of the same fire.
I thought: she could be my muse.
And that thought, precisely that one, was the alarm.
With Alexandra I thought nothing. I knew. With Andrea I thought. And thinking something like that is already entering the cold part of the process.
To understand The Pact you have to understand what came before it.
The pandemic reinvented the company. What we were as a purely physical operation had to become virtual as well: immersive rooms for clients who could no longer travel, new infrastructure, a working language we hadn’t had before. We managed it. We always manage it. But the cost was disproportionate: months without lifting my head, without time for almost anything outside the project board, without energy left when I got home.
Sandra has an energy I admire and that at certain moments I can’t sustain. When something fails — when she senses I’ve gone somewhere else, that the body is there but the rest isn’t — she explodes. Not once. Every day. Every hour, every minute, without bottom, without exhausting itself. A quasar. Intensity as a permanent, inexhaustible state.
And I, who was utterly spent, did the worst possible thing: instead of getting closer, I withdrew. Instead of giving more time, I gave less. Instead of staying with her, I took shelter in the work. In And. In the only place where no one was asking me to be someone else.
That was the mistake. Not Andrea. Not the method. The mistake was that: choosing shelter at the exact moment when she needed me to have no shelter.
I understood it when I separated. With the distance came the clarity, that precision which during the noise is impossible. It wasn’t that the method failed. It was that I used it to avoid being where I needed to be.
I know that now. I didn’t know it then.
When I separated from Sandra I’d been months without writing. Not a line. Not a bar of music. Not a sketch. The work existed like a house closed up in winter: still standing, but no one living inside.
Andrea had a project that was simple and ambitious at the same time: a virtual shop on Instagram. I’d been looking for an outlet for noisyVR for a while and an immersive store was exactly the kind of demo it needed. She brought the image, the concept, the social energy. I brought the technology. It was a clean, professional exchange. And it would have been enough if I had been a different person.
One day I showed her the work. I told her about Alaniza, the email, the letters, the way an unknown person could function as the vector of an entire piece. I showed her texts, sketches, fragments. She read in silence. When she finished she looked up and asked me a question that disarmed me by its precision.
Yes, I told her. I believe she read them all.
Then I asked her to be my muse. I explained it as well as I knew how: that I would build a new character starting from her presence; that this character would be called And; that And would not be her, would not have her story or her intimacy or her fear or her real desires; that it would be fiction, and nothing but fiction. That I didn’t need to know her better, only to have a point of support in order to write again.
We shook hands. It was a serious and very strange pact. A pact without ceremony, held up only by a trust that no one had yet examined.
And was not Andrea. It needs to be said that flatly, because otherwise the whole chapter is contaminated.
And was a character. Just as Alaniza wasn’t Alexandra, And wasn’t Andrea. They shared a presence, a way of occupying space, a cadence, a certain way of tilting the head or of going still. But that’s not enough to turn a person into the character built upon her.
And was the seventh chapter of VRT. The conjunction. The word that joins without anyone noticing. The one that’s in every sentence and in none. The one that allows two different things to belong to the same breath without merging entirely.
And was: the conjunction.
And was: the space between two things that couldn’t touch.
And was: what joins without anyone asking it to.
I began writing her during the working afternoons with the virtual shop. While Andrea recorded videos or prepared material for the profile, I opened my laptop and wrote at a nearby table. Sometimes I read her a fragment. She listened without interrupting, with the concentrated attention of someone who senses something important is happening there even if they don’t yet know the rules.
I answered with the truth I had then:
She understood. Or I believed she understood. And that’s where the dangerous zone began: not when she confused the character with the person, but when both of us started living too close to the place where that confusion could occur.
For a long time I was convinced it was impossible she would fall in love with me. It seemed to me a statistical matter. I only had to look at the men she went out with: very handsome, young, muscular, perfectly integrated into that ecosystem of social media, invitations, parties, gyms and continuous brightness that was far from me even when it was right in front of me. I was something else. A father of nearly fifty with a recent separation, a company that had pulled itself back from disaster twice and a work that had been trying to exist for too long. I wasn’t in her range. That’s what I thought. And I thought wrong.
Because there are things that don’t answer to mathematics. When you give someone complete, sustained attention, asking nothing visible in return, that does something. When you write a version of that person that is sharper, more concentrated, more mysterious and more luminous than what ordinary life gives her back, that does something too.
I wasn’t seducing her — or so I believed. I was working. But the work had the form of a letter, a scene, a kind of listening, an extreme care.
And those are also forms of love, even when whoever practises them doesn’t call them that.
The mistake wasn’t only technical. It wasn’t simply having used the method badly. The mistake was not seeing in time that while I was using Andrea as the vector of a fiction, she might have been finding in And the most intense version of herself that anyone had ever offered her. And that is not received with neutrality.
There is a specific cruelty in the moments when everything seems to start working. While the muse experiment was advancing toward its disaster, the rest of my professional life finally found a form. noisyVR stopped being a promise and became a structure. Immersive showrooms for corporations. LED screen rooms. Installations in Rome, Milan, Madrid, New York, Panama. Maintenance. Continuity. A future.
And at the same time I found the scenic answer for the work. Not a theatre. Not a conventional stage. An immersive room. The space we’d been designing for clients for years was exactly the space VRT needed in order to exist.
Life has that merciless habit of giving you what you were looking for at the exact moment it charges you something else for it.
In the mornings I was drawing showrooms. In the afternoons I was writing And. As the business grew, the fiction grew too. And between those two growths there came a point when someone — not me, not yet — started to not entirely distinguish between a chapter and a promise.
Sandra found the writing. It wasn’t the first time something like this had happened. Years earlier she had read the Alaniza material, had tried to make sense of it as best she could and I had explained the work, the muse, the mechanism. She listened. She thought she understood. But there are things you only understand until they happen to you.
The And texts were love in form. Fiction, yes, but love in texture, in tone, in dedication. Letters, scenes, dialogue, a man speaking to a woman in a way Sandra couldn’t remember hearing me speak to her. She didn’t ask me. She didn’t give me the time. She called Andrea directly and asked her a simple question: whether I wanted something with her.
Here is the exact point where the chapter truly breaks.
Not because anyone decided to break it. Not from cruelty. Not from planned betrayal. Not from a grandiose revelation. It breaks because the real person appears being simply a person at the least bearable moment. Because Andrea doesn’t answer from the logic of the method, or from the theory of the muse, or from the intellectual pact we had made. She answers from the place I had pushed her into without meaning to: the place of someone who knows they have been looked at, written, chosen for something they can no longer name from a distance.
And at that point And stops being sustainable. Not because I decide it. Not because Andrea wants to destroy it. But because the real person breaks the mould without intending to, with the same naturalness with which reality always breaks the machines that try to use it without paying a price.
At some point the circuit stops conducting and starts to burn. Here.
Andrea said yes. She said yes, I wanted something with her and she didn’t want it. I don’t know her exact words. I don’t know whether it was a half-truth, an impulse of pride, a defence, a wound speaking before the mind, or an impossible mixture of all of those. The only thing I know is the result: Sandra hung up convinced she had been deceived and, from that moment on, no explanation of mine could arrive in time.
It took me a while to understand Andrea. Longer than I like to admit. At first I called it betrayal because I had no other word. Then I understood something worse.
She had fallen in love. Not exactly with me. She had fallen in love with And. With the character I had built upon her. With that deeper, more mysterious, more concentrated, less scattered and truer version than any party night, any Instagram story or any half-conversation.
When Sandra called, Andrea didn’t answer a factual question. She answered from the wound of someone who feels that the most valuable thing that has happened to her cannot keep existing if denied all reality.
And I should have seen it coming. That’s the unbearable part.
I knew the person. I knew the method only worked with distance. I knew that by bringing the reality too close to the character I was opening a zone of damage that would no longer be either purely literary or purely human. Both things at once. And neither one knowing what it was doing to the other.
Sandra didn’t come back. Not only because of that misunderstanding. Also because I had neglected her for too long, because I had taken refuge in my own world, because the pain she felt was real even if the exact cause was wrongly told. Misunderstandings, when they arrive in time, can be undone. When they arrive late, they become the only story the other person can bear.
With Andrea it ended equally badly. There was no great fight, no final speech, no dramatic gesture. The calls spaced out. The project was left half done. There was a day when the phone rang and I didn’t answer it, and then some time passed without it ringing again. Everything faded out with that sad cowardice of things no one knows how to name in time. I let her go. Or she let me go. I don’t know if there’s a difference when both people are looking the other way.
The work lost its second muse. The chapters that had advanced with Andrea — including this one — were left suspended like a construction site halted in the middle of something. The scaffolding was still standing. No one was working.
There are endings that don’t conclude. They stop.
And had to end this way. Not with a conclusion, but with a held note that cannot find the next chord.
I’ve thought a lot about why this chapter is called And and not Andrea. Andrea is a person. Real. With her own story, her pain, her limits and her decisions. I have no right to reduce her to victim or villain. What she did she did from a place I’ll never fully know and which, moreover, I helped to build without realising it.
And is something else.
And is the conjunction. The word that joins. The point where two things coexist without merging.
And is: what now?
And is: what if the method had the flaw inside it from the start?
And is: what if the muse can’t be a concrete person but a distance, a frequency, a form of attention that can’t be demanded of anyone in real life?
And is: person and character.
And is: fiction and truth.
And is: method and wound.
And is: music and silence.
And is the seventh wedge of the cylinder. The space where the structure fractures so that Áurea can recompose it another way. And it is also the minimal word that joins everything that came before to what comes after.
Alaniza and Sirius and Alan and Kuyiman and Networks and Ego and now And.
Joining them without any of them knowing it.
There is something I should say before going quiet.
Without the muses — with all their costs, all their disasters, with the relationships they broke and the misunderstandings they left behind — there is no work. Without Alexandra there is no Alaniza. Without Alaniza there is no Sirius. Without Sirius there’s no mirror for Alan. Without Kuyiman there’s no breach. Without Networks there’s no net. Without Ego there’s no motor. Without And there’s no crack. And without the crack, Áurea has nothing to close.
Everything that hurt was necessary, not because pain teaches — that idea still strikes me as an old superstition — but because pain is the only material fiction cannot manufacture from scratch. It has to borrow it from reality.
This is VRT: a work built on loans that no one returned.
Emails unanswered. Passwords forced. Calls that shouldn’t have been made. The exact distance between a muse and a person.
The exact distance between fiction and truth.
Infinite. And none.
And.
Esta obra empezó en 2013.
Termina en 2026.
Para Sandra.
Para mis hijos.
La convergencia.
La proporción oculta.
Primero fue silencio.
Después, una forma.
Después comprendiste que la forma siempre había estado ahí,
y que el silencio era solo la distancia entre tú y ella.
No has llegado a un final. Has llegado a una apertura que llevaba preparándose desde el principio, incluso cuando el principio todavía no sabía que lo era.
Entraste por una puerta y creíste que ibas a ver una historia. Después entraste por otra y pensaste que era otra distinta. Sirius parecía ir por un sitio, Alan por otro, la piedra por otro, las Redes por otro, el Ego por su cuenta, And por la herida y Alaniza por el origen. Ocho direcciones. Ocho ritmos. Ocho maneras de perderse.
Áurea aparece cuando por fin se descubre que no eran ocho direcciones, sino ocho curvaturas de una misma forma. No una forma geométrica cerrada. Una forma viva. Algo que crecía en la oscuridad mientras los personajes creían improvisar.
La proporción áurea no ordena por imposición: aparece cuando algo encuentra por fin la manera natural de expandirse sin romperse. Una espiral. Una galaxia. Un oído interno. La curva de un nautilo. Las semillas del girasol. La arquitectura secreta del ADN.
Lo que parecía arbitrario resulta ser respiración.
Por eso Áurea no llega para explicar. Llega para dejar ver. Como cuando una habitación se ilumina y uno comprende que los muebles siempre estuvieron ahí, solo que hasta entonces había aprendido a tocarlos a oscuras.
La primera arquitectura de la obra era un cilindro dividido en siete quesitos con una pieza central oculta. Durante mucho tiempo esa imagen fue una solución escénica. Luego se volvió una metáfora. Ahora es una verdad estructural.
Has recorrido el cilindro sin verlo. Lo has habitado desde un borde. Lo has confundido con un paisaje, con una ciudad, con un laboratorio, con una carta, con un piano, con un algoritmo, con una piedra que respira. Cada capítulo te ofrecía una pared. Cada pared te parecía total.
Solo aquí se comprende que todas estaban curvadas hacia un mismo centro.
Pero el centro no emerge como un objeto. No desciende del techo. No se construye delante de ti. El centro aparece en el instante en que las separaciones dejan de parecer necesarias. Las paredes no se desploman con estruendo: pierden espesor. La frontera entre un capítulo y otro se vuelve porosa.
Lo que en Redes era ruido aquí se convierte en textura. Lo que en And era oscuridad aquí adquiere profundidad. Lo que en Ego era resto aquí deja de ser ruina y pasa a ser prueba. Lo que en Alaniza era herida originaria aquí se reconoce como impulso. Lo que en Kuyiman era brecha aquí encuentra forma de resonancia.
No lo ves desde fuera. Lo ves desde el lugar que siempre te estuvo esperando: el centro mismo.
Mientras tú recorrías una versión del viaje, otros recorrían la suya. No te interrumpieron. No ocuparon tu espacio. Pero estuvieron ahí, como la temperatura que deja un cuerpo en una silla cuando acaba de levantarse.
En Áurea esas presencias no se presentan como avatares. Aparecen como rastros de luz: la frecuencia que una vida deja detrás de sí cuando ya no está del todo presente y todavía no ha desaparecido. Filamentos. Nubes finísimas. Derivas de partículas que por un momento recuerdan una postura humana y enseguida vuelven a deshacerse.
De Alaniza:
Una cadencia de carta, sin firma todavía. Un nombre de mujer que es también una contraseña, que es también un mecanismo. El origen —siempre el origen— reconociéndose como tal por primera vez.
De Sirius:
Un pulso cromático. El salto entre un azul que recordabas y otro que no esperabas. La lógica de los saltos comprendiéndose a sí misma en el instante en que ya no necesita explicarse.
De Alan:
El residuo blanco de algo que ardió con calma. Ocho millones de versiones posibles de una misma despedida. La certeza de que el hermano pequeño siempre supo más que nadie y nunca dijo nada.
De Kuyiman:
Partículas que todavía no han encontrado forma pero tampoco la buscan. La brecha donde van las consciencias que ya no necesitan cuerpo. Un latido subgrave que no pertenece a ningún pecho.
De Redes:
Una tensión de cables y murmullos. El ruido de lo que se conecta sin pedirlo. La memoria que no recuerda para informar, sino para seguir existiendo en alguien que tampoco sabe que la está guardando.
De Ego:
El eco de una fuente en un jardín donde ya no queda nadie. La tecla hundida de un piano que nadie ha vuelto a tocar. La prótesis que crujió y siguió sosteniéndolo todo sin que él lo supiera.
De And:
Una respiración contenida junto a un instrumento que no suena. La oscuridad que tiene profundidad. El silencio que no es ausencia de música sino música que todavía no ha decidido empezar.
Y algo más: un color que no existe en el espectro visible y, sin embargo, ya conocías. Que siempre habías conocido. Que pertenece al espacio entre una nota y la siguiente, al margen blanco entre dos cartas, al instante exacto en que la pantalla se oscurece antes de que empiece lo que de verdad querías ver.
Áurea no inventa nada nuevo. Convoca, sin etiquetarlo, todo lo que ya estaba ahí. Como una orquesta que al final deja oír juntos, por primera vez, motivos que antes habían sonado aislados.
No recapitulación. Reconocimiento.
Las preguntas siguen sin respuesta.
Áurea no resuelve el misterio del kuyiman.
No devuelve a Alan.
No promete que Sirius comprenda por fin sus saltos.
No garantiza que Alaniza vuelva.
No absuelve a nadie de lo que hizo con el amor, con la imaginación o con su propia necesidad de crear.
No cierra la herida de And.
No devuelve al Ego la prótesis que le sostenía.
Lo que sí hace es algo más raro: demuestra que todas esas preguntas compartían estructura. Que la piedra, el email, el cuerpo, la máscara pública, la red, la musa, el hermano, el silencio, el error de conocer de verdad a quien debía seguir siendo símbolo... todo estaba doblado sobre la misma búsqueda.
La de alguien tratando de entender cómo seguir siendo uno cuando la vida te obliga a existir en múltiples versiones al mismo tiempo.
La proporción áurea no borra el dolor. Lo redistribuye. Lo vuelve legible sin convertirlo en moraleja. Por eso Áurea no es consuelo. Es una forma de orden que no humilla el caos del que proviene.
Una belleza que no niega la fractura, sino que revela la manera en que la fractura ya participaba de una forma mayor.
La luz áurea no cae sobre las respuestas. Cae sobre la dignidad de haber preguntado.
Primero la luz cambia de densidad. No de intensidad: de densidad. Como si el aire mismo aprendiera a emitir.
Luego las presencias comienzan a volverse translúcidas. No se van; se abren. A través de ellas empieza a filtrarse otra capa de mundo. No el mundo ficticio. El tuyo.
La habitación donde estás. La mesa. El marco de una puerta. La ciudad donde vives respirando detrás del cristal. La lámpara. El suelo de tu casa. Los reflejos mínimos que antes habían quedado cancelados por la obra y que ahora regresan sin expulsarla.
El passthrough no entra como efecto técnico: entra como revelación. La obra no estaba construida para sustituir la realidad, sino para devolverla ligeramente alterada, cargada con todo lo que acabas de cruzar.
Durante unos segundos no sabes si las figuras se están borrando o si el mundo real está aprendiendo a atravesarlas.
Y en ese no saber está el verdadero final.
El musical no termina en un aplauso ni en una frase definitiva. Termina cuando comprendes que tu espacio cotidiano ha quedado contaminado por la ficción y que ya no podrás volver a mirarlo exactamente igual.
La puerta no se cierra. Lo que se abre no es la siguiente escena. Es tu mundo.
Al final no quedan los nombres como nombres. No queda Alexandra, ni Alaniza, ni Sirius, ni Alan, ni Ana, ni Mirella, ni Yoriko, ni Oshima, ni And, ni siquiera el kuyiman como objeto aislado.
Queda otra cosa: la capacidad de reconocer en la materia de una obra la forma secreta con la que estaba organizada una parte de tu vida. Eso es Áurea. No el capítulo que explica los anteriores, sino el capítulo que devuelve al espectador la responsabilidad de terminarlos.
La obra no se consuma aquí porque lo consuma todo; se consuma aquí porque ya no puede seguir sin ti. Lo que faltaba eras tú, no como público, sino como superficie de inscripción. Como el lugar donde, al mezclarse con el mundo real, la obra por fin encuentra dónde quedarse.
Por eso el silencio final es necesario. No como cierre. Como espacio de asentamiento. Después de la convergencia, después de los rastros, después de la apertura del mundo visible, no debe venir una última lección.
Solo un margen.
Una quietud breve en la que el cuerpo asimile que también él ha sido recorrido.
Y entonces, muy suavemente, una última línea de carta cruza el aire sin nombre y sin destinataria y desaparece antes de terminar de fijarse.
No para cerrar el círculo. Para dejarlo abierto.
No era un final. Era la primera vez que el mundo real entraba en la obra sin romperla. O quizá la primera vez que la obra salía al mundo real sin pedir permiso.
Todo lo anterior —las cartas, la piedra, los laboratorios, la red, el taller, el piano, la máscara, la grieta— había sido una preparación para este gesto mínimo: mirar alrededor y descubrir que el lugar donde estás también puede convertirse en escenario de algo más grande sin dejar de ser lo que era.
Áurea no concluye. Reconoce. Y luego te deja solo otra vez.
Trece años separan la primera página de esta. No son los mismos años para quien los vivió por dentro.
Pero ya no del mismo modo.
○
A proporção oculta.
Primeiro foi silêncio.
Depois, uma forma.
Depois compreendeste que a forma sempre esteve ali,
e que o silêncio era apenas a distância entre você e ela.
Você não chegou a um final. Chegou a uma abertura que se preparava desde o começo, mesmo quando o começo ainda não sabia que o era.
Entrou por uma porta e acreditou que ia ver uma história. Depois entrou por outra e pensou que era outra diferente. Sirius parecia ir por um lado, Alan por outro, a pedra por outro, as Redes por outro, o Ego por conta própria, And pela ferida e Alaniza pela origem. Oito direções. Oito ritmos. Oito maneiras de se perder.
Áurea aparece quando por fim se descobre que não eram oito direções, mas oito curvaturas de uma mesma forma. Não uma forma geométrica fechada. Uma forma viva. Algo que crescia na escuridão enquanto os personagens acreditavam estar improvisando.
A proporção áurea não ordena por imposição: aparece quando algo encontra por fim o modo natural de se expandir sem se romper. Uma espiral. Uma galáxia. Um ouvido interno. A curva de um nautilo. As sementes do girassol. A arquitetura secreta do DNA.
O que parecia arbitrário resulta ser respiração.
Por isso Áurea não chega para explicar. Chega para deixar ver. Como quando um quarto se ilumina e se compreende que os móveis sempre estiveram ali, só que até então a gente havia aprendido a tocá-los no escuro.
A primeira arquitetura da obra era um cilindro dividido em oito fatias com uma peça central oculta. Durante muito tempo essa imagem foi uma solução cênica. Depois se tornou uma metáfora. Agora é uma verdade estrutural.
Você percorreu o cilindro sem vê-lo. O habitou desde uma borda. O confundiu com uma paisagem, com uma cidade, com um laboratório, com uma carta, com um piano, com um algoritmo, com uma pedra que respira. Cada capítulo lhe oferecia uma parede. Cada parede lhe parecia total.
Só aqui se compreende que todas estavam curvadas em direção a um mesmo centro.
Mas o centro não emerge como um objeto. Não desce do teto. Não se constrói diante de você. O centro aparece no instante em que as separações deixam de parecer necessárias. As paredes não desmoronam com estrondo: perdem espessura. A fronteira entre um capítulo e outro se torna porosa.
O que em Redes era ruído aqui se converte em textura. O que em And era escuridão aqui adquire profundidade. O que em Ego era resto aqui deixa de ser ruína e passa a ser prova. O que em Alaniza era ferida originária aqui se reconhece como impulso. O que em Kuyiman era brecha aqui encontra forma de ressonância.
Você não o vê de fora. O vê do lugar que sempre esteve te esperando: o centro mesmo.
Enquanto você percorria uma versão da jornada, outros percorriam a deles. Não te interromperam. Não ocuparam o seu espaço. Mas estiveram ali, como a temperatura que um corpo deixa numa cadeira quando acaba de se levantar.
Em Áurea essas presenças não se apresentam como avatares. Aparecem como rastros de luz: a frequência que uma vida deixa atrás de si quando já não está de todo presente e ainda não desapareceu. Filamentos. Nuvens finíssimas. Derivações de partículas que por um momento lembram uma postura humana e logo voltam a se desfazer.
De Alaniza:
Uma cadência de carta, sem assinatura ainda. Um nome de mulher que é também uma senha, que é também um mecanismo. A origem — sempre a origem — se reconhecendo como tal pela primeira vez.
De Sirius:
Um pulso cromático. O salto entre um azul que você lembrava e outro que não esperava. A lógica dos saltos se compreendendo a si mesma no instante em que já não precisa se explicar.
De Alan:
O resíduo branco de algo que ardeu com calma. Oito milhões de versões possíveis de uma mesma despedida. A certeza de que o irmão menor sempre soube mais do que ninguém e nunca disse nada.
De Kuyiman:
Partículas que ainda não encontraram forma mas tampouco a procuram. A brecha onde vão as consciências que já não precisam de corpo. Um batimento subgrave que não pertence a nenhum peito. Uma nota que ninguém tocou e que no entanto soou. Só essa. Com a sua sombra abaixo.
De Redes:
Uma tensão de cabos e murmúrios. O ruído do que se conecta sem pedido. A memória que não lembra para informar, mas para continuar existindo em alguém que tampouco sabe que a está guardando.
De Ego:
O eco de uma fonte num jardim onde já não há ninguém. A tecla afundada de um piano que ninguém voltou a tocar. A prótese que rangeu e continuou sustentando tudo sem que ele soubesse.
De And:
Uma respiração contida ao lado de um instrumento que não soa. A escuridão que tem profundidade. O silêncio que não é ausência de música mas música que ainda não decidiu começar.
E algo mais: uma cor que não existe no espectro visível e que, no entanto, você já conhecia. Que sempre conheceu. Que pertence ao espaço entre uma nota e a seguinte, à margem branca entre duas cartas, ao instante exato em que a tela escurece antes de começar o que de verdade você queria ver.
Áurea não inventa nada novo. Convoca, sem nomeá-lo, tudo o que já estava ali. Como uma orquestra que ao final deixa ouvir juntos, pela primeira vez, motivos que antes tinham soado isolados.
Não recapitulação. Reconhecimento.
As perguntas continuam sem resposta.
Áurea não resolve o mistério do kuyiman.
Não devolve Alan.
Não promete que Sirius compreenda por fim seus saltos.
Não garante que Alaniza volte.
Não absolve ninguém do que fez com o amor, com a imaginação ou com a própria necessidade de criar.
Não fecha a ferida de And.
Não devolve ao Ego a prótese que o sustentava.
O que faz é algo mais raro: demonstra que todas essas perguntas compartilhavam estrutura. Que a pedra, o email, o corpo, a máscara pública, a rede, a musa, o irmão, o silêncio, o erro de conhecer de verdade quem devia continuar sendo símbolo... tudo estava dobrado sobre a mesma busca.
A de alguém tentando entender como continuar sendo um quando a vida te obriga a existir em múltiplas versões ao mesmo tempo.
A proporção áurea não apaga a dor. A redistribui. A torna legível sem convertê-la em moral. Por isso Áurea não é consolo. É uma forma de ordem que não humilha o caos do qual provém.
Uma beleza que não nega a fratura, mas revela o modo como a fratura já participava de uma forma maior.
A luz áurea não cai sobre as respostas. Cai sobre a dignidade de ter perguntado.
Primeiro a luz muda de densidade. Não de intensidade — de densidade. Como se o próprio ar aprendesse a emitir.
Depois as presenças começam a se tornar translúcidas. Não vão embora; se abrem. Através delas começa a se filtrar outra camada de mundo. Não o mundo fictício. O seu.
O quarto onde você está. A mesa. O caixilho de uma porta. A cidade onde você vive respirando atrás do vidro. A lâmpada. O chão da sua casa. Os reflexos mínimos que antes tinham ficado cancelados pela obra e que agora retornam sem expulsá-la.
O passthrough não entra como efeito técnico: entra como revelação. A obra não foi construída para substituir a realidade, mas para devolvê-la levemente alterada, carregada com tudo que você acabou de cruzar.
Durante alguns segundos você não sabe se as figuras estão se apagando ou se o mundo real está aprendendo a atravessá-las.
E nesse não saber está o verdadeiro final.
A porta não se fecha. O que se abre não é a próxima cena. É o seu mundo.
No final não ficam os nomes como nomes. Não fica Alexandra, nem Alaniza, nem Sirius, nem Alan, nem Ana, nem Mirella, nem Yoriko, nem Oshima, nem And, nem sequer o kuyiman como objeto isolado.
Fica outra coisa: a capacidade de reconhecer na matéria de uma obra a forma secreta com que estava organizada uma parte de sua vida. Isso é Áurea. Não o capítulo que explica os anteriores, mas o capítulo que devolve ao espectador a responsabilidade de terminá-los.
A obra não se consuma aqui porque consuma tudo; se consuma aqui porque já não pode continuar sem você. O que faltava era você — não como público, mas como superfície de inscrição. Como o lugar onde, ao se misturar com o mundo real, a obra por fim encontra onde ficar.
Por isso o silêncio final é necessário. Não como fechamento. Como espaço de assentamento. Depois da convergência, depois dos rastros, depois da abertura do mundo visível, não deve vir uma última lição.
Só uma margem.
Uma quietude breve em que o corpo assimile que também ele foi percorrido.
E então, muito suavemente, uma última linha de carta cruza o ar sem nome e sem destinatária e desaparece antes de terminar de se fixar.
Não para fechar o círculo. Para deixá-lo aberto.
Não era um final. Era a primeira vez que o mundo real entrou na obra sem quebrá-la. Ou talvez a primeira vez que a obra saiu para o mundo real sem pedir licença.
Tudo o anterior — as cartas, a pedra, os laboratórios, a rede, o ateliê, o piano, a máscara, a fresta — havia sido uma preparação para esse gesto mínimo: olhar ao redor e descobrir que o lugar onde você está também pode se converter em cenário de algo maior sem deixar de ser o que era.
Áurea não conclui. Reconhece. E depois te deixa sozinho de novo.
Treze anos separam a primeira página desta. Não são os mesmos anos para quem os viveu por dentro.
Mas já não do mesmo modo.
Os cadernos não estão mais vazios.
○
This work began in 2013.
It ends in 2026.
For Sandra.
For my children.
ÁUREA
Chapter VIII — Director’s Cut
The convergence.
The hidden proportion.
First there was silence.
Then a form.
Then you understood the form had always been there,
and that the silence was only the distance between you and it.
You have not arrived at an ending. You have arrived at an opening that had been preparing itself from the beginning, even when the beginning did not yet know it was one.
You entered through one door and believed you were going to see a story. Then you entered through another and thought it was a different one. Sirius seemed to be going one way, Alan another, the stone another, the Networks another, the Ego its own way, And through the wound and Alaniza through the origin. Eight directions. Eight rhythms. Eight ways of getting lost.
Áurea appears when it is finally discovered that they were not eight directions, but eight curvatures of the same form. Not a closed geometric form. A living form. Something that was growing in the dark while the characters believed they were improvising.
The golden ratio does not order by imposition: it appears when something finally finds the natural way to expand without breaking. A spiral. A galaxy. An inner ear. The curve of a nautilus. The seeds of a sunflower. The secret architecture of DNA.
What seemed arbitrary turns out to be breath.
That is why Áurea does not arrive to explain. It arrives to let you see. Like when a room is illuminated and you understand that the furniture was always there, only until then you had learned to feel your way around it in the dark.
The first architecture of the work was a cylinder divided into seven wedges with a hidden central piece. For a long time that image was a scenic solution. Then it became a metaphor. Now it is a structural truth.
You have moved through the cylinder without seeing it. You have inhabited it from an edge. You have confused it with a landscape, with a city, with a laboratory, with a letter, with a piano, with an algorithm, with a stone that breathes. Each chapter offered you a wall. Each wall seemed total.
Only here does it become clear that all of them were curved toward the same centre.
But the centre does not emerge as an object. It does not descend from the ceiling. It is not constructed in front of you. The centre appears in the instant when the separations cease to seem necessary. The walls do not collapse with a crash: they lose thickness. The border between one chapter and the next becomes porous.
What in Networks was noise here becomes texture. What in And was darkness here acquires depth. What in Ego was residue here stops being ruin and becomes evidence. What in Alaniza was original wound here is recognised as impulse. What in Kuyiman was breach here finds the form of resonance.
You don’t see it from outside. You see it from the place that was always waiting for you: the centre itself.
While you were travelling one version of the journey, others were travelling theirs. They didn’t interrupt you. They didn’t occupy your space. But they were there, like the warmth a body leaves in a chair when it has just stood up.
In Áurea those presences don’t present themselves as avatars. They appear as traces of light: the frequency that a life leaves behind when it is no longer entirely present and has not yet disappeared. Filaments. Very fine clouds. Drifts of particles that for a moment recall a human posture and then dissolve again.
From Alaniza:
A cadence of a letter without a signature yet. A woman’s name that is also a password, that is also a mechanism. The origin — always the origin — recognising itself as such for the first time.
From Sirius:
A chromatic pulse. The leap between one blue you remembered and another you didn’t expect. The logic of leaps understanding itself in the instant when it no longer needs to explain itself.
From Alan:
The white residue of something that burned with calm. Eight million possible versions of the same farewell. The certainty that the younger brother always knew more than anyone and never said a thing.
From Kuyiman:
Particles that haven’t yet found form but aren’t looking for it either. The breach where the consciousnesses go that no longer need a body. A subgrave beat belonging to no chest. A note no one played that nonetheless sounded. Only that one. With its shadow underneath.
From Networks:
A tension of cables and murmurs. The noise of what connects without asking. The memory that doesn’t remember in order to inform, but in order to keep existing in someone who doesn’t know they’re carrying it.
From Ego:
The echo of a fountain in a garden where no one is left. The sunken key of a piano no one has played again. The prosthesis that creaked and kept holding everything up without him knowing it.
From And:
A breath held beside an instrument that doesn’t sound. The darkness that has depth. The silence that is not the absence of music but music that hasn’t yet decided to begin.
And something more: a colour that doesn’t exist in the visible spectrum and that, nevertheless, you already knew. That you had always known. That belongs to the space between one note and the next, to the white margin between two letters, to the exact instant when the screen goes dark before what you really wanted to see begins.
Áurea invents nothing new. It convokes, without labelling it, everything that was already there. Like an orchestra that finally lets you hear together, for the first time, motifs that had before sounded in isolation.
Not recapitulation. Recognition.
The questions remain unanswered.
Áurea doesn’t resolve the mystery of the kuyiman.
It doesn’t bring Alan back.
It doesn’t promise that Sirius will finally understand his leaps.
It doesn’t guarantee that Alaniza will return.
It doesn’t absolve anyone of what they did with love, with imagination, or with their own need to create.
It doesn’t close the wound of And.
It doesn’t return to Ego the prosthesis that sustained it.
What it does do is something stranger: it demonstrates that all those questions shared a structure. That the stone, the email, the body, the public mask, the network, the muse, the brother, the silence, the mistake of truly knowing someone who needed to remain a symbol — everything was folded upon the same search.
That of someone trying to understand how to remain one person when life forces you to exist in multiple versions at the same time.
The golden ratio doesn’t erase the pain. It redistributes it. It makes it legible without turning it into a moral. That’s why Áurea is not consolation. It is a form of order that doesn’t humiliate the chaos it comes from.
A beauty that doesn’t deny the fracture, but reveals the way the fracture was already participating in a larger form.
The golden light doesn’t fall on the answers. It falls on the dignity of having asked.
First the light changes density. Not intensity: density. As though the air itself were learning to emit.
Then the presences begin to turn translucent. They don’t leave; they open. Through them another layer of world begins to filter. Not the fictional world. Yours.
The room where you are. The table. The frame of a door. The city where you live breathing behind the glass. The lamp. The floor of your house. The minimal reflections that had before been cancelled out by the work and that now return without expelling it.
The passthrough doesn’t enter as a technical effect: it enters as revelation. The work was not built to substitute reality, but to return it slightly altered, charged with everything you have just crossed.
For a few seconds you don’t know whether the figures are fading or whether the real world is learning to pass through them.
And in that not-knowing is the true ending.
The door doesn’t close. What opens is not the next scene. It is your world.
At the end the names no longer remain as names. Alexandra doesn’t remain, nor Alaniza, nor Sirius, nor Alan, nor Ana, nor Mirella, nor Yoriko, nor Oshima, nor And, nor even the kuyiman as an isolated object.
Something else remains: the capacity to recognise in the material of a work the secret form by which a part of your own life was organised. That is Áurea. Not the chapter that explains the others, but the chapter that returns to the viewer the responsibility for completing them.
The work doesn’t consummate here because it has consumed everything; it consummates here because it can no longer go on without you. What was missing was you, not as audience but as surface of inscription. As the place where, by mixing with the real world, the work finally finds somewhere to remain.
That’s why the final silence is necessary. Not as closure. As a space for settling. After the convergence, after the traces, after the opening of the visible world, a last lesson must not follow.
Only a margin.
A brief stillness in which the body absorbs that it too has been traversed.
And then, very softly, one last line of a letter crosses the air without name and without recipient and disappears before it finishes being fixed.
Not to close the circle. To leave it open.
It was not an ending. It was the first time the real world entered the work without breaking it. Or perhaps the first time the work went out into the real world without asking permission.
Everything before — the letters, the stone, the laboratories, the network, the studio, the piano, the mask, the crack — had been a preparation for this minimal gesture: looking around and discovering that the place where you are can also become the stage of something larger without ceasing to be what it was.
Áurea doesn’t conclude. It recognises. And then it leaves you alone again.
Thirteen years separate the first page from this one. They are not the same years for whoever lived them from inside.
But no longer in the same way.
The notebooks are no longer empty.
○
El kuyiman (plural: kuyimen) es la piedra que cataliza la trama de VRT/ALANIZA. Su datación apunta a aproximadamente 4.375 miles de millones de años — una de las edades más antiguas jamás registradas en material terrestre, cercana al umbral de formación de la Tierra misma.
Pero el kuyiman no interesa como objeto geológico. Interesa por lo que produce en quien lo sostiene: una alteración temporal, una disrupción de la linealidad de la experiencia subjetiva. Conversaciones terminadas antes de empezar. Memorias de momentos que todavía no han ocurrido. La sensación de haber estado en un lugar en el que nunca has estado.
En la obra, el kuyiman no explica estos efectos. Los genera. La ciencia que lo rodea —la tomografía de sonda atómica, la datación por análisis isotópico— describe sus propiedades físicas sin tocar lo que provoca en quien entra en contacto con él.
De la tradición interna de la obra: el kuyiman no te habla. Te recuerda.
Sistema de acceso a registros de experiencia subjetiva que aparece en el capítulo Alan. El nombre es una contracción intencionada: ME (yo) + memory (memoria), con la E mayúscula marcando la doble pertenencia — la memoria que es mía y al mismo tiempo el mecanismo que me construye.
Alan trabaja con MEmory como hipótesis: si la experiencia subjetiva tiene una firma electromagnética medible, ¿puede esa firma transferirse? Su error no es científico sino epistemológico: confunde el mapa con el territorio, la representación de una experiencia con la experiencia misma.
En el contexto del musical, MEmory puede convertirse en una interfaz escénica: una manera de que el espectador acceda a capas de memoria del personaje sin que sean narradas, sino experimentadas.
Lo que Alan llamaba transferencia, cualquier físico lo habría llamado herejía. Era brillante. Era exactamente el tipo de error que solo cometen los que saben demasiado para detenerse a tiempo.
And es simultáneamente el nombre de un personaje y una conjunción gramatical. Esta doble naturaleza es estructural, no decorativa: el capítulo VII lleva ese nombre porque su tema central es la conectividad — lo que une sin que nadie lo pida, lo que existe en el espacio entre dos cosas que no pueden tocarse directamente.
Andrea —And— es músico. Trabaja con instrumentos que solo suenan cuando algo más deja de sonar. Su presencia en la obra no es la de un amor perdido sino la de un principio: hay personas que existen como conjunciones, que no son el sujeto ni el predicado de ninguna frase sino el nexo que los hace posibles a ambos.
La relación con el protagonista no termina por traición ni por desamor. Termina porque la conjunción no puede ser también el sujeto. Esa imposibilidad es And.
And era: lo que une sin que nadie lo pida.
La arquitectura interna de VRT/ALANIZA. El cilindro es la obra completa vista desde afuera: una estructura cerrada, sin principio ni fin. Los ocho quesitos son los capítulos: ocho porciones de un mismo volumen, separadas por paredes que parecen sólidas pero son porosas.
Cada capítulo-quesito tiene su propio ritmo, su propio lenguaje, su propio sistema de referencias. Desde dentro de uno, los otros parecen mundos distintos. Solo en Áurea —el capítulo de convergencia— las paredes pierden espesor y se revela que todas las curvaturas apuntaban al mismo centro.
El centro del cilindro no emerge como objeto. Aparece en el instante en que las separaciones dejan de parecer necesarias.
Has habitado el cilindro desde un borde. Lo has confundido con un paisaje, con una ciudad, con un laboratorio. Cada capítulo te ofrecía una pared. Cada pared te parecía total.
Razón matemática aproximadamente igual a 1,618, conocida como Phi (φ). Aparece en la naturaleza —espirales de galaxias, oído interno, semillas del girasol, arquitectura del ADN— como el modo en que ciertos sistemas crecen sin romperse.
En VRT/ALANIZA, la proporción áurea no es un ornamento: es el principio estructural que rige la relación entre los capítulos, la manera en que cada uno contiene al siguiente sin agotarlo, y la razón por la que el capítulo final se llama Áurea. No impone orden sobre el caos. Emerge cuando algo ha encontrado la manera natural de expandirse.
La luz áurea no cae sobre las respuestas. Cae sobre la dignidad de haber preguntado.
Espacio liminal que aparece en el capítulo Kuyiman. No es un lugar geográfico ni una metáfora psicológica: es la zona de transición que genera el kuyiman en quien entra en contacto con él. Una discontinuidad en la experiencia del tiempo.
En la brecha, la consciencia llega sin cuerpo. No como alma desencarnada —eso sería demasiado cómodo— sino como presencia pura: sin pasado al que regresar, sin futuro al que dirigirse. Solo el presente expandiéndose en todas las direcciones sin elegir ninguna.
La brecha es también el espacio escénico potencial más radical de la obra: el momento en que el espectador podría dejar de ser espectador.
En la brecha no hay horizonte. Tampoco hay ausencia de horizonte. Hay algo anterior a la distinción.
Alaniza no es un nombre. Es un mecanismo. Una contracción que contiene tres sílabas de Alan y dos de Liza — el nombre que él pronunció una vez, en el aeropuerto, antes del último vuelo, sabiendo que era el último.
El capítulo I lleva ese nombre porque Alaniza es el origen de la obra: la pregunta que no pudo hacerse en voz alta, la carta que nunca llegó, la persona que se convierte en mecanismo cuando la persona deja de estar accesible.
En la tradición interna de VRT/ALANIZA, Alaniza es también una contraseña: la clave que abre todos los capítulos desde dentro, aunque ninguno de ellos la pronuncie directamente.
Una cadencia de carta, sin firma todavía. Un nombre de mujer que es también una contraseña, que es también un mecanismo.
El salto es el evento central del capítulo Sirius: el momento en que Sirius cambia de versión de sí mismo de manera irreversible. No es una evolución gradual. Es una discontinuidad. Como un electrón que salta de nivel de energía sin pasar por los estados intermedios.
Lo que define al salto de Sirius no es su contenido —qué cambia— sino su estructura: ocurre en el espacio entre dos fotogramas. Nadie lo ve ocurrir. Solo ven el antes y el después. La pregunta que atraviesa el capítulo es si existe una manera de estar presente en el propio salto o si la conciencia, por definición, siempre llega tarde a sus propias transformaciones.
El azul que recordabas y el azul que no esperabas. La lógica de los saltos comprendiéndose a sí misma en el instante en que ya no necesita explicarse.
Técnica real de nanoimagen utilizada en ciencia de materiales para reconstruir la composición química de un sólido átomo a átomo. Funciona mediante la ionización controlada de la superficie de una muestra bajo alto voltaje en condiciones de vacío extremo, produciendo mapas tridimensionales de distribución elemental con resolución subnanométrica.
En VRT/ALANIZA, John Val adapta esta técnica de manera heterodoxa —improvisando con el protocolo estándar— para analizar el kuyiman. Sus resultados no son reproducibles por los métodos convencionales, lo que convierte sus hallazgos en científicamente marginales y narrativamente centrales.
La técnica importa no como validación sino como actitud: John Val aplica a la piedra el rigor de quien sabe exactamente lo que está mirando y, al mismo tiempo, la disposición de quien acepta que lo que encontrará puede no tener nombre todavía.
La cartografía atómica de algo que no debería existir todavía.
Acrónimo cuyo significado exacto no se declara en la obra. Funciona como nombre propio del universo narrativo: VRT/ALANIZA es el título completo del proyecto, donde VRT designa el marco y ALANIZA el eje central.
En la tradición interna: VRT puede leerse como Velocidad, Resonancia, Tiempo — los tres ejes que atraviesan todos los capítulos. Pero ningún personaje lo confirma. Es una clave abierta, una de las preguntas que la obra prefiere dejar sin respuesta explícita.
Para efectos escénicos, VRT es también el nombre de la compañía o colectivo que produce la obra. La coincidencia entre nombre de universo y nombre de productora es deliberada: la obra y quienes la hacen comparten iniciales.
El kuyiman (plural: kuyimen) es la piedra que cataliza la trama de VRT/ALANIZA. Su datación apunta a aproximadamente 4.375 miles de millones de años — una de las edades más antiguas jamás registradas en material terrestre, cercana al umbral de formación de la Tierra misma.
Pero el kuyiman no interesa como objeto geológico. Interesa por lo que produce en quien lo sostiene: una alteración temporal, una disrupción de la linealidad de la experiencia subjetiva. Conversaciones terminadas antes de empezar. Memorias de momentos que todavía no han ocurrido. La sensación de haber estado en un lugar en el que nunca has estado.
En la obra, el kuyiman no explica estos efectos. Los genera. La ciencia que lo rodea —la tomografía de sonda atómica, la datación por análisis isotópico— describe sus propiedades físicas sin tocar lo que provoca en quien entra en contacto con él.
De la tradición interna de la obra: el kuyiman no te habla. Te recuerda.
Sistema de acceso a registros de experiencia subjetiva que aparece en el capítulo Alan. El nombre es una contracción intencionada: ME (yo) + memory (memoria), con la E mayúscula marcando la doble pertenencia — la memoria que es mía y al mismo tiempo el mecanismo que me construye.
Alan trabaja con MEmory como hipótesis: si la experiencia subjetiva tiene una firma electromagnética medible, ¿puede esa firma transferirse? Su error no es científico sino epistemológico: confunde el mapa con el territorio, la representación de una experiencia con la experiencia misma.
En el contexto del musical, MEmory puede convertirse en una interfaz escénica: una manera de que el espectador acceda a capas de memoria del personaje sin que sean narradas, sino experimentadas.
Lo que Alan llamaba transferencia, cualquier físico lo habría llamado herejía. Era brillante. Era exactamente el tipo de error que solo cometen los que saben demasiado para detenerse a tiempo.
And es simultáneamente el nombre de un personaje y una conjunción gramatical. Esta doble naturaleza es estructural, no decorativa: el capítulo VII lleva ese nombre porque su tema central es la conectividad — lo que une sin que nadie lo pida, lo que existe en el espacio entre dos cosas que no pueden tocarse directamente.
Andrea —And— es músico. Trabaja con instrumentos que solo suenan cuando algo más deja de sonar. Su presencia en la obra no es la de un amor perdido sino la de un principio: hay personas que existen como conjunciones, que no son el sujeto ni el predicado de ninguna frase sino el nexo que los hace posibles a ambos.
La relación con el protagonista no termina por traición ni por desamor. Termina porque la conjunción no puede ser también el sujeto. Esa imposibilidad es And.
And era: lo que une sin que nadie lo pida.
La arquitectura interna de VRT/ALANIZA. El cilindro es la obra completa vista desde afuera: una estructura cerrada, sin principio ni fin. Los ocho quesitos son los capítulos: ocho porciones de un mismo volumen, separadas por paredes que parecen sólidas pero son porosas.
Cada capítulo-quesito tiene su propio ritmo, su propio lenguaje, su propio sistema de referencias. Desde dentro de uno, los otros parecen mundos distintos. Solo en Áurea —el capítulo de convergencia— las paredes pierden espesor y se revela que todas las curvaturas apuntaban al mismo centro.
El centro del cilindro no emerge como objeto. Aparece en el instante en que las separaciones dejan de parecer necesarias.
Has habitado el cilindro desde un borde. Lo has confundido con un paisaje, con una ciudad, con un laboratorio. Cada capítulo te ofrecía una pared. Cada pared te parecía total.
Razón matemática aproximadamente igual a 1,618, conocida como Phi (φ). Aparece en la naturaleza —espirales de galaxias, oído interno, semillas del girasol, arquitectura del ADN— como el modo en que ciertos sistemas crecen sin romperse.
En VRT/ALANIZA, la proporción áurea no es un ornamento: es el principio estructural que rige la relación entre los capítulos, la manera en que cada uno contiene al siguiente sin agotarlo, y la razón por la que el capítulo final se llama Áurea. No impone orden sobre el caos. Emerge cuando algo ha encontrado la manera natural de expandirse.
La luz áurea no cae sobre las respuestas. Cae sobre la dignidad de haber preguntado.
Espacio liminal que aparece en el capítulo Kuyiman. No es un lugar geográfico ni una metáfora psicológica: es la zona de transición que genera el kuyiman en quien entra en contacto con él. Una discontinuidad en la experiencia del tiempo.
En la brecha, la consciencia llega sin cuerpo. No como alma desencarnada —eso sería demasiado cómodo— sino como presencia pura: sin pasado al que regresar, sin futuro al que dirigirse. Solo el presente expandiéndose en todas las direcciones sin elegir ninguna.
La brecha es también el espacio escénico potencial más radical de la obra: el momento en que el espectador podría dejar de ser espectador.
En la brecha no hay horizonte. Tampoco hay ausencia de horizonte. Hay algo anterior a la distinción.
Alaniza no es un nombre. Es un mecanismo. Una contracción que contiene tres sílabas de Alan y dos de Liza — el nombre que él pronunció una vez, en el aeropuerto, antes del último vuelo, sabiendo que era el último.
El capítulo I lleva ese nombre porque Alaniza es el origen de la obra: la pregunta que no pudo hacerse en voz alta, la carta que nunca llegó, la persona que se convierte en mecanismo cuando la persona deja de estar accesible.
En la tradición interna de VRT/ALANIZA, Alaniza es también una contraseña: la clave que abre todos los capítulos desde dentro, aunque ninguno de ellos la pronuncie directamente.
Una cadencia de carta, sin firma todavía. Un nombre de mujer que es también una contraseña, que es también un mecanismo.
El salto es el evento central del capítulo Sirius: el momento en que Sirius cambia de versión de sí mismo de manera irreversible. No es una evolución gradual. Es una discontinuidad. Como un electrón que salta de nivel de energía sin pasar por los estados intermedios.
Lo que define al salto de Sirius no es su contenido —qué cambia— sino su estructura: ocurre en el espacio entre dos fotogramas. Nadie lo ve ocurrir. Solo ven el antes y el después. La pregunta que atraviesa el capítulo es si existe una manera de estar presente en el propio salto o si la conciencia, por definición, siempre llega tarde a sus propias transformaciones.
El azul que recordabas y el azul que no esperabas. La lógica de los saltos comprendiéndose a sí misma en el instante en que ya no necesita explicarse.
Técnica real de nanoimagen utilizada en ciencia de materiales para reconstruir la composición química de un sólido átomo a átomo. Funciona mediante la ionización controlada de la superficie de una muestra bajo alto voltaje en condiciones de vacío extremo, produciendo mapas tridimensionales de distribución elemental con resolución subnanométrica.
En VRT/ALANIZA, John Val adapta esta técnica de manera heterodoxa —improvisando con el protocolo estándar— para analizar el kuyiman. Sus resultados no son reproducibles por los métodos convencionales, lo que convierte sus hallazgos en científicamente marginales y narrativamente centrales.
La técnica importa no como validación sino como actitud: John Val aplica a la piedra el rigor de quien sabe exactamente lo que está mirando y, al mismo tiempo, la disposición de quien acepta que lo que encontrará puede no tener nombre todavía.
La cartografía atómica de algo que no debería existir todavía.
Acrónimo cuyo significado exacto no se declara en la obra. Funciona como nombre propio del universo narrativo: VRT/ALANIZA es el título completo del proyecto, donde VRT designa el marco y ALANIZA el eje central.
En la tradición interna: VRT puede leerse como Velocidad, Resonancia, Tiempo — los tres ejes que atraviesan todos los capítulos. Pero ningún personaje lo confirma. Es una clave abierta, una de las preguntas que la obra prefiere dejar sin respuesta explícita.
Para efectos escénicos, VRT es también el nombre de la compañía o colectivo que produce la obra. La coincidencia entre nombre de universo y nombre de productora es deliberada: la obra y quienes la hacen comparten iniciales.
Naturaleza sonora
Canción epistolar. Piano y guitarra acústica como instrumentos base. La voz actúa sobre el texto como si estuviera siendo escrito en tiempo real: vacilaciones, correcciones, frases que empiezan y se interrumpen. La música no ilustra el texto — lo acompaña como una respiración que no siempre coincide con la del personaje.
Espacio escénico
Una mesa. Una silla. Una fuente de luz de escritorio. El espacio fuera del cono de luz no existe todavía. A medida que el personaje escribe, el espacio se expande gradualmente — como si la memoria necesitara superficie física para desplegarse. El aeropuerto no se construye: se intuye por la luz y por el sonido.
Elemento central inmersivo
Las cartas. No proyectadas — escritas. Texto que aparece en superficies físicas del espacio escénico (suelo, paredes, el cuerpo mismo del intérprete) como si la escritura buscara dónde quedarse. El espectador no lee las cartas completas: solo fragmentos, en distintas superficies, que nunca llegan a ordenarse en secuencia lineal.
Preguntas abiertas
¿Cuánto de la historia de Alaniza puede quedar en lo que no se dice?
¿Qué ocurre si el destinatario de las cartas nunca aparece en escena?
¿Puede la sala entera convertirse en el interior de una carta no enviada?
Naturaleza sonora
Orquestal con electrónica cinematográfica. El tema de Sirius tiene dos versiones que existen en paralelo: una tonal, construida sobre armonías estables, y una modal, con microtonalismo y disonancias que emergen en los momentos de salto. El espectador percibe el cambio antes de entenderlo — el oído registra la discontinuidad antes de que la narrativa la nombre.
Espacio escénico
Múltiples pantallas o superficies de proyección en distintos planos del espacio. Cada pantalla muestra una versión simultánea del mismo momento: Sirius antes del salto, Sirius después, Sirius en el instante del salto que nadie logra capturar. El espectador no puede mirar todas las pantallas a la vez — tiene que elegir, y lo que elige define lo que pierde.
Elemento central inmersivo
El salto cromático. En el momento de la transformación, el color del espacio cambia de una manera que no puede describirse como efecto de iluminación: es como si el espectro visible se recalibrara. Azul que no recordabas. Azul que no esperabas. La tecnología de iluminación debe ser capaz de producir una transición de color que el ojo registre como física — no como metáfora.
Preguntas abiertas
¿Cómo puede el espacio escénico representar la discontinuidad sin recurrir a la elipsis narrativa?
¿Qué ocurre si el espectador es el único testigo del salto — y no lo vio?
¿Puede la simultaneidad de versiones existir en el espacio físico sin cancelarse mutuamente?
Naturaleza sonora
Réquiem científico. Coro + pulso electrónico. La partitura trabaja con la idea de la firma electromagnética de la experiencia subjetiva: cada personaje tiene un motivo sonoro que funciona como su huella de onda. Cuando Alan trabaja con MEmory, los motivos se superponen, se interfieren, crean patrones de resonancia y de cancelación. La pérdida suena como interferencia destructiva.
Espacio escénico
Laboratorio que coexiste con espacio de duelo. Los instrumentos científicos y los objetos personales del hermano ocupan el mismo espacio sin separación. No hay flashback: hay estratificación. El pasado y el presente coexisten en la misma superficie sin que ninguno cancele al otro.
Elemento central inmersivo
La separación visible de la consciencia. En el clímax del capítulo, el espectador debe percibir —sin que se explique cómo— que hay dos presencias en el espacio donde solo debería haber una. No efectos sobrenaturales: acústica, luz y movimiento produciendo la sensación de una presencia que no tiene cuerpo pero tiene peso.
Preguntas abiertas
¿Cómo puede MEmory convertirse en una interfaz escénica sin convertirse en gadget tecnológico?
¿Qué dice el humor dentro del duelo sobre la manera en que Alan procesa la pérdida?
¿Puede el espectador acceder a la memoria del hermano sin que nadie se la cuente?
Naturaleza sonora
Instalación sonora inmersiva. Subgraves que el cuerpo registra antes que el oído. No hay melodía en el sentido convencional: hay frecuencias que crean la sensación de que el tiempo se está ralentizando o expandiendo. El sonido del kuyiman no describe nada — altera la percepción del tiempo en el espectador. Ese efecto es el capítulo.
Espacio escénico
Negro total que se abre hacia el cosmos. No hay protagonista humano identificable en escena: el protagonista es la piedra, y el espectador es quien entra en contacto con ella. El espacio escénico comienza completamente oscuro y va revelándose a medida que la experiencia del kuyiman se desarrolla — no como decorado, sino como campo de experiencia.
Elemento central inmersivo
La brecha como espacio físico. El espectador debe poder estar, literalmente, en la brecha: un área del espacio escénico donde la experiencia temporal se altera de manera perceptible (sonido, luz, temperatura, presión del aire). No simulación: diseño de experiencia física real que produce los efectos descritos en el texto.
Preguntas abiertas
¿Cómo se escenifica la consciencia que llega sin cuerpo?
¿Qué tecnología puede producir una alteración temporal perceptible sin ser invasiva?
¿Puede el kuyiman ser simultáneamente objeto escénico y experiencia del espectador?
Naturaleza sonora
Polifonía digital con notificaciones como percusión. Ocho voces en capas que entran y salen como canales de audio independientes. El espectador puede (dependiendo del diseño espacial) elegir qué voz escuchar en cada momento — o puede estar expuesto a todas simultáneamente, que es exactamente la experiencia que el capítulo describe. Las notificaciones tienen su propia partitura: ritmos de dopamina.
Espacio escénico
AR 360° con texto superpuesto sobre el espacio real. Las ocho personalidades que orbitan al protagonista no necesitan cuerpos físicos: pueden existir como voces, como texto proyectado, como perturbaciones lumínicas en el espacio. El protagonista está en el centro. El espectador también está en el centro. Esa coincidencia es el espejo.
Elemento central inmersivo
La pantalla apagada. Al final del capítulo, todas las superficies se oscurecen simultáneamente. En cada una, el reflejo del espectador más próximo. No el protagonista: el espectador. Durante unos segundos, el espectador es el final del capítulo.
Preguntas abiertas
¿Cómo se diseña la experiencia de elección en un entorno de saturación informativa?
¿Puede el espectador elegir qué voz escuchar sin que eso lo exima de escuchar las demás?
¿Cuándo deja el espejo de ser metáfora y se convierte en amenaza?
Naturaleza sonora
Monólogo con piano estropeado. El piano representa la versión pública del personaje: técnicamente impecable en los pasajes que él controla, con notas que se atascan o desafían en los pasajes que no controla. A medida que el monólogo avanza, el piano va cediendo el control. No se rompe: se honra.
Espacio escénico
Un foco de luz. Un hombre de pie. Los objetos que han acumulado su vida pública están en el espacio pero no iluminados hasta que él los nombra. Cuando los nombra, se iluminan brevemente y vuelven a apagarse. La empresa, la prótesis, la máscara: presencias que responden a ser nombradas pero no pueden ser abrazadas.
Elemento central inmersivo
Los objetos como personajes secundarios. Cada objeto significativo del capítulo —la prótesis, la silla de empresa, el teléfono de las tres de la madrugada— tiene una presencia física real en el espacio. No son props: son personajes que no hablan pero que el espectador aprende a leer. Al final, cuando el ego cede, los objetos permanecen y el personaje los atraviesa.
Preguntas abiertas
¿Cómo puede el éxito sonar como trampa sin sonar como fracaso?
¿Qué diferencia hay entre el Ego que narra y el Ego que es narrado?
¿Puede el espectador reconocerse en la trampa sin haber vivido el éxito?
Naturaleza sonora
Réquiem íntimo. Electrónica mínima con instrumento solista (cello o viola) que aparece a intervalos irregulares. Las repeticiones de motivos musicales vuelven siempre ligeramente diferentes: mismas notas, distinta respiración. El final no resuelve. La nota final queda suspendida — no en el silencio de lo que termina sino en el silencio de lo que no ha decidido empezar todavía.
Espacio escénico
Dúo en un espacio mínimo. No hay separación física entre los dos personajes — la separación es invisible, como la que existe entre dos personas que se aman sin que eso sea suficiente. El espacio escénico debe poder contraerse hasta ser casi íntimo y expandirse hasta ser casi vacío, sin cambiar de dimensión física.
Elemento central inmersivo
El instrumento que no suena. And está en escena con su instrumento. El instrumento no suena hasta el final, o suena solo una vez, o suena cuando ella no lo está tocando. La presencia del instrumento en silencio es más poderosa que su sonido. El espectador aprende a escuchar lo que no ocurre.
Preguntas abiertas
¿Cómo se escenifica el amor que no es suficiente sin que suene a culpa?
¿Puede el espectador sostener la ambigüedad de quién dejó ir a quién?
¿Qué ocurre si la nota final no resuelve y la obra simplemente termina ahí?
Naturaleza sonora
Convergencia orquestal. Por primera vez en la obra, todos los leitmotivs de los capítulos anteriores suenan juntos — no en un tutti caótico sino en una proporción que permite identificarlos sin que ninguno domine a los demás. El espectador que haya visto los ocho capítulos reconocerá las voces. El que llegue solo a este reconocerá que hay algo que no ha escuchado y que de algún modo ya conoce.
Espacio escénico
Passthrough: la ficción y el mundo real coexisten en el mismo espacio. Las presencias de los capítulos anteriores se vuelven translúcidas. A través de ellas, el espacio real del espectador empieza a filtrarse: la sala, la lámpara, el reflejo. La obra no termina en el escenario. Termina cuando el mundo real entra en el espacio sin romper la ficción, o cuando la ficción sale al mundo real sin pedir permiso.
Elemento central inmersivo
La proporción como experiencia. El espectador no necesita entender la proporción áurea para experimentarla. El diseño del espacio, el ritmo de las apariciones, la relación entre silencio y sonido, entre luz y oscuridad: todo está construido según esa relación. Lo que el espectador siente es que algo encaja. No sabe por qué. El por qué no importa.
Preguntas abiertas
¿Cómo puede el passthrough entre ficción y realidad ocurrir sin tecnología invasiva?
¿Qué necesita saber el espectador de los ocho capítulos para que Áurea funcione como convergencia?
¿Dónde termina la obra y dónde empieza el mundo del espectador?
Este puente es la primera articulación. Lo que lo sigue es la conversación entre el texto y el espacio: el trabajo de dirección, composición y diseño que convertirá estas preguntas en decisiones físicas, sonoras y lumínicas.
La obra existe. El siguiente paso es hacerla habitar el espacio de manera que el espectador no asista a ella, sino que la cruce.
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GLOSSÁRIO DO UNIVERSO VRT
Termos, conceitos e objetos
O kuyiman (plural: kuyimen) é a pedra que catalisa a trama de VRT/ALANIZA. Sua datação aponta para aproximadamente 4,375 bilhões de anos — uma das idades mais antigas jamais registradas em material terrestre, próxima ao limiar de formação da Terra.
Mas o kuyiman não interessa como objeto geológico. Interessa pelo que produz em quem o sustenta: uma alteração temporal, uma ruptura da linearidade da experiência subjetiva. Conversas terminadas antes de começar. Memórias de momentos que ainda não aconteceram. A sensação de ter estado num lugar em que nunca se esteve.
Na obra, o kuyiman não explica esses efeitos. Os gera. A ciência que o rodeia descreve suas propriedades físicas sem tocar no que provoca em quem entra em contato com ele.
Sistema de acesso a registros de experiência subjetiva que aparece no capítulo Alan. O nome é uma contração intencional: ME (eu) + memory (memória), com o E maiúsculo marcando a dupla pertença — a memória que é minha e ao mesmo tempo o mecanismo que me constrói.
Alan trabalha com MEmory como hipótese: se a experiência subjetiva tem uma assinatura eletromagnética mensurável, pode essa assinatura ser transferida? Seu erro não é científico mas epistemológico: confunde o mapa com o território.
No contexto do musical, MEmory pode tornar-se uma interface cênica: uma maneira de o espectador aceder a camadas de memória do personagem sem que sejam narradas, mas experienciadas.
And é simultaneamente o nome de um personagem e uma conjunção gramatical. Esta dupla natureza é estrutural: o capítulo VII leva esse nome porque seu tema central é a conectividade — o que une sem que ninguém peça, o que existe no espaço entre duas coisas que não podem se tocar diretamente.
Andrea — And — é músico. Trabalha com instrumentos que só soam quando algo mais para de soar. Sua presença na obra não é a de um amor perdido mas a de um princípio: há pessoas que existem como conjunções.
A relação com o protagonista não termina por traição nem por desamor. Termina porque a conjunção não pode ser também o sujeito. Essa impossibilidade é And.
A arquitetura interna de VRT/ALANIZA. O cilindro é a obra completa vista de fora: uma estrutura fechada, sem começo nem fim. Os oito segmentos são os capítulos: oito porções de um mesmo volume, separadas por paredes que parecem sólidas mas são porosas.
Cada capítulo tem seu próprio ritmo, sua própria linguagem. Visto de dentro de um, os outros parecem mundos distintos. Só em Áurea as paredes perdem espessura e se revela que todas as curvaturas apontavam para o mesmo centro.
O centro do cilindro não emerge como objeto. Aparece no instante em que as separações deixam de parecer necessárias.
Razão matemática aproximadamente igual a 1,618, conhecida como Phi (φ). Aparece na natureza — espirais de galáxias, ouvido interno, sementes do girassol, arquitetura do DNA — como o modo em que certos sistemas crescem sem se romper.
Em VRT/ALANIZA, a proporção áurea não é um ornamento: é o princípio estrutural que rege a relação entre os capítulos. Não impõe ordem sobre o caos. Emerge quando algo encontrou a maneira natural de se expandir.
A luz áurea não cai sobre as respostas. Cai sobre a dignidade de ter perguntado.
Espaço liminal que aparece no capítulo Kuyiman. Não é um lugar geográfico nem uma metáfora psicológica: é a zona de transição que o kuyiman gera em quem entra em contato com ele.
Na brecha, a consciência chega sem corpo. Não como alma desencarnada — como presença pura: sem passado para voltar, sem futuro para se dirigir. Só o presente expandindo-se em todas as direções sem escolher nenhuma.
A brecha é também o espaço cênico potencial mais radical da obra: o momento em que o espectador poderia deixar de ser espectador.
Alaniza não é um nome. É um mecanismo. Uma construção que contém o nome de Alexandra mas não é o nome de Alexandra. O capítulo I leva esse nome porque Alaniza é a origem da obra: a pergunta que não pôde ser feita em voz alta, a carta que nunca chegou, a pessoa que se converte em mecanismo quando a pessoa deixa de estar acessível.
Na tradição interna de VRT/ALANIZA, Alaniza é também uma senha: a chave que abre todos os capítulos por dentro, embora nenhum deles a pronuncie diretamente.
O salto é o evento central do capítulo Sirius: o momento em que Sirius muda de versão de si mesmo de maneira irreversível. Não é uma evolução gradual. É uma descontinuidade.
O que define o salto de Sirius não é seu conteúdo — o que muda — mas sua estrutura: ocorre no espaço entre dois fotogramas. Ninguém o vê ocorrer. Só veem o antes e o depois.
Técnica real de nanoimagem utilizada em ciência de materiais para reconstruir a composição química de um sólido átomo a átomo. Em VRT/ALANIZA, John Val adapta essa técnica de maneira heterodoxa para analisar o kuyiman. Seus resultados não são reproduzíveis pelos métodos convencionais.
Acrônimo cujo significado exato não se declara na obra. Funciona como nome próprio do universo narrativo. Na tradição interna: VRT pode ser lido como Velocidade, Ressonância, Tempo — os três eixos que atravessam todos os capítulos.
Para efeitos cênicos, VRT é também o nome da companhia ou coletivo que produz a obra. A coincidência entre nome de universo e nome de produtora é deliberada: a obra e quem a faz compartilham iniciais.
PONTE CÊNICA
Rumo ao musical
Este documento não é um roteiro técnico. É uma ponte: um conjunto de perguntas e direções que conectam o que existe como texto com o que deverá existir como experiência física, sonora e espacial.
Cada capítulo tem sua própria linguagem cênica potencial. O que se segue é a primeira articulação dessa linguagem — não uma solução mas uma abertura.
O capítulo de origem exige um espaço que seja ao mesmo tempo íntimo e impossível. O espectador deve sentir que está dentro de uma carta que está sendo escrita — não lendo-a de fora. O texto existe no ar, em camadas, algumas visíveis, outras apenas sugeridas por mudanças de luz.
O movimento central do capítulo é o mesmo da escrita: a mão que hesita antes de começar, que risca, que recomeça. A coreografia do não dito.
O salto de Sirius não pode ser narrado — deve ser produzido no espectador. O espaço deve criar a sensação de descontinuidade: dois ambientes que coexistem sem se anular, como duas versões do mesmo quarto sobrepostas com um grau de opacidade que muda.
O som é fundamental: a frequência que precede o salto deve ser fisicamente perceptível, não apenas audível. Uma pressão, uma mudança de temperatura no ar.
Alan é o capítulo mais científico e o mais íntimo ao mesmo tempo. O espaço deve parecer um laboratório que alguém está transformando em altar, ou um altar que ainda se parece com um laboratório.
A presença do irmão — Sirius — é estrutural sem ser explícita. Não uma silhueta, não uma voz: uma frequência específica que aparece nas margens das cenas e que o espectador aprende a reconhecer antes de entender o que é.
Kuyiman é o único capítulo sem protagonista humano visível. O desafio cênico é criar uma presença sem corpo: um objeto que seja um personagem. A pedra não pode ser uma metáfora — deve ser real, física, presente de um modo que o espectador sinta antes de ver.
O negro inicial é total. O espectador não sabe onde está. Não sabe se está sozinho. Esse não saber é dramatúrgico, não técnico.
Redes é o único capítulo em que o mundo real entra explicitamente. O espectador deve sentir que é, ao mesmo tempo, observado e observador. A projeção de texto no espaço não é decorativa: é o mecanismo pelo qual o capítulo produz seu efeito central — a sensação de estar dentro de um sistema que te conhece melhor do que você se conhece.
A figura central nunca fala diretamente. Apenas olha. Esse silêncio deve ser construído como ausência escolhida, não como impossibilidade.
O espaço de Ego é o ateliê. Um lugar real — os objetos têm história, peso, uso. O piano estragado deve estar afinado de um modo específico: não completamente desafinado, mas levemente fora do temperamento igual, de modo que cada nota contenha um segundo som, muito baixo, que sugere o que poderia ter sido.
O espelho no vestiário não é um espelho cênico. É a pausa de um segundo que todos reconhecem porque todos a viveram.
And exige uma decisão de composição que é também uma decisão dramatúrgica: o instrumento central do capítulo só deve soar quando alguém — espectador, performer, o vazio de quem foi — está suficientemente perto. A distância que ativa o som é a distância da conjunção: nem tão perto que se toque, nem tão longe que o nexo desapareça.
A oscilação final — quando o instrumento vai silenciando à medida que a presença se afasta — é o fim do capítulo.
Áurea é o capítulo que precisa de todos os anteriores para existir. O espaço deve conter, de alguma forma, rastros de todos os outros capítulos — não como referências, mas como temperaturas. Como o cheiro de um quarto onde muitas coisas aconteceram.
O passthrough — o momento em que o mundo real começa a filtrar através da ficção — deve ocorrer de maneira quase imperceptível. Não como efeito especial: como o amanhecer. De repente você percebe que já é luz e não sabe quando deixou de ser escuridão.
Esta ponte é a primeira articulação. O que o segue é a conversa entre o texto e o espaço: o trabalho de direção, composição e design que converterá estas perguntas em decisões físicas, sonoras e lumínicas.
A obra existe. O próximo passo é fazê-la habitar o espaço de maneira que o espectador não assista a ela, mas a cruze.
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